Cómo superar las heridas psicológicas, definición de heridas psicológicas, trauma complejo, abusos y heridas de la infancia, acciones libres y salud mental

Introducción a las heridas psicológicas


Heridas psicológicas, definición y causas

En dos artículos nos introduciremos en el mundo de las heridas psicológicas, con el objetivo de conocerlas mejor y ayudar a superarlas. Se ofrece el guion y libro electrónico completo.

Esperamos que estas ideas sean útiles a distintos niveles. Conocerse mejor uno mismo favorece una vida más serena y estar pendientes de los demás. Leer estas líneas puede hacer que alguien descubra la raíz de algunas dificultades que quizá le afectan y hacen sufrir desde hace años. Ese conocimiento y una mayor comprensión es el punto de partida para aliviar el dolor.

En la segunda parte, afrontamos más de cerca cómo acompañar a la persona herida y cómo ayudarla a reponerse con una actitud nueva.

En esta primera parte veremos:

1. Definición de las heridas psicológicas

    Ruptura de los pilares de la personalidad

2. Algunos tipos de heridas y la resiliencia

    Elementos del trauma

    Causas de traumas en la infancia

    Emociones que reflejan heridas

    Conductas inapropiadas y peligrosas

    Necesidades básicas heridas

    Niveles de la resiliencia en las heridas

    Heridas psicológicas en la gestación y en la infancia

3. Huellas que dejan las actuaciones y decisiones libres

    Autolesiones psicológicas

    Consecuencias psíquicas de actuar bien o mal

    Reconstruir la vida, imagen del Kintsugi

Bibliografía de la primera parte


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Los médicos se han ocupado de las heridas del cuerpo desde hace miles de años. Un papiro del 1650 a.C. explica cuidadosamente cómo tratarlas, con hierbas, incisiones y ungüentos, probablemente con un cierto beneficio para los pobres infortunados.

Hoy se consigue curar muchas y graves lesiones. También eran conocidas en la antigüedad las heridas psicológicas y del espíritu, el mal de mente y el mal de amor. En estos terrenos se ha avanzado, pero aún queda mucho camino por recorrer.

Tanto la medicina como el acompañamiento espiritual tienen que considerar las posibles lesiones de la dimensión psico-espiritual. Y esto requiere estudio. Gregorio Magno, en el siglo VI, advirtió que las heridas del espíritu eran más profundas y difíciles de descubrir que las del cuerpo, y que era preciso estudiar para afrontarlas con éxito.

En los últimos años se ha dado más importancia al concepto de herida psicológica. No existe unanimidad en la definición, pero es claro que no se reducen al daño por un abuso físico. Pueden ser tanto una experiencia puntual dolorosa o angustiante, como un trauma agudo; o también puede afectar a la persona, especialmente a los niños, por un largo periodo de tiempo: se habla entonces de una vida vivida en el trauma.

Numerosos problemas de salud mental se relacionan con heridas. Cerca de un 50 % de las depresiones del adulto tiene raíces en traumas de la infancia. En muchos otros síntomas de malestar psíquico o en modos de ser que hacen sufrir se encuentra una lesión emocional antigua. Hasta la morfología cerebral puede verse alterada por heridas psicológicas precoces.

Nos adentraremos en este mundo, por la importancia que tiene para la vida espiritual. Partimos de la unidad del ser humano. Una grieta en cualquier dimensión, física, psíquica o espiritual, pone en peligro la estructura de la personalidad. Tendremos también en mente el poder instrumental de la gracia de Dios, que sana en profundidad.

En una visión cristiana, las heridas condicionan el desempeño de una persona, pero no la determinan por completo.

Veremos cómo el adulto arrastra sus heridas de la infancia. Todos seguimos teniendo un niño en nuestro interior. En la salud física, si se han deteriorado los mecanismos de defensa, una enfermedad o infección leve producen un daño mayor. Si en la infancia se produce un desperfecto en el corazón, o se recibe un golpe importante, la salud y el modo de vivir quedan alterados. Lo mismo ocurre en la psicología.

Hay modos de sentir, comportamientos o formas de pensar y juzgar el mundo, modos de comprenderse a uno mismo y de relacionarse con otros, que son el eco de lesiones antiguas. A quien siendo niño sufrió algún maltrato o pérdida, le dolerá más cualquier apariencia de abandono o menosprecio, aunque sea pequeña: por ejemplo, una respuesta negativa, la muerte de una mascota, o ver un drama en el cine. Esto puede aportar una sensibilidad mayor y es posible reescribir o editar con nuevas luces lo ocurrido, como diremos.

Las secuelas son más nocivas cuando ha faltado amor. Muchos comportamientos no deseados o adictivos son incitados por heridas y una necesidad de amor no satisfecha. Se intenta compensar el vacío con excesos y adicciones. La falta de autoestima se cubre con perfeccionismo y activismo, para demostrar la valía que otros no aprecian. Tantas veces el perfeccionismo manifiesta el deseo de arreglar los propios desperfectos, el anhelo de ser aprobado, querido, tenido en cuenta.

Las reacciones de una persona herida quedan también marcadas. Se cierran con facilidad, les resulta difícil crear lazos o amistades. En ocasiones son violentas e impredecibles, como un animalillo lastimado que de pronto se da vuelta y hace frente de modo amenazador. Sabemos lo peligrosos que resulta acercarse a cualquier fiera en esas condiciones.

Puede suceder con las heridas como en aquella canción mexicana: Acá entre nos siempre te voy a recordar / y hoy que a mi lado ya no estás / no queda más que confesar / que ya no puedo soportar / que estoy odiando sin odiar / porque respiro por la herida.

Esperamos que estas líneas sirvan para hacerse cargo de las historias de sufrimiento personal, para mirar con empatía en el mundo del otro. Y a quienes han sufrido una herida, a reconocer si requiere que alguien la examine, la limpie, la desinfecte, antes de que se haga más profunda.

1. Definición de las heridas psicológicas

Análogamente a lo que sucede en el cuerpo, una herida psicológica es una discontinuidad. Un corte en la piel, deja más o menos separados los tejidos e indefensas las estructuras profundas, como los músculos, los nervios o los vasos sanguíneos… Una herida psicológica rompe la continuidad de los procesos mentales. Afectos, comportamientos, conocimientos y relaciones (Affects, Behaviors, Cognition, Relationships) discurren sin un completo orden ni coherencia.

Engranajes de la mente, procesos mentales coherentes, discontinuidad en las heridas psicológicas

Heridas psicológicas en la gestación y la infancia

Estas rupturas pueden suceder en la infancia o incluso durante el periodo de gestación. Algunas circunstancias adversas que puede sufrir la madre se pueden traducir en un aumento de sustancias químicas que pasan de la madre al niño, rompen el escudo natural de la barrera placentaria y dejan su huella en el sistema neurológico del niño que aún se está formando.

La mente se altera, dependiendo del momento de la existencia en que se produzcan las lesiones y de la intensidad del trauma. Los niños menores de dos años, no cuentan con herramientas fundamentales para la consciencia, como el lenguaje. Son poco o nada conscientes de lo que realmente pasa y no pueden unir la herida con la situación causal. Durante toda la infancia, especialmente antes de alcanzar la autonomía, son más susceptibles de un deterioro traumático, por la incapacidad de dar nombre a los eventos nocivos, encontrarles un sentido o tomar distancia de ellos.

Cuando no se satisfacen las necesidades básicas de ser aceptado, de identidad, de autonomía y de autoestima, la discontinuidad en los procesos mentales es más evidente. El dolor emocional aumenta de intensidad, en particular ante el rechazo, que es lo más frecuente. Este dolor no es fácil controlarlo solo con la razón o con un medicamento. Suele traducirse en otros síntomas, como un dolor orgánico o visceral; y se acompaña de emociones negativas como la ira e impulsos agresivos contra uno mismo o los demás.

Ruptura de los pilares de la personalidad

En un niño herido, los pilares de la personalidad se alteran. Disminuye la autoestima, que equivale a tener un sistema inmunitario bajo; y se debilita el sentido de pertenencia, de ser valorado en sí mismo. Al llegar la adolescencia, puede faltar el desarrollo de dos binomios fundamentales: identidad-intimidad, fidelidad-amor.

Bionomios identidad intimidad y amor fidelidad, claves del desarrollo armónico de la personalidad, las heridas rompen la estructura de la personalidad

Además de producir emociones negativas e hipersensibilidad, el trauma es capaz de causar lo opuesto: una especie de anestesia emotiva. Son dos extremos que dependen de la frecuencia e intensidad con que se experimenten los eventos traumáticos. En la persona con un sufrimiento emocional crónico –que vive en el trauma– los sistemas de alarma pueden estar sobrecargados o hipersensibles y “saltar” ante mínimos estímulos. Pero a veces sucede que, de tanto activarse, se funden, se agotan o se “apagan”.

De aquí que un objetivo fundamental para las personas heridas sea experimentar los placeres normales de la vida. Hay que ayudarlas a sentir otra vez que el cuerpo les pertenece y que sepan cuidarlo; y que aprecien en especial la belleza personal y del entorno. Por este camino es más fácil que lleguen a percibir de nuevo el amor.

Amar y ser amados es una necesidad que no queda satisfecha o se debilita en numerosos tipos de heridas. Las consecuencias se arrastran por toda la vida. Bien lo muestra el relato “Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig. Una joven anónima plasma su trágica historia en una carta póstuma a su amor platónico. Hasta el último segundo, hasta la última línea, esa joven se ha movido en busca de afecto y reconocimiento. Pero se presenta de algún modo “anestesiada”. Ya de niña es incapaz de darse cuenta de sus malas acciones, incapaz de afrontar la realidad con determinación. No logra dar a conocer sus emociones, y persigue continuamente un amor ilusorio y lejano.

De su infancia, Zweig relata solo que era huérfana de padre y que su madre era poco cariñosa. Un detalle, en apariencia sin importancia y entre paréntesis, da algo de luz. Es un día cualquiera, cuando su madre le revela de pasada que se casará de nuevo con un pariente también viudo. Y así queda lacónicamente descrito el comienzo de ese encuentro: «me besó (cosa que no hacía nunca) afectuosamente en ambas mejillas». El déficit de afecto, no descubierto ni curado, la acompañará por toda su vida.

2. Algunos tipos de heridas psicológicas y la resiliencia

Las heridas pueden darse en niños y adultos. Las consecuencias son más graves en la infancia, como dijimos, porque los procesos mentales están más débiles y desprotegidos. La regulación emocional es menor, porque no están plenamente desarrollados los mecanismos de control de la corteza prefrontal que frenan a la amígdala cerebral, el núcleo de alarmas emotivas de nuestro cerebro. El adulto tiene más capacidad de reelaborar experiencias y adaptarse.

Una condición relacionada, que engloba muchos tipos de heridas, es el trauma. Consiste en la repetición continua, o casi, del evento doloroso. Ese evento puede ser observado en otros o vivido en primera persona: accidentes, terremotos, actos injustos o violentos, etc. La vivencia subjetiva personal afecta lo más íntimo de los procesos mentales.

Hay tres aspectos que definen un trauma:

  • Respuesta exagerada a cualquier estimulo que recuerde el evento traumático
  • Pensamientos no deseados ni controlables (intrusivos) que repiten la amenaza
  • Miedo patológico o fobia a cualquier recuerdo del evento

Se habla de 5 causas fundamentales de trauma en la infancia:

  • Abuso emocional
  • Abuso físico
  • Abuso sexual
  • Negligencia emocional
  • Negligencia física

En realidad, las heridas suelen ser multifactoriales. Es decir, quien está sometido a una de estas causas, habitualmente padece otras dos o más. Por ejemplo, quien fue abusado física o sexualmente, por lo general soporta otras formas de maltrato y negligencia en los cuidados. Las niñas o niños abusados son más vulnerables a otros tipos de violencia y bullying.

Con frecuencia, los niños heridos pasan la mayor parte de sus días en un ambiente hostil. Cuanto más pequeños, menos capacidad tienen de alejarse de ese ambiente. Cuando entran a la escuela, pueden refugiarse en ella y, según crecen, se las arreglan para volver más tarde a casa.

Las heridas afectan al comportamiento, a las elecciones y al sistema emocional. Se considera que están alojados en el inconsciente. La psique no olvida las emociones ni las sensaciones, sino que las almacena. En algunos casos las emociones quedan «sepultadas vivas», con expresión de Anna Terruwe. Las heridas pueden ser causadas por eventos traumáticos o por otras personas, voluntaria o involuntariamente.

Las emociones visibles muestran heridas ocultas 

Desde el punto de vista psicológico, las heridas de la infancia se engloban en 5 experiencias, que dan lugar a una emoción más marcada:

  • Rechazo           →    Miedo
  • Abandono        →    Ansiedad
  • Humillación     →    Vergüenza
  • Traición           →    Ira
  • Injusticia          →    Indiferencia

    El rechazo puede influir incluso antes del nacimiento. Los niños necesitan ser aceptados y confirmados en su valor (es lo que Anna Terruwe y Carl Baars llamaron affirmation). El abandono precoz, entre el nacimiento y los tres años, es particularmente dañino, como confirma la teoría del Apego, de John Bowlby y Mary Ainsworth. El temor a perder un vínculo se prolonga en el futuro, causando dependencias nocivas con otras personas y sufriendo mucho cualquier pérdida.

    Los niños, cuando sufren una humillación por un abusos físico, moral o sexual elaboran pensamientos de signo negativo: se convencen de que no son dignos de nada, que no valen. Crecen tímidos y avergonzados. Si son traicionados, pierden la capacidad de confiar y dan rienda a su deseo de controlar todo y al perfeccionismo y la rabia, o a la decepción y a la tristeza. Es lo que ocurre en algunos casos de separación o divorcio de los padres.

    Quien ha sufrido injusticias, puede crear un pensamiento del tipo: debo ser perfecto para ser amado. A veces, es fomentado por padres demasiado exigentes, que buscan ensanchar su propio ego en el hijo: que sea el mejor, con las mejores notas, muchas actividades extraescolares, etc.

    Los casos de niños heridos son abundantes, como escribió el Papa Francisco: «Muchos terminan su infancia sin haber experimentado nunca ser amados incondicionalmente, y esto perjudica su capacidad de confiar y darse a sí mismos» (Amoris Laetitia, 240).

    Conductas inapropiadas y heridas

    Después, en la adolescencia de jóvenes traumatizados, surgen con más frecuencia las conductas inapropiadas y de alto riesgo:

    • Abuso de drogas o alcohol.
    • Promiscuidad.
    • Abandono escolar.
    • Conductas temerarias propensas al límite y la peligrosidad.
    • Bullying.
    • Violencia.
    • Delincuencia.

    Muchas agresiones graves en el ámbito familiar son causadas por personas heridas, especialmente al sentirse rechazadas. La gran mayoría de los casos de violencia armada en las escuelas de Estados Unidos han sido causados por jóvenes rechazados.

    Cuando no hay solo una circunstancia nociva, sino que la vida entera es traumática, se habla de trauma complejo. El primero de estos traumas complejos es la ausencia de una figura de apego en la infancia, en particular la madre, que permite explorar con serenidad el ambiente y es el principal factor regulador de las emociones. Siguen después las causas que hemos señalado.

    No es fácil reconocer la existencia de un trauma complejo, pues se necesita ir más allá de las apariencias, tener tiempo e interesarse de verdad por la persona. Una de las confusiones posibles se puede dar con el Déficit de atención e hiperactividad, ampliamente diagnosticado en los colegios. Son chicos distraídos e hiperactivos, que en ocasiones pueden encubrir una situación traumática que les atenaza, y por lo tanto su diagnóstico es otro. Una buena praxis profesional de psicólogos y profesores, favorecerá indagar en posibles traumas, pasados o actuales, cuando se noten síntomas que afectan a las llamadas funciones ejecutivas (conducta, concentración y conocimientos, memoria, etc.).

    Junto a estas lesiones clásicas, existen lo que podríamos llamar las heridas de la vida cuotidiana. Son esas frecuentes sensaciones dolorosas –a veces desproporcionadamente dolorosas, como una espina en un dedo– que ocurren con más o menos frecuencia, en niños y adultos. Son los raspones de cada día, que nuestro Yo aumenta y a veces ni siquiera existen. 

    Cada herida duele porque afecta necesidades básicas

    • Rechazo → Pertenencia o ser aceptado
    • Sentimiento de soledad → Socializar con empatía
    • Pérdida → Seguridad, identidad, sentido
    • Culpa → Relaciones saludables
    • Rumiación de ideas → Reflexión conciliadora
    • Fracaso → Ser valorados
    • Baja autoestima → Ser queridos

    Más adelante veremos que es necesario prestarles atención y tener un buen equipo de primeros auxilios. Salta a la vista que cualquiera de ellas duele más cuando es debida a o causada por personas más cercanas o queridas. Pero incluso sentir rechazo por parte de alguien que vemos por primera vez y no veremos nunca más, hace sufrir. Y se sufre más si se tiene en la memoria emotiva experiencias similares. Las heridas están relacionadas y facilitan otros tipos de lesiones: se autopropagan y contagian.

    Estudiar las heridas requiere esfuerzo y la seguridad de que vale la pena descubrirlas y curarlas. Hay quienes parecen capaces de superar cualquier adversidad: un abuelo que ha sufrido penurias, hambres y quizá guerras; un enfermo con múltiples tratamientos de quimioterapia; aquella madre viuda con hijos pequeños… ¿Qué contribuye a esa fuerza extraordinaria? Si se analizan a fondo, esa fuerza está en haber tomado consciencia de su dolor y el sentido que dan a sus vidas, las ganas de amar, de darse, y el apoyo de quienes les rodean.

    Son estos los elementos de nuestro segundo tema: la resiliencia. Del latín resiliens, se refiere a la capacidad de los seres vivos de afrontar con éxito las situaciones adversas o los agentes perjudiciales. En psicología, designa la capacidad de resurgir o comenzar de nuevo a partir de las heridas, de volver a enderezarse después de un golpe.

    Resiliencia no es un esfuerzo sin sentido como subir una piedra gigante para dejarla caer de nuevo,  es fortaleza para seguir avanzando, para resurgir de las heridas por un sentido

    La resiliencia se observa en cuatro niveles, que resumimos a continuación. Conocerlos facilita tareas o ejercicios encaminados a fortalecer aquel aspecto en que haya más carencias:

    Niveles de la resiliencia en las heridas psicológicas

    • Resiliencia física: mantener una buena salud y capacidad de recuperarse pronto de una enfermedad o lesión. Además de lo que depende de la propia naturaleza, se puede favorecer con un estilo de vida saludable, con buena alimentación, cuidado del sueño, acceso a la salud preventiva y buen manejo del estrés.
    • Resiliencia cognitiva: capacidad de mantener la concentración en lo importante, comprender el mundo interior y lo que ocurre alrededor nuestro, también en momentos o situaciones de estrés; permite tomar buenas decisiones ante el peligro, sin dejar que los “nervios” dirijan nuestro pensar o actuar.
    • Resiliencia emocional: experimentar con más facilidad emociones positivas la mayoría de los días, y superar pronto las emociones negativas después de un evento adverso. Conseguir afrontar los desafíos con realismo y flexibilidad, sin huir, modificando la actitud. Controlar los propios estados de ánimo, conociendo sus primeras manifestaciones: las señales iniciales de alegría y esperanza, o de tristeza y rabia. Y desde aquí llegar a las causas últimas de cada sentimiento.
    • Resiliencia espiritual: tener un sentido claro de la existencia y de lo que se hace, y mantenerlo sin que pierda valor. Entablar buenas relaciones interpersonales, fuertes, con intimidad adecuada. Abrirse a las necesidades de los demás, con autotrascendecia; salir del propio yo y seguir unos ideales luminosos.

    El ejemplo de personas que han vivido en modo especial un cierto tipo de resiliencia es un buen estímulo para pensar: ¿Qué tenían ellas y cómo puedo imitarlas? Nos podemos acordar de familiares, de conocidos, de muchas personas corrientes que han pasado desapercibidas.

    Se intuye la importancia de que haya especialmente en la familia figuras de referencia para los hijos. Una madre sabia y con ternura, que sirva de base segura para afrontar con serenidad el ambiente; un padre cercano que confirme, junto con su esposa, el valor de cada hijo. 

    Para el cristiano, brillan la figura de Jesucristo y de los santos. El cristiano confía en la gracia de Dios, que convierte el dolor en un tesoro y eleva la naturaleza, con sus limitaciones y miserias, a una dimensión nueva y superior: la vida sobrenatural. Con la fuerza de la gracia es posible conseguir lo que llamaría resiliencia transformativa.

    Resiliencia transformativa causada por la gracia de Dios, vida sobrenatural, resurgir de las heridas como el Ave Fenix

    3. Huellas que dejan las actuaciones y decisiones libres

    Muchos problemas relacionales tienen que ver con heridas o necesidades psicológicas insatisfechas debido a las dificultades de los padres para educar bien; a problemas socioeconómicos, la enfermedad, el duelo, los desastres naturales, etc.; el maltrato físico o psicológico (abuso, especialmente en la familia), el daño causado por personas significativas o autoridades, dentro de una propia institución eclesiástica o de otro tipo, etc. Pero también existen lesiones causadas por la persona misma.

    Es posible autolesionarse psicológicamente

    No toda herida es involuntaria. Las actuaciones libres y las elecciones dejan huellas que afectan la vida entera. El pecado, al romper mecanismos esenciales del ser espiritual, produce una lesión. Sus consecuencias nocivas son independientes de si se cree o no en Dios, de si se cree o no en unas reglas morales.

    Con la inteligencia aferramos la existencia del bien y del mal. Ir contra los propios valores, optar por el mal, emprender el sendero equivocado rompe la continuidad de los procesos mentales dando forma al remordimiento. Y esto, aunque no se reconozca un creador o una ley moral natural. Los creyentes tenemos una ventaja: la revelación explícita de unas normas y herramientas que iluminan y guían el camino hacia la felicidad, como si fuera un manual de instrucciones, a través de los mandamientos y de las bienaventuranzas.

    Consecuencias psíquicas de actuar bien o mal

    La vida de cada día y la literatura contienen ejemplos de esta consciencia universal del bien y del mal, y se sus consecuencias. En casi toda novela, obra de teatro o poema de renombre se encuentran referencias al sufrimiento interior de quien obra mal.

    Es representativo el pasaje de una conocida tragedia de Shakespeare. El médico ha venido a palacio para examinar a lady Macbeth, y la escucha mientras habla sonámbula, abrumada por sus crímenes. Ante la pregunta de su esposo y cómplice, el rey, «¿Cómo está la enferma, doctor?», responde: «Más que una dolencia, señor, la atormenta una lluvia de visiones que la tiene sin dormir». A lo que Macbeth añade: «Pues cúrala. ¿No puedes tratar un alma enferma, arrancar de la memoria un dolor arraigado, borrar una angustia grabada en la mente y, con un dulce antídoto que haga olvidar, extraer lo que ahoga su pecho y le oprime el corazón?». Sigue una sabia respuesta: «En eso el paciente debe ser su propio médico».

    Cuatro siglos después de Macbeth, sigue vigente la necesidad de que cada persona asuma su responsabilidad, acepte su pasado y, si ha obrado mal, se arrepienta. El remordimiento consume y destruye desde dentro, como le sucedió a Lady Macbeth por su participación activa en el asesinato del soberano. El arrepentimiento, en cambio, tiene poder curativo pues despierta una capacidad humana esencial: la autotrascendencia, o salir de uno mismo.

    El arrepentimiento lleva consigo darse cuenta de que uno es responsable. Es decir, siguiendo las dos etimologías latinas de la palabra, necesita dar respuesta a otros de sus acciones, y cargar con el peso o consecuencias. Por eso el arrepentimiento conlleva pedir perdón. Esta visión es necesaria para curar las heridas causadas por las malas acciones. Scheler lo sintetizó en una aguda sentencia: «El criminal tiene derecho a expiar su culpa».

    Responsables para arrepentirse, para perdonar, nueva forma de resiliencia

    Hay muchas personas que han tenido la desgracia de cometer grandes equivocaciones en su vida, que logran superar el trauma, transformar el dolor en una nueva forma de amar y reparar por el mal cometido. Un ejemplo es el fuerte dolor psicológico que se produce después de un aborto. Hay psicólogos que intentan “apagarlo” trasformando la narración: no ha ocurrido nada, no había vida, valió la pena para esa pobre criatura…, etc. Esa “técnica” no siempre es eficaz, pues la consciencia sigue clamando. En cambio, reconocer el mal hecho, perdonar y perdonarse, cura en profundidad.

    Nuestras elecciones o comportamientos influirán en los afectos y creencias. La psicología cognitiva identifica la raíz de muchos problemas psíquicos pensamientos centrales no bien enfocados, erróneos o autodestructivos, que fermentan con el tiempo.

    Así se expresa Edith Eger, sobreviviente de los campos de concentración Nazi y discípula de Frankl: «La memoria es un terreno sagrado. Pero también embrujado. Es el lugar en el que mi rabia, mi culpa y mi pena dan vueltas como pájaros hambrientos en busca de los mismos huesos viejos».

    Como las heridas de la infancia inconscientes, nuestras acciones dejan poso en los pensamientos. Condicionan el modo de afrontar la realidad. Una persona herida puede ver el destino como algo independiente, una fuerza que gobierna desde fuera y quita la libertad. Así se expresaba un adolescente en esa situación: «Yo ya no decido qué hacer con mi vida, la vida decide por mí, así que me da lo mismo lo que me pase».

    En una dirección opuesta encontramos el consejo de Viktor Frankl: «no te preocupes tanto de lo que esperas de la vida, sino si la vida espera algo de ti». A esta actitud, el psiquiatra de Viena, sobreviviente de los campos de concentración, la llamó «el giro copernicano de la psicología». Requiere abandonar el egocentrismo y es clave para los traumas, como veremos.

    Reconstruir la vida, imagen del Kintsugi

    Las adversidades pasadas no se pueden cancelar, pero es posible reconstruir la vida contando con ellas. Una buena imagen nos la ofrece el Kintsugi japonés.

    Recomponer los trozos de la vida con una narrativa nueva, imagen del kintsugi, cicatrices se transforman en oro por la gracia

    Se trata de una técnica de reparación de cerámicas que comenzó en el siglo XV. Consiste básicamente en no ocultar las grietas o cicatrices de una pieza rota, sino embellecerlas. Después del accidente, se recogen con cuidado los trozos. Luego se limpian y se pegan con una resina mezclada con polvo de oro.

    El resultado es una obra de arte con más valor que la original. El proceso requiere tiempo y paciencia. En nosotros, la ayuda de los demás y la gracia de Cristo son el oro que no solo repara, sino que eleva y transforma nuestra existencia. Él nos cura. La cicatriz sigue ahí, pero con una luz y belleza nuevas.

    En la segunda parte de este artículo vemos más sobre cómo acompañar a la persona herida.

    Wenceslao Vial


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    Bibliografía de la primera parte

    —Cristián Pizarro, Heridas psicológicas y salud mental; en: 

    — Boris Cyrulnik, La resiliencia; vídeo entrevista y resumen escrito de las principales ideas.

    — Gregory K. Popcak, Dioses Rotos. Los 7 anhelos del corazón humano, Palabra, Madrid 2015.

    —Xosé Manuel Domínguez, Más allá de tus heridas: acompañamiento y sanación, cap. 2, Heridas interiores y madurez, pp. 345-364.

    — Francisco Insa, Con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, Palabra, Madrid 2021, cap. II. Crecer por dentro a lo largo del ciclo vital, pp. 83-125; ver en particular Teoría del Apego, pp. 90-95.

    — Id. Dependencia afectiva y perfeccionismo: una propuesta a partir de la teoría del apego, en Id. (ed), Amar y enseñar a amar, pp. 119-144.

    — Wenceslao Vial, El sacerdote, psicología de una vocación, Palabra, Madrid 2020; cap. 3, apartado Oración, contemplación, actividad y descanso, pp. 72-79; y cap. 4, apartado Obstáculos psicológicos y conductuales, pp. 100-110.

    — Id. Madurez psicológica y espiritual, Palabra, Madrid 2019 (4ª).