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Vacunas contra Covid-19, un bien para todos


 

    El ejemplo de Jenner y la vacuna contra la viruela

 

Por Wenceslao Vial.

 

En mis primeros años de estudiante de Medicina, un profesor nos dijo: “Ustedes tratan personas y no heridas”. Desde entonces siempre he recordado que los enfermos tienen una dignidad especial. Esa dignidad algunos la han atropellado. 

Durante la pandemia de coronavirus, los profesionales de la salud se han dedicado con empeño a su tarea: curar y, si no es posible, aliviar.

En estos días, las esperanzas y los ojos del mundo están puestos en la vacuna. La mutación del Covid-19 encontrada en Inglaterra y en otros países aumenta la incertidumbre. Políticos, médicos, amas de casa, niños y ancianos esperan su turno: unos cuantos miligramos inyectados en dos dosis que tal vez nos librarán del contagio.

En medio de este esfuerzo por salvar vidas, algunos gobiernos, como en España, miran en otra dirección e introducen la posibilidad de que un médico te quite “de oficio” la vida, con lo que llaman eutanasia o “muerte apacible”. Sería un acto de compasión: unos cuantos miligramos inyectados… y se acabó. En Chile, ahora, se discute también sobre el tema, como si fuera indiferente quitar el dolor con la muerte.

La meta de la vacuna contra el coronavirus es distribuir más de 300 millones de dosis antes de abril del 2021, para que comience a notarse el impacto. Se transmite un mensaje de esperanza y optimismo: pocos efectos adversos, buenos resultados en los grupos más vulnerables, comenzando por los ancianos. 

Y todo ello sumado al interés de que la vacuna covid-19 llegue a países con menos recursos y a los más necesitados. Es un bien para la humanidad que requiere pensar en grande, sin dar paso a la "marginalidad farmacéutica", llegando a todo el planeta como ha dicho el Papa Francisco. Se puede ver la nota de la comisión vaticana: Vacuna para todos: 20 puntos para un mundo más justo y sano

 

La paradoja de las leyes a favor de la eutanasia.

La supuesta meta de la eutanasia es aliviar el sufrimiento y el dolor de pacientes terminales. 

Sin embargo, como es manifiesto en Holanda y Bélgica, este objetivo parece que se logra quitando de la circulación a pacientes incómodos que cargan al estado y al bolsillo de los contribuyentes; a ancianos y a niños que dan pocas esperanzas de ser “útiles”. La vejez se trasforma en enfermedad; la discapacidad o limitaciones en un peso insufrible. Se siembra la idea de que, si no produces, estorbas.

En pos de la eutanasia se esgrime la libertad: cada uno decide lo que quiere hacer de su vida y de su muerte. Se pone el acento en que tú decides y te animan a decidir lo que cuesta menos: podría curarte y aliviarte, pero, ¿para qué?

Si se habla de coronavirus, en cambio, te obligan a ir con mascarilla y a vacunarte. Con lo que estoy de acuerdo. Cuesta menos que tratar a los enfermos y no es despreciable la tajada que se llevarán las casas farmacéuticas.

 

Algunos, con buenas intenciones, ofrecen la eutanasia como solución al dolor y al sufrimiento.

Se les escapa quizá lo que todo médico observa: pocos pacientes piden adelantar el momento de la muerte, si son cuidados, acompañados, si se les quita el dolor con los medicamentos que existen, si se les hace notar que siguen siendo útiles y se les quiere.

En el fondo, los promotores de la eutanasia se centran en las heridas y no en las personas. Les ayudaría conocer un libro como el Manual de Cuidados Paliativos de Oxford, que profundiza con rigor científico en una especialidad eficaz y clave en las principales escuelas de medicina del mundo.

 

Un médico que “cura personas y no heridas” será fiel a Hipócrates. 

El padre de la medicina afirmó: “Con inocencia y pureza custodiaré la vida y mi arte”. El arte de encontrar tratamientos eficaces y el arte de ayudar a bien vivir o bien morir a sus semejantes.

Este ideal inspiró a Cicely Saunders, enfermera británica, a gastar sus días en el desarrollo de los cuidados paliativos y ayudar a quienes sufrían males incurables a sobrellevarlos del modo más cómodo y digno posible.

Y este mismo ideal brilló siglos antes en un médico también inglés: Edward Jenner. Movido por su deseo de servir, recorría los campos cercanos a Berkeley ayudando a los campesinos y buscando un remedio para la viruela. Ese mal que en el siglo XVIII en Europa llevaba a la tumba a cerca de medio millón de personas al año, tenía una mortalidad del 80 % en los niños, y dejaba a muchos sobrevivientes ciegos o con lesiones desfigurantes en la cara.

En sus travesías por las fincas, Jenner se fijó en las lesiones pustulosas que aparecían en algunas personas que ordeñaban vacas afectadas por lo que conocían como viruela de las vacas (cowpox). Le llamó la atención que eran similares a las lesiones que provocaba una enfermedad mucho más grave, la viruela humana (smallpox).

En mayo de 1796, tomó materia de esas lesiones “inofensivas” y la introdujo con unas heridas en la piel de un niño. Después de algunos ensayos, comprobó que ese niño se hacía inmune a la viruela. Nuevos experimentos demostraron la eficacia del método y se organizaron “vacunaciones” masivas: surgía un nombre nuevo con clara referencia a su origen, pero sobre todo era: 

 

La vacuna que derrotó a la viruela, triunfo de la medicina. 

En mayo de 1980, la Organización Mundial de la Salud anunció la erradicación global de la viruela.

A Jenner le llovieron ofrecimientos para explotar comercialmente su descubrimiento y enriquecerse. Sin embargo, lo cedió generosamente a la comunidad humana, uniendo su saber al de tantos otros médicos ejemplares. En medio de su trabajo decía a un amigo: “Cuando considero la multitud de hombres que ya han podido gozar de este beneficio, mi satisfacción es muy grande. Y tanta es mi gratitud para Aquel que sé que es el Autor de toda bendición, que a duras penas consigo expresarlas”.


Wenceslao Vial