Dos rombos


Por Javier Vidal-Quadras

Cuando yo era pequeño, las películas que no podían ver los niños se calificaban con dos rombos que aparecían en una de las esquinas superiores de la pantalla de la televisión. Entonces, los pequeños nos íbamos a la cama. Y todo lo que guardara la mínima relación con el sexo merecía enseguida esta calificación. 

Estas últimas semanas me han invitado a dar un par de sesiones sobre matrimonio y sexualidad y, cuando las preparaba, di con una frase que me gustó mucho y, sin duda, hubiera merecido dos rombos en mi infancia: “a Dios le importa el placer de los esposos”. 

El término placer evoca enseguida el goce sexual, aunque tiene un alcance mucho mayor. Nadie pondría en duda que a Dios le importe el placer espiritual, intelectual o, incluso, emocional de los esposos, pero… ¿también el sexual? 

En efecto, el matrimonio es un camino de perfección que consiste, esencialmente, en dar y recibir felicidad, y la relación sexual es un ámbito especialmente sensible a estos efectos. 

Por ejemplo, sería un error considerar que en un matrimonio es más grave negar el cariño y la ternura que negar la entrega sexual. La falta del primero genera una carencia de placer emocional, la del segundo, de placer corporal. Y ambos son igual de importantes, pues no somos solo cuerpo ni solo afectos. Los dos casos serían amores matrimoniales incompletos. ¿Se imaginan a un marido o una mujer que dijera recurrentemente: “perdona, cariño, pero hoy no me apetece ser cariñoso, hoy no me apetece estar amable, etc.? Naturalmente, puede haber momentos o periodos en que uno de los dos puede estar impedido de dar cualquiera de estos placeres: el emocional (durante una depresión, por ejemplo) o el corporal (durante una enfermedad, pongo por caso). Pero lo propio es entregar ambos con la mayor intensidad posible…, siempre que sea posible (valga la redundancia). 

Uno de los secretos, creo, para que el matrimonio se fortalezca en este ámbito de la sexualidad es el plural que aparece al final de la frase con que he iniciado este post: a Dios le importa el placer de “los esposos”. Es decir, de los dos, no de uno solo de ellos. 

Y esta es una de las tareas fundamentales del amor en el terreno sexual: humanizar las relaciones sexuales de manera que no busquen la propia y egoísta satisfacción personal, sino el goce compartido. Lo que deshumaniza el amor es la egoísta absorción de ese placer, viendo al otro como un mero instrumento para lograrlo. 

Claro que esta tarea exige mucho respeto y un conocimiento previo de la vivencia de la sexualidad en el otro para intentar aproximarse a él por el camino que le es más propio. 

Creo que ya he dicho alguna vez en este blog que, como regla general, se puede afirmar que, en el varón, el deseo sexual atendido favorece la inclinación al cariño y a la ternura, mientras que, en la mujer, el deseo de cariño atendido favorece la inclinación al deseo sexual. 

Pero, ahora me gustaría profundizar un poco más, y lo voy a hacer de la mano del matrimonio Shaunty y Jeff Feldhahn, de quienes estoy leyendo los libros “For men only” y “For women only”. 

Me he atrevido a reducir a cuatro consejos/recordatorios la gran cantidad de información que han recogido sobre la relación sexual tras miles de entrevistas: 

Para la mujer: 

  • El mayor deseo de sexo del varón no es un capricho, responde a su naturaleza. 
  • La plenitud y frecuencia de la entrega sexual tiene en el varón un alto significado emocional y le transmite confianza y seguridad en todos los demás ámbitos de su vida. Shaunty Feldhahn llega a proponer una frecuencia-tendencia, al menos, semanal. 
  • El rechazo de la mujer a la entrega corporal produce en el varón una gran frustración e, incluso, vergüenza. 
  • No basta con entregarse como a un sacrificio o a un deber; el varón necesita que la mujer tome la iniciativa en la solicitud sexual de vez en cuando, cuanto más, mejor. 

Para el varón: 

  • El varón tiene más hormonas de testosterona y un deseo más activo, la mujer, más estrógenos y un deseo más receptivo, por lo que le cuesta más tomar la iniciativa, aunque, una vez empieza la relación, disfruta igual que el varón 
  • La mujer necesita más tiempo de preparación y más anticipación, a veces, horas. Necesita preparar su cuerpo y sus afectos y es bueno que perciba nuestro cariño durante el día. 
  • Para ella, el sexo empieza en el corazón. El cuerpo del varón, aunque sea un Adonis, no le genera necesariamente atracción sexual. 
  • En cambio, cómo la ha tratado, las pequeñas cosas que ha hecho por ella, los detalles que ha tenido, la comprensión, un simple abrazo, ayudar más en las tareas comunes, una palabra o un mensaje romántico… sí pueden generarla. 

Este conocimiento y respeto mutuo ha de reflejarse también durante el mismo acto sexual, que tiene su propia dinámica. Es curioso, por ejemplo, que las curvas de excitación sean tan diferentes en el varón y en la mujer. Son ganas de fastidiar, podría pensarse. ¿Por qué no nos creó Dios de manera que avanzáramos al unísono? Sería todo mucho más fácil. 

La respuesta (o una de ellas) a esto la descubrí también hace poco. Esta asincronía en el proceso de excitación es lo que hace, precisamente, que el acto sexual en el ser humano no sea mero instinto, sino un acto libre e inteligente (como todo lo específicamente humano). Al animal poco le importa el otro: el macho persigue y monta a la hembra y se acabó (perdón por la crudeza: ¡es que son animales!). 

El hombre, no. Sabiendo que la aproximación de la mujer al sexo es más afectiva que genital, la acompaña, procura conocer su naturaleza y la lleva con delicadeza hasta la satisfacción sexual total, si ella quiere alcanzarla. Y la mujer, lo mismo, no espera siempre a ser solicitada, sino que, conociendo la vivencia más corporal de la sexualidad del varón, la tiene en cuenta e intenta tomar la iniciativa también en este terreno. El animal solo se excita; el ser humano se emociona y dota a ese acto de una profundidad nueva, sobre todo, cuando hay una entrega definitiva y para siempre (¡un matrimonio!), que dota al acto sexual de una intensidad de vida, e incluso de placer, incomparables.

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