La aventura del amor

Educación sexual, pornografía y religión. Primer capítulo del libro La aventura del amor, Pablo Requena, Wenceslao Vial



I. Educación sexual, pornografía y religión

Autores: Pablo Requena & Wenceslao Vial[*]

Primer capítulo del libro: 

La aventura del amor, José María La Porte, Sergio Tapia-Velasco (editores)


1. La “educación sexual”

Hace pocos decenios se hablaba poco de sexo en el ámbito escolar, y nada de gender. El único género que aparecía en las aulas era el de las palabras, que podían ser masculinas, femeninas o neutras. Hoy todo eso ha cambiado, y desde hace tiempo hay cursos más o menos estructurados de educación sexual. Para algunos se trata de una manifestación positiva del proceso de liberación que han conseguido nuestras sociedades modernas, quitándose de encima unos horribles prejuicios religiosos que durante siglos han visto con sospecha todo lo relativo a la sexualidad. Para otros es manifestación de una degradación insoportable de costumbres que resultará dañina para los niños y que traerá consecuencias negativas. Quizá el cambio no sea ni tan provechoso ni tan lúgubre como en ocasiones se pinta.

La educación es, en principio, positiva. Saber es siempre algo bueno. ¿Por qué entonces ese recelo ante la llamada “educación sexual”? ¿Por qué miles y miles de padres se manifiestan por las calles de muchas capitales europeas contra el gender en los colegios? El problema no está tanto en dar información sobre la sexualidad que, al fin y al cabo, es como darla sobre la historia humana o sobre las matemáticas. El problema no está en enseñar la biología del proceso generativo. La cuestión de fondo es el concepto de sexualidad que hay detrás de lo que se enseña, y qué papel ocupa esta dimensión humana en el conjunto de la persona. Pero además hay otra cuestión. El niño, el adolescente, se encuentra en un tiempo de maduración, de crecimiento; y en ese proceso, cada enseñanza, cada nueva habilidad tiene su momento adecuado. ¿Por qué no se explican las ecuaciones de tercer grado a los niños de párvulos? Porque no las entenderían: su capacidad de cálculo no está suficientemente desarrollada para alcanzar esta operación. ¿Por qué no se enseña a conducir a los niños de 10 años? Porque sería un desastre: provocaríamos muchos accidentes innecesarios. Incluso en el ámbito del deporte, tan recomendado en edades tempranas, desde hace ya varios decenios se invita a la prudencia en el modo de programar los entrenamientos, pues se ha demostrado que el cuerpo del niño no está desarrollado para algunos ejercicios, y que una especialización precoz de ciertos movimientos puede llevar consigo problemas de crecimiento y maduración a nivel esquelético-muscular; además de provocar el abandono de la actividad deportiva por parte de muchos adolescentes. Como es evidente, ni las matemáticas, ni la conducción, ni el deporte son perjudiciales en sí. Lo que no conviene es enseñarlas fuera de tiempo.

Algo parecido podría decirse de lo relativo a la sexualidad. Es un tema importante, que hay que enseñar... a su tiempo. Quizá es aquí donde se encuentra la gran diversidad de pareceres: algunos proponen una educación precoz, mientras otros propugnan por otra más tardía. En 2010 la Oficina Regional para Europa de la Organización Mundial de la Salud, en colaboración con un centro federal de educación para la salud alemán, publicó unos “Estándares de educación sexual en Europa”. Esta guía parte de la constatación del aumento de las tasas de infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (sida) y de otras enfermedades de trasmisión sexual, así como de los embarazos indeseados en adolescentes y del creciente problema de la violencia sexual. Analizando el problema desde el punto de vista sanitario se explica que “mejorar la salud de niños y adolescentes es crucial para la mejora de la salud sexual en general. Los pequeños —se escribe— necesitan saber acerca de la sexualidad, tanto en términos de riesgo como de enriquecimiento personal, con el fin de desarrollar una actitud positiva y responsable hacia ella. De forma que les permita comportarse con responsabilidad, no sólo para con ellos mismos, sino también con los demás en las sociedades donde vivan”. La finalidad del documento no puede ser mejor: desarrollar una actitud positiva y responsable respecto a la sexualidad, y conocer los riesgos que conllevan ciertos comporta­mientos asociados a su ejercicio.

La guía presenta diferentes modelos de educación en este ámbito, y los clasifica en tres categorías: a) programas de “solo abstinencia”; b) programas de “educación sexual integral”; c) programas de “educación sexual holística”. Los primeros simplemente promueven el retraso de las relaciones sexuales: se trata de programas que según la guía han fracasado tanto en la reducción de embarazos no deseados como en limitar la difusión de enfermedades de transmisión sexual. Los programas de educación integral, junto a la abstinencia, proporcionan información sobre el uso de anticonceptivos y enseñan el llamado “sexo seguro”. Los terceros, entre los que se encuentra el documento de la OMS, suponen un paso más, ya que a la información que proporcionan los segundos añaden un enfoque de crecimiento personal y sexual.

El documento señala correctamente el lugar central que la sexualidad ocupa en la vida de las personas, que “desde que nacen son seres sexuados y tienen la potencialidad de desarrollar su sexualidad de una u otra forma. La educación sexual ayuda a preparar a la juventud para la vida en general, especialmente para construir y mantener relaciones satisfactorias que contribuyan a desarrollar de manera positiva la personalidad y la autoestima”. Además, sigue la guía, en el contexto actual los jóvenes tienen acceso, sobre todo gracias a internet, a una mole de información sobre el sexo que en muchas ocasiones está distorsionada: piénsese, por ejemplo, la presentación degradante de la mujer que se ofrece a través de la pornografía. Todo esto hace más urgente una adecuada educación sexual.

Algunos han manifestado su miedo a que esta educación pueda fomentar el inicio precoz de las relaciones sexuales, pero —según la guía— sería un miedo injustificado teniendo en cuenta los estudios actuales de la UNESCO (2009). Es más, según estas investigaciones se observa claramente que “la educación sexual, de acuerdo con muchos estudios, tiende a retrasar el inicio de las relaciones coitales, reduce la frecuencia de los contactos y el número de parejas y mejora las conductas sexuales”.

Hasta aquí podría parecer que los estándares propuestos por la OMS son un óptimo instrumento de ayuda para padres y maestros, sin embargo, no es así. El problema comienza cuando se describen los medios que deben emplearse para la tan loable intención de enseñar una actitud positiva y responsable respecto a la sexualidad. Estos medios se mueven en los tres ámbitos de aprendizaje: informaciones, habilidades y actitudes. La guía propone una “matriz” dividida por edades con objetivos para los siguientes campos: el cuerpo humano y su desarrollo, fertilidad y reproducción, sexualidad, emociones, relaciones y estilos de vida, sexualidad-salud-bienestar, derechos y sexualidad, determinantes sociales y culturales de la sexualidad (normas y valores). Para niños/niñas de 0-4 años se proponen, entre otros, los siguientes puntos en el ámbito de la información: enseñar todas las partes del cuerpo y sus funciones, diferentes cuerpos y diferentes sexos, conceptos básicos de la reproducción humana (de dónde vienen los bebés), el goce y el placer cuando tocamos nuestro propio cuerpo, la masturbación de la primera infancia; el hecho de que el placer físico es una experiencia propia (cercana) y normal de vida, diferentes tipos de amor; diferentes tipos de relación; el derecho a preguntar sobre la sexualidad; el derecho de explorar la identidad de género; roles de género”.

No es que esta guía no se plantee que la educación sexual debe ser adecuada a la edad: tiene un apartado sobre este punto. El problema está en que estos objetivos que propone la guía son adecuados para un cierto modo de entender la sexualidad, donde lo importante es evitar la violencia, las enfermedades y los embarazos no deseados. Un concepto de sexualidad que podría ir bien para prevenir enfermedades, pero que resulta extremadamente pobre cuando se propone como paradigma para mostrar la belleza y la grandeza de la dimensión sexual de la persona, y su papel en la relación interpersonal.

Este libro intenta mostrar algo de esta belleza desde el campo de la antropología, indicando también la visión positiva que la cultura cristiana tiene de la sexualidad. Visión que por mucho tiempo ha estado nublada por unas presentaciones de la doctrina demasiado pobres.

2. ¿Nos enseña algo el consumo de pornografía?

Alguno podría decir que el problema señalado en el apartado anterior sobre los modos de concebir la educación sexual es simplemente una cuestión de enfoque. Cada uno tiene su visión de la sexualidad, y hoy en día hay muchos que piensan que es suficiente con lo que podríamos denominar la visión de la sanidad pública, aquella interesada simplemente en evitar los embarazos no deseados y las enfermedades. Ésta correspondería a un estándar mínimo, sobre el que cada uno podría después construir del modo que le parezca mejor. La sociedad, la escuela, debería ofrecer esta enseñanza mínima para evitar abusos, enfermedades y embarazos. Después que cada cual complete según su visión personal y religiosa. Esta postura parece bastante razonable, pero el problema es que el estándar mínimo puede no ser suficiente para una buena formación de los jóvenes. Esto se ve muy bien cuando uno estudia el fenómeno de la pornografía, que —en principio— no tiene que ver con abusos, transmisión de enfermedades y posibles embarazos[2].

La pornografía, cuyo desarrollo exponencial en los últimos decenios responde a un modelo liberal de sexualidad muy difundido después de la llamada “revolución sexual”, está provocando un costo social muy grande no sólo para las víctimas (fundamentalmente mujeres y niños), sino también para sus consumidores. El uso de este material por internet, crea en muchas personas un “ideal” de sexualidad que poco tiene que ver con la vida real, y que posteriormente se refleja en ciertos requerimientos a la pareja que resultan muchas veces humillantes[3]. Los mismos usuarios de la pornografía on-line reconocen que cada vez buscan imágenes más extremas e impactantes, y que todo el mundo virtual les dificulta después la relación con mujeres reales. La consecuencia es que con frecuencia la pornografía degrada su capacidad de amar con el cuerpo, y no pocas veces, estas personas quedan atrapados en la adicción patológica al sexo.

En una publicación sociológica reciente sobre este tema se indica que en Estados Unidos se gastan cada año 4.000 millones de dólares en vídeos pornográficos, más que en fútbol, béisbol y baloncesto. Otros datos que menciona el estudio: uno de cada cuatro internautas entra, al menos una vez al mes, en alguna web pornográfica, y el 66% de los varones entre 18 y 34 años visita mensualmente como mínimo una de estas páginas. El psicólogo Gary Brooks, que lleva años estudiando el fenómeno de la pornografía en la Texas A&M University, escribe que “el porno suave también tiene un efecto muy negativo sobre los hombres. El problema que plantea es el voyerismo: enseña a los hombres a ver a las mujeres como objetos, en lugar de a entablar relaciones con ellas en tanto que seres humanos”. Además, muchas mujeres se encuentran en la complicada situación de no saber cómo comportarse con su pareja, cuando saben que usan pornografía, pues la queja podría ser considerada como una crítica, o una manifestación de mojigatería. Mark Schwartz, director clínico de la Masters and Johnson Clinic de Saint Louis afirma que “la pornografía está ejerciendo un importante efecto sobre las relaciones a muchos niveles y de muchas maneras distintas, y, fuera del ámbito del comportamiento sexual y de la comunidad psiquiátrica, nadie habla de ello”[4].

Si el consumo de pornografía hace daño al adulto, mucho peor es su influjo en el niño y el adolescente, que carecen de la madurez necesaria para interpretar y valorar ese tipo de imágenes, y les lleva a hacerse una idea distorsionada de la sexualidad y de la relación con las chicas o chicos de su edad. En muchos casos los padres no tienen la menor idea del tiempo que sus hijos pasan delante del ordenador visitando sitos o imágenes pornográficas.

Estas pinceladas sobre los efectos negativos de la pornografía muestran que la dimensión sexual de la persona es mucho más sensible que otras dimensiones humanas. El hombre descubre distintas pulsiones en su interior, algunas muy básicas otras más organizadas: el hambre, el odio, el deseo de venganza, la pulsión sexual... Uno puede ver una película en la que la trama gira toda alrededor de la venganza, y después irse a dormir sin particulares sentimientos negativos. Sin embargo, esto no sucede así cuando se trata de una película pornográfica: no deja indiferente. Con esto no se pretende sostener que la pornografía sea el único elemento que puede condicionar negativamente una película: cierto tipo de violencia, o ciertos planteamientos sin un sentido trascendente de la existencia pueden hacer también mucho mal. En todo caso, el influjo que la pornografía tienen en nuestro interior, y también en nuestro modo de comportarnos, es más intenso que en el caso de las imágenes o historias que llaman en causa otras pulsiones. Esto debería llevarnos a cuidar con esmero todo lo relativo a la propia sexualidad... no por constricciones externas, por “normas morales” que no se sabe quién ha establecido, o por miedos derivados de una visión negativa del sexo, sino por la sencilla razón de que se trata de una dimensión “frágil” de la condición humana.

3. Un poco de historia

En todo caso, el sexo es sexo desde que el mundo es mundo. ¿Ha habido algún cambio digno de mención? Es verdad que la sexualidad humana, en su dimensión biológica y corporal, ha variado poco desde la aparición del homo sapiens. Sin embargo, han cambiado, y mucho, los modos de mirar a la sexualidad, de entenderla y de vivirla... Es cierto que siempre ha habido prostitución, adulterio, homosexualidad, pederastia... pero no siempre se han justificado teóricamente como se hace en la actualidad. Y este fenómeno es digno de estudio. Un momento álgido de esta historia es la llamada revolución sexual de 1968, que supone la explosión de unos cánones de comportamiento social en relación a la sexualidad, que durante mucho tiempo habían ido perdiendo sus sólidos cimientos. Fue algo parecido a lo que sucede en la montaña cuando lluvia tras lluvia la estructura del subsuelo va perdiendo adherencia y se produce un gran corrimiento de tierras. El desmoronamiento no es resultado de un evento singular, sino de movimientos imperceptibles que a lo largo del tiempo consiguen minar la solidez de la montaña.

La revolución sexual de 1968 fue madurando durante muchos decenios[5]. Kate Millet en su libro “Política sexual” habla de una “primera revolución sexual”, que duraría casi un siglo (1830-1930), caracterizada por la reivindicación de la igualdad de la mujer y por la lucha contra el patriarcado. Tras este periodo habría otro de latencia, que ella denomina “contrarrevolución sexual” que coincide con los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial y los de la posguerra, y que llega hasta los Sesenta, cuando se difunden ampliamente las tesis freudianas.

La revolución sexual del 68 aboga por el “sexo libre”. ¿Libre de qué? Libre de normas morales, que lo único que consiguen es arruinar la belleza de la sexualidad, y crear complejos psicológicos entre las personas. Es interesante notar el concepto de normas y de moralidad que hay detrás de esta reivindicación. La norma moral se ve como contraria a la libertad. No es algo que me ayuda a realizarme como persona, sino un sistema extrínseco que me obliga a seguir una serie de comportamientos, que nada tienen que ver con mi felicidad; y que proceden de una cierta costumbre social o de una visión religiosa del mundo. Este modo de considerar la moralidad viene de lejos, y tiene raíces filosóficas profundas. La Modernidad puso sobre el tapete la necesidad de dar respuesta a los grandes interrogantes del hombre acudiendo a su capacidad de raciocinio, sin intentar esconderse detrás de una idea sacralizada del mundo y de la persona, que daba por descontado el modo adecuado de comportarse, también en ámbito sexual. Esta crisis del modelo anterior no encontró siempre respuestas convincentes sobre el sentido de la sexualidad, de la procreación, del matrimonio; y en algunos casos llegó incluso a una especie de autofundación antropológica que acabó en el nihilismo más radical, donde el confín entre lo bueno y lo malo desaparece, y queda todo reducido a una autonomía sin telos, sin dirección, que se mueve a impulso de pasiones más o menos elaboradas[6].

En este contexto ocupan un lugar destacado los llamados “maestros de la sospecha” que tendrán un influjo, directo en el caso de Freud e indirecto en el caso de Marx y Nietzsche, en la futura revolución sexual. Estos autores se oponen a un racionalismo exacerbado, y consideran la razón como un subterfugio de pulsiones íntimas en el hombre, que condicionan todo su dinamismo vital. Para Marx será el interés económico, para Nietzsche la voluntad de poder, y para Freud la unión entre la tendencia erótica y la destructiva. En estos autores se encuentra un común deseo de liberar la conciencia personal de aquellos condicionamientos sociales que no le permiten un desarrollo armónico de las pulsiones naturales. El influjo indirecto de Marx y Nietzsche pasó a través de la debilitación teórica de los fundamentos de la creencia religiosa y de sus deberes asociados. Freud, por su parte, pone la libido como pulsión primordial de la persona, y considera que la sociedad sufre una neurosis generalizada que procede de una represión de dicha pulsión. Sin quitar mérito a los trabajos del fundador de la psicoterapia en sus intuiciones sobre la génesis de la patología mental, y en las pistas que propuso para su curación, hay que indicar que su planteamiento sobre el carácter exclusivo de la pulsión sexual ha sido criticado por muchos —también por algunos de los que iniciaron a trabajar con él—, pues deja de lado otras muchas dimensiones importantes de la persona.

Con esta ebullición de ideas en ámbito filosófico se abre el siglo XX que ha visto en los años posteriores al segundo conflicto bélico mundial otra serie de pensadores que tendrán un influjo bastante directo en la eclosión de la revolución del 68. Han sido llamados por algunos los “teóricos de la revolución sexual”, de entre ellos cabe destacar a Reich y Marcuse en el ámbito alemán, y a De Beauvoir y Bataille en el francés. Wilhelm Reich es conocido sobre todo por su libro “Revolución sexual” publicado en inglés en 1945. En este texto intenta una síntesis entre la teoría psicoanalista de Freud, que fue su maestro, y las ideas revolucionarias marxistas, donde su historia personal y algunos episodios de su infancia tendrán un notable influjo. Aunque reconoce que algunas normas morales son necesarias para evitar el caos que produciría en la sociedad el ejercicio libre de las pulsiones sexuales, piensa que las existentes son muy estrictas, y provocan la perturbación sexual de Occidente. Propone una “revolución” para desligar la sexualidad del matrimonio. Afirma que las relaciones extraconyugales son benéficas, y sugiere —no es claro con qué base— que la sociedad liberada de ese tipo de normas represivas conseguirá un equilibrio armónico, por lo que ya no será necesaria reglamentación moral alguna.

Otro pensador que contribuye a la revolución sexual es Marcuse, sobre todo a través de su intento de establecer una mediación entre psicoanálisis y marxismo. En el ensayo Eros y Civilización, acepta completamente la tesis freudiana de que la sexualidad obedece al principio del placer. Sin embargo, frente a Freud, que habla también de un principio de realidad al cual el placer debería someterse, Marcuse sostiene una sexualidad sin reglas. Piensa que, si se suprimen las limitaciones introducidas por el principio de realidad, lejos de convertirnos en víctimas de las pulsiones agresivas, se alumbrará una nueva sociedad, más creativa y feliz. Para ello, propone el libre juego de la sexualidad y la erotización no solo del cuerpo, sino también del trabajo. Se trata de abrir el eros a una gama más variada de pulsiones, de liberarlo de la obsesión del sexo y, por consiguiente, de conducirlo hacia una sublimación no represiva que permita expresar el sentido completo de la realidad humana. Algunos años después de la publicación de este libro y del movimiento de las comunas hippies que se inspiran en él, Marcuse se ve obligado a reconocer que la tan añorada sublimación no represiva del eros, una vez puesta en práctica, no sólo no ha logrado liberalizar el amor, sino que lo ha reducido a pura sexualidad de las “zonas erógenas inmediatas”[7]. En suma, Marcuse debe aceptar su equivocación: la libertad sexual, aun la más ilimitada, no es una verdadera alternativa a la represión del eros, sino que más bien coincide con su degradación[8]. Si la vía de la sublimación social del eros puede ser alienante, existe un tipo de “desublimización” aún más represiva: la transformación del eros en objeto de consumo. La energía del eros, en vez de ser usada para la reproducción, sirve entonces para reproducir e incrementar no la vida sino el capital. El eros se transforma así en una función estratégica del mercado.[9]

Simone De Beauvoir es conocida por sus escritos a favor un feminismo más decidido que el propuesto en las décadas precedentes, y que dará lugar en los años 60 y 70 al llamado feminismo radical. Por eso, en opinión de De Beauvoir, no basta anular la propiedad privada para alcanzar la última meta de la revolución. Sin propiedad aún quedan las diferencias entre hombres y mujeres y entre padres e hijos, que son fuente de innumerables abusos. De ahí su conclusión: la transformación de la sociedad no puede ser total hasta que desaparezca la familia[10]. En su libro principal, “El segundo sexo”, publicado por primera vez en 1949, critica fuertemente el patriarcado, como modelo social responsable de la subyugación de la mujer. La liberación de este sistema requiere para esta autora el desprecio de la maternidad, y el ataque a la familia tal y como se ha concebido durante siglos; pues éstos serían los elementos esenciales del sistema patriarcal. Su batalla contra el matrimonio no es batalla contra el sexo, sino contra una sexualidad dirigida a la procreación. Según ella, inmediatamente después de la unión sexual hay una lucha entre los intereses de la especie y de la mujer individual. El aborto parece ser así la única consecuencia de una elección libre, en la que la individualidad de la mujer se alza triunfante sobre la fuerza atávica de la especie. Por esta razón la filósofa francesa fue gran promotora del aborto y de la anticoncepción.

Georges Bataille es un autor difícil de encuadrar, y supone un tipo de discurso más cercano a la reivindicación revolucionaria del 68. En su libro “El erotismo” (1957) propone la trasgresión de las normas sociales referentes a la sexualidad por considerarlas arbitrarias, subjetivas, y, por tanto, susceptibles de cambio. En su concepción histórica de la sexualidad, el erotismo aparece en el paso del animal al hombre, cuando el sexo pierde su conexión con la reproducción. La liberación del eros que propone no consiste solamente en la búsqueda del placer venéreo sin más, sino en una búsqueda que lleve consigo la transgresión de la ley. Esta idea estará muy presente, como hemos mencionado antes, en la revolución sexual. Por otro lado, sostiene la insuficiencia del matrimonio como catalizador del instinto sexual, lo que se manifiesta, entre otras cosas, en el fenómeno de las orgías.

Todos estos autores han tenido una influencia notable en el cambio de la percepción social de la sexualidad y de su ejercicio, tanto en el matrimonio como fuera de él, y sus planteamientos desembocan en la revolución sexual de 1968. Sus ideas han permeado no sólo el ámbito académico, sino que también han llegado al gran público a través de publicaciones de tipo divulgativo, así como de la literatura y el cine.

Después del 68 la producción literaria y académica en relación a la sexualidad no se ha interrumpido. Aquí señalamos dos filones que nos parecen de mayor interés para entender la situación en la que nos encontramos ahora: los trabajos de Foucault sobre la historia de la sexualidad, y los escritos de algunas feministas radicales. Michael Foucault se propone un proyecto muy ambicioso del que sólo consigue terminar los tres primeros volúmenes antes de que el sida acabara con su vida[11]. En su propuesta histórica explica que la represión de la sexualidad en la sociedad cambia de modo radical en el siglo XVII y llega a su punto máximo con la moral victoriana del XIX. Socialmente se acepta solo el sexo en el matrimonio y dirigido a la procreación: se considera ilícito el sexo extraconyugal y prematrimonial. Las razones del cambio en el modo de concebir socialmente la sexualidad las encuentra en dos direcciones: la economía, y concretamente el capitalismo, que obliga un tipo de relación laboral que excluye a la mujer; y la religión, que, con su doctrina sobre el pecado y la confesión, propone una moral más rígida. Foucault sugiere, en cambio, la liberación de estas estructuras opresoras, que no corresponden a ningún elemento objetivo: son convencionales, y, por tanto, pueden cambiar. Pone la sociedad griega como ejemplo de cultura que acepta ampliamente el comportamiento homosexual. Sin embargo, según este autor, para que triunfe esta revolución es necesario llegar al poder, pues es éste quien gobierna a su antojo el modo de darse de la sexualidad.

El otro filón de publicaciones posteriores al 68 es el de aquellas feministas, que siguiendo los pasos de De Beauvoir, han ido asumiendo posiciones cada vez más extremas. Estas escritoras, que han trabajado sobre todo en el ámbito de la enseñanza universitaria, han sustituido el feminismo de la igualdad por otro de oposición de sexos. Como en otros autores ya vistos anteriormente consideran al patriarcado como enemigo al que hay que destruir, pues se trata de un modelo que subordina la mujer a la maternidad, alejándola de los lugares de trabajo, y, por tanto, de los puestos de poder en la sociedad. Tres libros importantes en esta corriente son “Política sexual” (Kate Millet, 1969), “La mujer eunuco” (Germain Greer, 1970) y “La dialéctica del sexo” (Sulamite Firestone, 1970)[12].

Un capítulo de esta misma historia, sucesivo a la revolución sexual, es el de la “cuestión” del gender (“género”), bajo sus diversos nombres (estudios sobre género, teoría de género, o simplemente gender). La palabra “género” empleada en relación a la sexualidad parece entrar en ámbito académico de la mano del controvertido Dr. John Money, que, en un artículo sobre hermafroditismo del 1955, distinguía entre sexo biológico y género como rol social. El problema no está ciertamente en el uso de este término, que puede tener su espacio sobre todo en el ámbito de la sociología; sino en el tipo de relación que se propone entre el género, como autopercepción de la propia dimensión sexual en relación a la sociedad, y el sexo biológico. En las discusiones sobre esta materia se pueden encontrar opiniones para todos los gustos. En el fondo las distintas posturas hacen relación al mayor o menor peso que se da a la biología y a la cultura en la configuración de la dimensión sexual de la persona. Si es un grave error pensar que todo depende de la biología, no lo es menos, considerar que las diferencias entre el hombre y la mujer son simplemente culturales...

Con relación al “gender” se ha llegado en nuestros días a un enfrentamiento cultural entre los que hablan de una peligrosa “ideología de gender” que querría imponer y enseñar a los niños que las diferencias sexuales entre el hombre y la mujer no existen, y no tienen por qué estar ligadas al sexo; y los que sostienen que no existe ninguna “teoría del gender” (y mucho menos una ideología), que no es más que un fantasma creado por extremistas religiosos... no se sabe muy bien para qué. Dejando aparte estas polémicas, que no parecen demasiado útiles, sí es verdad que cada vez aparecen con más frecuencia en el ámbito público manifestaciones de una presentación de la sexualidad humana que no responden a un modelo binario (masculino / femenino). Basta pensar a las 58 opciones que llegó a ofrecer Facebook en lengua inglesa para la casilla “gender identity”. Sostener que existen 58 modos distintos de considerar la propia sexualidad, es prácticamente lo mismo que decir que la sexualidad es una autoconstrucción personal.

Todas estas ideas que se mueven en un plano teórico, tienen repercusiones prácticas no difíciles de adivinar, tanto a nivel de la valoración ética de ciertos comportamientos, como a nivel jurídico, a la hora de considerar ciertas uniones, y su encuadre social.

Hasta ahora hemos hablado fundamentalmente de la raíz intelectual, filosófica, de la revolución sexual, y de las ideas de género. Ahora hemos de dar un paso hacia atrás para considerar otras raíces de estos cambios culturales y sociales. Estas otras raíces se encuentran en la sociología y en la medicina. Por lo que se refiere a la primera señalaremos dos momentos, que tienen nombre propio, y que corresponden a un influjo remoto y otro próximo de la revolución sexual. El primero es Thomas Robert Malthus (1766-1834), cuyas tesis sobre el crecimiento exponencial de la población en relación a un mucho menor crecimiento de la producción de alimentos, aunque se vieron oscurecidas en su época por el optimismo del cientificismo de la segunda mitad del siglo XIX, volvieron a aparecer con notable fuerza, a partir de los años veinte del siglo pasado. Estas tesis sirven de base para promover una mentalidad antinatalista, y, por ende, un ejercicio de la sexualidad separado de la procreación que estará muy presente en el 68. El segundo nombre es el de Alfred Kinsey (1894-1956) que, aun siendo zoólogo, consigue cambiar la percepción social sobre el ejercicio de la sexualidad humana en los años cincuenta del siglo XX. Lo hace a través de dos trabajos descriptivos sobre el comportamiento sexual masculino y femenino, publicados respectivamente en 1948 y 1953. Los resultados de estos estudios de campo hacen añicos la idea de la moral victoriana que propone una sexualidad solamente conyugal y abierta a la procreación. Las estadísticas resultantes describen elevados porcentajes de ejercicio de la sexualidad fuera del matrimonio y de relaciones homosexuales. Los estudios Kinsey causaron un gran revuelo en la opinión pública, y en seguida pasaron a formar parte del bagaje “científico” de la sociedad norteamericana influyendo notablemente en los programas sobre educación sexual que se han desarrollado en los decenios siguientes. Por muchos años nadie puso en tela de juicio los resultados de estos estudios. Sin embargo, a partir de los años noventa, se comienza a realizar análisis críticos de los mismos que han puesto en evidencia notables deficiencias en relación a la validez científica de las encuestas y de sus resultados. Las objeciones son de tipo metodológico, y se refieren fundamentalmente a la elección de las muestras de las encuestas, que incluyen un porcentaje elevado de presos, y de personas que se prostituían para ganar dinero. Hay también una confusión notable en relación a la categorización de los comportamientos: se toma, por ejemplo, como “acto sexual” lo que es una simple atracción hacia otra persona. Los estudios Kinsey también incluían una parte sobre el comportamiento sexual de preadolescentes, que años después han tenido que retirarse al salir a la luz que los datos procedían de un colaborador de Kinsey que abusaba de menores[13].

Del ámbito de la Medicina querríamos destacar un hecho que nos parece de capital importancia para entender, tanto la revolución sexual, como el modo actual de comprender y ejercitar la sexualidad humana. Se trata de la aparición y la difusión de la píldora anticonceptiva. Desde tiempos inmemorables han existido modos para impedir las consecuencias reproductivas de la sexualidad humana, y concretamente desde finales del siglo XIX se difundió el uso de los preservativos. Sin embargo, la “píldora” ha supuesto una revolución, pues consigue el fin de evitar la generación, sin necesidad de modificar en nada físicamente la relación sexual. Y lo que es más importante, dejando a la mujer el dominio sobre las consecuencias reproductivas de su vida sexual. Las investigaciones farmacológicas sobre la píldora anticonceptivas consiguieron en 1957 la aprobación por parte de la FDA (Food and Drug Administration: instituto americano encargado de la aprobación de nuevos fármacos), de un fármaco para la regulación del ciclo menstrual, y más adelante, en 1960, su comercialización como anticonceptivo oral.

Podemos concluir esta sección señalando que el “sexo libre” invocado en la revolución del 68 ha tenido muchas consecuencias prácticas en el modo de vivir la sexualidad, y ha influenciado enormemente la historia reciente de la institución matrimonial, el aumento exponencial de los divorcios, y el siempre mayor número de niños que nacen fuera del matrimonio. Sobre estas cuestiones volveremos más adelante, pero antes afrontamos la cuestión de lo que la Medicina puede decir en relación a la sexualidad humana.

4. ¿Tiene algo que decir la Medicina?

Hace unas décadas, el sexo del bebé que se aguardaba era una sorpresa reservada al momento del parto. Con la generalización de las ecografías pre natales, hoy son pocas las parejas que deciden esperar. Habitualmente, después de la 12 semana de gestación, es muy sencillo ver con el ecógrafo las características sexuales externas y determinar por tanto el sexo. Luego, en el momento del parto, se oye siempre la voz de alguien que anuncia o confirma: ¡es una niña! o ¡es un niño!

Hay algunos casos en que el desarrollo ha sufrido alteraciones y no se consigue saber con certeza el sexo, incluso después del nacimiento. La anomalía se conoce como genitales ambiguos, y tiene muchos grados y causas, sobre las que volveremos más tarde. En ocasiones, es un desafío para los médicos asignar el sexo lo antes posible, por el importante daño que puede producir un retraso en esta medida. Los daños físicos vendrán especialmente por la necesidad de introducir pronto un tratamiento hormonal, reducir el riesgo de tumores por órganos genitales ocultos, mejorar el crecimiento y la formación de los huesos. Se recurre a los exámenes genéticos para comprobar el sexo cromosómico, y a los estudios hormonales y de imagen, para ver si existen ovarios o testículos, la presencia o no del útero, etc.

Estas dos situaciones expuestas resumen lo que se espera del personal sanitario en el tema de la sexualidad y procreación: facilitar el nacimiento de un nuevo ser humano, e intentar resolver las patologías o complicaciones que se presenten en cualquier momento del desarrollo, incluidos los numerosos problemas relacionados con la práctica de la función sexual en la vida adulta. Con los avances tecnológicos y buenos conocimientos de fisiología y psicología se consigue ayudar a la mayoría de las personas que lo solicitan.

Cuando los profesionales de la salud aplican los conocimientos científicos, no suele haber dificultades, aunque tengan distintas concepciones de la sexualidad humana, según sus personales convicciones. Para algunos el hombre y la mujer no son más que un animal evolucionado que termina en la nada, mientras que para otros se trata de un ser con un destino eterno. La ausencia de fe en un creador o en una vida después de la muerte no implica que las soluciones prácticas, también en el ámbito de sexualidad, no sean adecuadas. Desde hace años se observa un fenómeno nuevo y peligroso: la ciencia médica, en algunos ambientes, se ha dejado manipular. Y, curiosamente, a quien lo haga notar, se le acusa de prejuicios religiosos... Los intereses extra-médicos priman sobre los datos científicos. De este modo, se cede a presiones ambientales y se entra en cuestiones que no son médicas[14].

Veremos a continuación algunas patologías y condiciones diversas. El punto de partida ha sido compartido por generaciones de médicos: la sociedad pide a estos profesionales que sepan prevenir las enfermedades, curarlas o, al menos, limitar los daños y reducir el dolor. En algunas culturas es tan importante el papel preventivo que al doctor se le paga para no caer enfermos. Mencionaremos brevemente cinco grupos de anomalías: las disfunciones sexuales, la disforia de género o trastorno de identidad de género, las parafilias, las alteraciones cromosómicas y los estados intersexuales[15].

Las llamadas disfunciones son aquellas irregularidades que dificultan el normal funcionamiento de la actividad sexual, impidiendo que llegue a término de manera adecuada. Son muy comunes y pueden ocurrir por motivos orgánicos o psicológicos. A veces hay rechazos fóbicos a la sexualidad, tensión excesiva o desconocimiento en la pareja de algunas diferencias de actitud y sensibilidad que han de tenerse en cuenta. Un ejemplo frecuente es la ansiedad o la fijación obsesiva en los aspectos relacionados con el placer, que frena la estimulación orgánica necesaria para el acto. Cuando sucede en matrimonios, es preciso acudir a buenos médicos, para evitar que se deteriore la relación familiar.

Se habla de parafilias, cuando el objeto del deseo sexual o las situaciones que producen el placer son inadecuadas. En el pasado se las llamaba perversiones sexuales. Incluyen el exhibicionismo, la pedofilia, el travestismo y otras formas de uso anómalo de la sexualidad, donde las fantasías, impulsos o comportamientos de excitación se producen con objetos inanimados (fetiches) o animales. Algunos enfermos buscan el propio sufrimiento o el de otros a través del sexo, lo que se llama respectivamente masoquismo o sadismo. La última edición del Manual Diagnóstico de Enfermedades Mentales, de la Asociación Psiquiátrica Americana (DSM-5) introdujo una diferencia entre la parafilia y el trastorno parafílico. El diagnóstico de trastorno o enfermedad se hace sólo cuando el uso de la sexualidad causa malestar o daño al individuo, o pone en riesgo la salud de otras personas. La parafilia en sí misma no justificaría o requeriría —dicen los autores— la intervención de un médico.

Una de estas anormalidades es la pedofilia. Médicamente, consiste en la búsqueda de la excitación sexual con niños pre-púberes. Se trata casi exclusivamente de varones, que muchas veces en su infancia sufrieron a su vez abusos. El medio ambiente más común de esta grave desviación es el entorno familiar, en sentido amplio[16]. En numerosas ocasiones se confunde el concepto médico con otros actos, no por eso menos perjudiciales, que se dan en relaciones homosexuales con adolescentes. Hay una cierta contradicción en el DSM-5, pues señalan que la pedofilia no siempre es enfermedad, aunque cumple con el requisito que ellos determinan para nombrarlas así: causar en los menores de edad un grave daño psíquico que arrastran de por vida, y a veces lesiones físicas por heridas traumáticas. Quizá sirva para excusar a los autores, el hecho de que estamos en un terreno en el que con frecuencia no es claro el límite entre patología y conducta aberrante, por lo que la valoración de ese comportamiento suele llamar en causa no solo al médico o al moralista sino también al criminólogo.

El tercer grupo que mencionaremos es la disforia de género, conocida como trastorno de identidad de género hasta el 2013, y que antes se denominaba “transexualismo”. El cambio de nombre fue justificado por el DSM-5, para subrayar la presencia de un malestar en relación al propio sexo. Para el texto norteamericano, llamarles enfermos sería una forma de “estigmatización”. El término sexo sería inadecuado, y sólo se debería usar en relación a la salud reproductiva[17].

En la etapa de preparación del manual algunos querían quitar la disforia de género de la lista de enfermedades mentales. Prevaleció la idea de dejarlo, con el fin de permitir a quien deseara cambiar su sexo, el tener acceso a los servicios de salud, para buscar terapias hormonales o someterse a cirugías modificadoras de las características sexuales, que son caras. Estas operaciones, como reconocen los mismos especialistas que se han dedicado a esto son difíciles y con frecuencia no resuelven el problema de fondo a largo plazo[18]. La persona transexual se considera víctima de un accidente biológico, por estar atrapada en un cuerpo incompatible con su identidad de género; aunque desde un punto de vista orgánico y biológico, su identidad sexual sea inconfundible. En todo caso, es importante reconocer el sufrimiento que les produce su condición y evitar toda discriminación que pueda aumentar dicho dolor. Esto es especialmente importante en la infancia y adolescencia, donde generalmente aparece el problema, que se acompaña de ansiedad y síntomas depresivos. Los padres deben apoyar a los hijos y acudir a especialistas que les puedan ayudar y orientar a afrontar las distintas situaciones.

Las últimas patologías que veremos son las anormalidades de los cromosomas sexuales y los estados intersexuales. Recordemos que los seres humanos tienen 46 cromosomas. Los varones tienen un cromosoma X y uno Y; y en las mujeres existen dos X. Esto determina el sexo cromosómico o genético. Algunas anomalías cromosómicas son el Síndrome de Turner, con una frecuencia de una entre 4000 mujeres nacidas vivas: consiste en la falta de uno de los cromosomas X (el resultado será 45 X), que lleva a un escaso desarrollo puberal. El síndrome de Klinefelter, presente en uno de cada 800 varones nacidos vivos, se diagnostica ante dos o más cromosomas X y uno Y (47, XXY): el desarrollo de las características sexuales secundarias es pobre, con testículos pequeños o atróficos. El síndrome 47, XYY, por último, se presenta en uno de cada 1000 varones: la apariencia externa o fenotipo es masculino, tienden a ser altos y con un cociente intelectual menor.

En los estados intersexuales el aspecto de los genitales externos, que se han formado durante los tres primeros meses de gestación, es ambiguo o no coincide con el sexo cromosómico o la presencia de ovarios o testículos. Hay muchos grados y tipos que, como ha estudiado cualquier médico durante su periodo de formación, se deben reconocer y tratar lo antes posible[19]. Las formas clásicas de presentación al nacer son tres. Los pseudohermafroditas femeninos: mujeres con cromosomas XX y ovarios, pero con genitales externos ambiguos que recuerdan a los del varón; es causado en el feto femenino por un exceso de andrógenos (hormona masculina). Los pseudohermafroditas masculinos: tienen cromosomas XY y testículos, pero los órganos genitales son ambiguos o femeninos. Y, por último, el hermafroditismo verdadero: en que hay a la vez tejido testicular y ovárico, y genitales con estructuras masculinas y femeninas.

Una enfermedad que puede llevar a estas situaciones es la ausencia de una respuesta, total o parcial, de las células a las hormonas masculinas o andrógenos, conocida como síndrome de insensibilidad a andrógenos, que determina una falta de virilización del feto. Serán niños genéticamente varones, XY, pero que nacen con una menor o mayor ambigüedad genital: en los casos leves, tendrán apariencia masculina. Cuando la insensibilidad a los andrógenos es total, los genitales externos serán femeninos y por tanto crecerán como niñas. Los síntomas o dificultades aparecen en la pubertad, cuando surgen características sexuales secundarias propias de los varones. Habrán desarrollado una actitud femenina, aunque haya un cromosoma Y. El tratamiento de este raro cuadro incluye la extirpación quirúrgica de los testículos atróficos, que pueden haber quedado ocultos en el abdomen, y el suplemento de hormonas femeninas. Existe también la hiperplasia suprarrenal congénita, que en algunos casos lleva a la virilización de los fetos femeninos, que pueden nacer con genitales ambiguos.

Hemos descrito anormalidades o patologías, sin que este término sea en lo más mínimo despectivo (quien no tiene, ha tenido o tendrá una enfermedad…). Hay, sin embargo, quienes buscan en el sufrimiento de estas personas y sus familias un aliado para defender ideologías: no habría que considerarlas enfermedades, sino una demostración de que el sexo no es más que una gradualidad continua entre mujeres y hombres. No es recomendable —afirman los más extremistas— tratar a los recién nacidos con genitales ambiguos: habría que dejarlos, para que cuando crezcan elijan ellos mismos qué desean ser. Es de esperar que no vayan adelante en sus pretensiones, que se suman a las de grupos que desearían la legalización de la pedofilia, llamándola sexo intergeneracional.

La ciencia médica siempre ha sabido que una posible dificultad para reconocer el sexo al nacer, no indica que haya un tercer sexo. Incluso en los casos más complejos y menos frecuentes, en que es difícil descubrir un sexo dominante, se puede asignar uno de los dos únicos de la especie humana. Como en otras decisiones médicas, podría haber un error de asignación en el momento del nacimiento, que se haga más evidente con el desarrollo. En estos casos será posible una reasignación posterior[20].

Es preciso recordar que quienes experimentan un deseo sexual hacia personas del mismo sexo, y los que se declaran transexuales, rara vez presentan alteraciones cromosómicas o estados intersexuales. Más adelante volveremos sobre la homosexualidad.

4.1. El consejo médico

Una vez establecido que la medicina tiene mucho que decir sobre la sexualidad, veremos qué pueden aconsejar estos profesionales en la materia. Lo que suele observarse es que algunos hablan más allá de sus competencias y otros se callan…

La primera regla debería ser aconsejar según la ciencia, buscando el fin directo de la profesión sanitaria: prevenir y curar a quien busca ayuda. Como se dijo, el médico puede tener sus propias creencias o dudas…, pero no puede imponerlas a sus pacientes. Las intromisiones de elementos extra médicos son muy peligrosas. Y en esta línea se mueven los que niegan la diferencia esencial entre hombre y mujer. La responsabilidad es grande, porque está en juego la salud de mucha gente.

El buen cardiólogo ha de saber cómo funciona el corazón, qué arritmias son peligrosas, cuales son los factores que predisponen al infarto, las mejores dietas y los ejercicios más apropiados… El buen médico que afronte el tema de la sexualidad debe conocer los aspectos técnicos, el funcionamiento de cada órgano y su complementariedad, las hormonas, los riesgos y beneficios de determinadas conductas. Sus consejos muchas veces serán más comprometedores que el de tomar un tipo de aceite o menos sal… La ciencia revela que la sexualidad es una dimensión que implica a toda la persona, que comprende no solo los aspectos corporales y fisiológicos, sino también los psicológicos y espirituales. Ciertamente la sexualidad humana se eleva sobre sus aspectos meramente biológicos: no es como la sexualidad animal, que tiene una finalidad mucho más limitada. La sexualidad humana es la sexualidad de una persona. Pero esto no significa que “todo” en la sexualidad sea susceptible de modulación según las preferencias personales, como si la biología fuera accesoria.

No es indiferente para la salud el modo en que se ejercita la facultad generativa y se busca el placer. Todo buen observador constata que la atracción mutua en los seres humanos es diferente a la de los animales: no está presente solo en los periodos fértiles, lo que demuestra que no se trata de un aspecto meramente funcional. La condición que hace saludable el ejercicio de la sexualidad es que se realice de modo humano, es decir, que trascienda el acto meramente animal y se trasforme en gesto personal, que supere el instinto egocéntrico y sea signo de amor.

El abuso y la manipulación de la dimensión sexual pueden conducir al aumento de la patología psíquica. Por ser el sexo una identidad básica, cuándo se pone en duda y se hace dudar a los niños sobre si son hombres o mujeres, se está minando el fundamento del desarrollo de la personalidad. Sobre cimientos agrietados y endebles, surgen personas inseguras, con baja autoestima, incapacitadas para donarse. No es difícil que se derrumbe el edificio y se rompa el bienestar físico, psíquico, social y espiritual.

La “liberación” del sexo, que ha seguido la llamada revolución sexual, ha conducido en no pocos casos a su banalización, volviendo a convertirse paradójicamente en un tema tabú. ¿Qué diría Freud si “levantara cabeza”? Estaría extrañado al ver que ya no se puede hablar de algunos temas como la homosexualidad, y que el mismo término “sexo” haya sido vaciado de contenido, al remplazarlo por el de “género”. Género como algo vago que recuerda a su sinónimo tela, o pieza de ropa que se puede usar o no y cambiar a voluntad. Con más atención, el fundador del psicoanálisis sentiría tal vez latir todavía alguna de sus arcaicas teorías: su idea del hombre empujado por instintos irresistibles y la ciega energía del placer que lo ata de pies y manos.

Es preciso, también desde la medicina, apreciar que somos libres y podemos tener un proyecto que valga la pena. La banalización de la sexualidad lleva a numerosos jóvenes a perder la meta, a quedarse en aspiraciones de corto vuelo. Tanto la búsqueda del placer fácil, en la masturbación, por ejemplo, como el inicio de la actividad sexual con otras personas sin esperar el momento adecuado, abre paso a tendencias desordenadas, no controladas por la inteligencia y la voluntad, que pueden desencadenar problemas. Muchos psicólogos advierten los riesgos de estas conductas. Quemar las etapas con demasiada anticipación hace que se agoste no sólo el amor, sino el mismo placer, que termina por desaparecer. Al igual que la tierra explotada necesita cantidades crecientes de productos para volver a ser fértil, quien abusa de su cuerpo como mero objeto de placer, se hace esclavo de un imparable consumo de estimulantes, píldoras, imágenes, instrumentos...

No se puede afirmar, desde una perspectiva científica, que sea médicamente normal, o incluso saludable, tener relaciones sexuales con diversas personas, y de varias maneras; o que el género se escoge cómo se desee... Detrás de muchos comportamientos no naturales de la sexualidad no hay una enfermedad; pero, un buen profesional debe abstenerse de aconsejar conductas cuyo beneficio está menos probado que sus riesgos. Basta pensar en los muchos problemas sociales y de salud ligados a un uso indiscriminado del sexo: enfermedades infecciosas como el sida, las dificultades para llevar con normalidad una vida de pareja, crímenes como la pornografía, la prostitución o la pedofilia, donde reinan los intereses económicos: la “danza en torno al cerdo de oro”, con palabras de Viktor Frankl[21].

Es muy importante que los padres, los educadores, los directores espirituales… y por supuesto los médicos, recuerden a quienes buscan consejo en la materia, lo que afirman psiquiatras de prestigio: «cualquier acto sexual tiene lugar en una relación interpersonal con imprevisibles recaídas emocionales en ambos protagonistas e inscripción de cada uno en la historia del otro. En cuanto relación entre dos personas, vivida con un acto libre y consciente, se quiera o no, se convierte ipso facto en objeto de evaluación moral»[22]. Muchos problemas psicológicos y otro tipo de enfermedades, así como dificultades de la vida espiritual y de relación social se prevendrían teniendo clara esta verdad indiscutible. Las heridas que deja la actividad sexual que no sigue el orden del amor son muy difíciles de curar. Esto ocurre en las más variadas culturas, gentes de los cinco continentes, creyentes y no creyentes, como se puede comprobar.

Otro riesgo evidente de la actividad sexual no controlada es la adicción, que se manifiesta de modo similar a la del alcohol, las drogas o el juego. En el proceso fisiológico normal del placer sexual, que es muy complejo, cuando se llega al culmen de la experiencia sensitiva, se liberan en la sangre varias sustancias. Algunas son afines a las drogas opiáceas, en este caso endógenas, que provocan un bienestar intenso de breve duración, y pueden contribuir a consolidar el vicio o la adicción en sujetos predispuestos[23]. Hay además personas que viven solo para el sexo, de modo claramente patológico, y utilizan a los demás exclusivamente como objetos de placer. Un editorial del British Medical Journal de 2015 alertaba de los peligros para la salud del llamado “chemsex”, en el que se utilizan algunas drogas para poder prolongar las sesiones de sexo, que se está difundiendo entre algunos grupos de homosexuales[24].

Es una valiosa tarea difundir una idea antropológica científicamente correcta de la sexualidad. Para esto, hay que verla en relación al amor, que enriquece a quien ama y a la persona amada. De este modo se previene o se curan algunos trastornos de la sexualidad, que a menudo reflejan un problema existencial[25]. Cuando se busca el placer sin una apertura hacia el otro, cuando se usa a las personas como objeto, hasta el mismo placer desaparece y surgen enfermedades mentales[26].

En esta línea, es clave dar a conocer el momento específico de la expresión del amor sexual: sólo una unión estable permite trasformar el ser sexualmente junto a otro en una relación específicamente humana. El comienzo, por así decir, de la actividad sexual debe ser en la edad apropiada y no antes, como se dijo. De modo similar a uno que entra en la vida laboral precozmente y no logra, por eso, tener una buena preparación, «el joven que entra prematuramente en una relación exclusivamente sexual, consumiendo sus energías sexuales antes de tiempo, jamás encontrará el camino que conduce a la síntesis armónica de lo sexual y lo erótico»[27], no saldrá de sí hacia el otro, no será capaz de amar de verdad. Hay estudios que revelan que estos jóvenes tienen una limitación importante de sus intereses y horizontes, pues «cortan las alas al espíritu»[28]. El placer que obtienen a poco precio absorbe todo tipo de preocupaciones, pensamientos e incluso ideales.

Hay que contrarrestar —dice Frankl como psiquiatra— la hipocresía de los que proclaman la libertad, pero se refieren solo a la libertad para hacer negocio con el sexo y gastar dinero en ello. Se debe buscar la síntesis de eros, como tendencia psicológica, y sexualidad digna del hombre, en la que el individuo satisfaga sus deseos sexuales exclusivamente cuando ama[29]. Si se quiere prevenir más efectivamente enfermedades como el sida, que continúa difundiéndose como epidemia, convendría fomentar cambios de actitud y comportamiento en la sexualidad. Las recomendaciones habituales, sin embargo, suelen limitarse a los aspectos mecánicos o técnicos que reducen el contagio, y al uso de caros medicamentos que se ofrecen —en los países ricos y a los ricos— como “protección”, si se tienen relaciones sexuales con muchas personas[30].

4.2. Cómo afrontar el deseo homosexual

Aunque los profesionales de la salud no se ponen de acuerdo en qué significa un deseo homosexual, ni en el modo de afrontarlo, se pueden hacer varias consideraciones desde la ciencia. La primera es que sin duda este tipo de deseos no quedan fuera del ámbito médico. Son muchos los mecanismos fisiológicos y psicológicos que intervienen en la estimulación sexual y en la realización de los actos propios. En el proceso normal median multitud de mecanismos psíquicos, como los pensamientos, la imaginación y la memoria. Se hacen presentes la percepción y variados estímulos sensoriales. Después, se desencadenan una serie de eventos más o menos automáticos. 

 Es claro que la sexualidad posee una fuerza instintiva superior a la de otros impulsos. Por esto, no es extraño que se despierte en múltiples circunstancias, y ante diversos objetos. Especialmente al inicio de la madurez sexual, en la pubertad, el ímpetu es mayor. Pensamientos o imágenes muy variadas, incluso sin referencia erótica, pueden desencadenar el proceso de la sexualidad hasta su culmen. Ocurre, por ejemplo, en experiencias unidas a la ansiedad de un examen, al temor social o al estrés agudo por otros motivos.

Se sabe además que los deseos sexuales hacia personas del mismo sexo aparecen con mayor frecuencia cuando no hay personas del sexo contrario, como ocurre en las cárceles o antiguamente en viajes prolongados en barco, y también en colegios con régimen de internado. De hecho, el problema del sexo en los centros de detención es enorme, aunque en la mayoría está prohibido. Por esto la Organización Mundial de la Salud ha recomendado que se permita a los presos disponer de preservativos[31]. Las conductas sexuales hacia el mismo sexo se observan en numerosos animales, habitualmente como algo aislado o circunstancial: desde una tortuga hembra que actúa como el macho, subiendo sobre otras hembras cuando está por poner los huevos, a un perro joven que no encuentra una compañera y busca el estímulo placentero en los objetos a su alcance. En circunstancias ambientales normales, los animales suelen dirigir el instinto hacia el sexo contrario.

¿Qué sucede con las personas que, experimentando un deseo sexual exclusivo (o no) por personas del mismo sexo, optan por las relaciones homosexuales como estilo de vida? También ellos pueden tener una fuerza instintiva más fuerte y no poder o no querer dominarla. Se mencionan evidencias de un componente instintivo especialmente en homosexuales varones[32]. Aunque, en realidad, en los seres humanos no existen los instintos en sentido estricto. Los impulsos que llevan a satisfacer necesidades o a actuar de un determinado modo, se llaman tendencias: a lo irracional se añade el conocimiento de un objeto o finalidad. En el comportamiento sexual humano son clave las funciones cognoscitivas superiores con su sustrato en la corteza cerebral.

El hombre o la mujer que deciden vivir haciendo uso de la sexualidad con una persona del mismo sexo sabe qué desea y por qué lo hace, a menos que esté realmente impedido en sus funciones cognitivas. Ha transformado lo que tal vez inicialmente fue sólo impulso ciego, en un modo de vida. Y lo ha revestido de racionalidad intentando demostrar y demostrarse que su decisión es coherente. Los hombres homosexuales suelen desplegar una conducta más orientada al placer, con múltiples parejas (el número ha disminuido después de la epidemia de sida). En las mujeres, en cambio, se observa una búsqueda más romántica de la intimidad y afectividad, suelen tener menos compañeras, hacen menos uso del sexo y viven más satisfechas[33].

Los médicos consideraron que la homosexualidad era una enfermedad hasta 1973. En ese año decidieron en Estados Unidos, en una votación, sacarla del manual (desaparece del todo en 1987). En el DSM-II de 1968, se encontraba entre las desviaciones sexuales, dentro de los trastornos de la personalidad y otros trastornos no psicóticos[34]. La Organización Mundial de la Salud la quitó de su lista (ICD) en 1991. No llama la atención que haya que votar para incluir o no un tema de salud, dar o no ciertas indicaciones, etc., en un manual tan importante y con expertos tan numerosos: es lógico que sea así, a partir de la bibliografía y datos existentes hasta ese momento. La definición de enfermedades evoluciona con los años, por cambios en los criterios diagnósticos, nuevos estudios, pero también al modificarse las costumbres sociales, como en el caso de la homosexualidad[35]. Es probable en cualquier caso que haya sido una disposición acertada, pues el deseo sexual por sí solo no determina la salud o enfermedad de una persona. Las causas de este tipo de atracción son múltiples. En la adolescencia, por ejemplo, suele ser algo transitorio, que indica la búsqueda de la identidad tan propia de esa etapa del desarrollo. 

Una decisión guiada también por principios extra-médicos, esta vez en nuestro juicio incoherente y perjudicial, es el intento de prohibir cualquier ayuda profesional a quienes desean modificar su orientación sexual hacia personas del mismo sexo. Como hemos dicho al hablar de las disforias de género (ex trastornos de identidad), se busca favorecer para cada individuo la propia elección o cambio de sexo, aun a costa de arriesgadas y caras operaciones. A quien, en cambio, desee reorientar no ya su entera sexualidad incluso corporalmente, sino simplemente el deseo sexual que experimenta, se lo discrimina de modo injusto, produciendo grandes sufrimientos. Se lesiona de este modo la libertad de muchas personas. Quizá en tiempos pasados los intentos de reorientación del deseo seguían modelos psicológicos de tipo conductista, con ciertas “terapias” que eran claramente inmorales. Pero el hecho de que algunos métodos empleados en personas que no se sentían a gusto con su tendencia homosexual estuvieran desenfocados, no significa que no existan otros caminos para ofrecer una ayuda adecuada. Probablemente se ha llegado a esta estigmatización con buena voluntad, pero llama la atención que hoy no se logre entablar una discusión razonable y razonada sobre esta materia.

Es un hecho que un número no pequeño de personas con atracción por el mismo sexo querrían modificar su situación, poder casarse y tener hijos de un modo natural. Hasta hace algunas décadas, incluso quienes defendían la bondad de la tendencia homosexual y los actos homosexuales, reconocían que «el equilibrio mental entre homosexualidad-heterosexualidad podía cambiar algunas veces durante la terapia»[36]. Hoy, para ciertos grupos esta posibilidad es un desatino, y hablar de “terapia” un crimen, pues supone considerar la homosexualidad como algo que no es fijo, determinado y definitivo, principio que consideran punto de partida[37].

Por otra parte, está comprobado científicamente que es posible modificar el deseo sexual. Un número significativo de personas logra cambiar su orientación, especialmente si tienen una motivación fuerte por conseguirlo, cuando acuden a profesionales competentes[38], aunque no son claras ni unánimes las orientaciones médicas o psicológicas, porque no se considera una enfermedad. En casi el 50% de las personas que reciben ayuda especializada por deseo propio, aparece la atracción sexual hacia individuos del sexo opuesto. Para conseguir este objetivo, la psiquiatría constata que la persona debe querer salir de su situación o, al menos, buscar integrarla y comprenderla. Son indicios “favorables” de que se obtendrá ese resultado, la edad por debajo de los 35 años, experiencias heterosexuales anteriores y una fuerte motivación[39].

Faltan por ahora grandes estudios de población que indiquen cómo y quienes son más adecuados para este tipo de cambios, porque la carga polémica ha impedido hacerlos serenamente. Lo que abundan son las acusaciones de unos bandos a otros. Intuitivamente, parece más sencillo modificar un deseo, más o menos instintivo, que toda la estructura sexual de la persona. A quienes lo desean, sin embargo, se les impide en algunos países el acceso al personal sanitario. Se amenaza a los especialistas sólo por abrir sus puertas a quien sufre.

Lo dicho hasta ahora es la premisa para entender cómo afrontar el deseo sexual hacia personas del mismo sexo, sobre lo que el médico también tiene mucho que decir[40]. En primer lugar, se puede afirmar que no se nace determinado. Como en muchas circunstancias normales y anormales, el color de los ojos, la predisposición a la diabetes, el gusto por el vino o la tendencia antisocial, no sería raro que la genética influyera de algún modo en el deseo sexual. Sin embargo, está muy lejos de determinarlo o fijarlo mecánicamente[41].

El médico —como los padres o educadores— saben que muchas personas pueden experimentar atracción por individuos del mismo sexo, sin que eso signifique una patología o una condición inevitable. No es científica una división de la especie humana según el tipo de deseos o preferencias que experimenten sus individuos, sean estos sexuales, alimentarios, deportivos o políticos.

La frecuencia de los deseos sexuales por personas del mismo sexo es tan alta, o tan baja…, como se quiera considerar: basta dejar sin control el instinto, sin frenos de ningún tipo, para que se despierte un estímulo en casi cualquier dirección. Por esto, mucho más frecuente que la llamada homosexualidad, como tendencia exclusiva hacia las personas del mismo sexo, se encuentra el deseo indeterminado. Aquí entrarían todos aquellos que en realidad lo que buscan es la novedad, la diversión, el cambio…, con hombres, mujeres, casados o solteros. Es el éxtasis de un escape fácil a través de internet, de una transgresión embriagadora.

A veces se habla de tendencias homosexuales profundamente arraigadas o no arraigadas, pero no queda claro cómo se pueden evaluar ni cuáles son sus límites. Se podrían considerar una larga duración del deseo en el tiempo, la implicación de toda la persona y sus decisiones, la práctica de actos homosexuales frecuentes y quizá el grado de sufrimiento e inadaptación social, con un importante malestar. Pero algunos no tendrán esas manifestaciones, aunque tengan una tendencia arraigada. El criterio del tiempo o duración tampoco resulta práctico porque solo servirá a posteriori: si la persona cambia de orientación, se puede decir que era solo transitoria; si no cambia, entonces sería una tendencia profundamente arraigada.

Parece necesario pensar en algunas señales que sugieran una evolución hacia la estabilidad o permanencia. Un cierto deseo sexual ocasional por las personas del mismo sexo puede ser normal y pasajero en ciertos periodos —adolescencia, por ejemplo— o debido a circunstancias de la vida en las que no haya personas del otro sexo, como se dijo. Se podría hablar también de tendencia homosexual verdadera y falsa. Enumeraremos algunas características o criterios para distinguir un deseo homosexual más estable, aunque pueda llegar a modificarse. La complejidad será mayor cuantos más aspectos se den juntos:

  • atracción emotivo-sexual exclusiva, o muy predominante, por personas del mismo sexo, que persiste tras la adolescencia;
  • práctica homosexual sin una situación externa que genere atracción sexual por personas del mismo sexo, como el aislamiento o la cárcel, o causada por una enfermedad psíquica;
  • fantasías o pensamientos homosexuales acompañados por actos, ante estímulos causados por personas del mismo sexo, incluido el autoerotismo.

No son signo de homosexualidad, si se presentan de manera aislada, las preocupaciones comunes de los adolescentes (el temor a ser homosexual puede volverse obsesivo), algún juego erótico con personas del mismo sexo en la infancia o adolescencia, algún acto homosexual ocasional o la curiosidad por estos temas si hay también atracción por personas del otro sexo, o los comportamientos homosexuales ocasionales bajo efectos del alcohol. La homosexualidad no debe confundirse tampoco con tener algunos gestos, modos de hablar o gustos que son más frecuentes en el sexo opuesto (hombres afeminados o mujeres con actitudes masculinas).

Por otra parte, cuando las necesidades afectivas (cariño y valoración positiva) y del desarrollo de los hijos son satisfechas por la familia y el grupo de coetáneos, es poco frecuente que se manifieste una tendencia homosexual. No tiene sentido, sin embargo, culpar a los padres, porque habitualmente lo han hecho del mejor modo que sabían o podían. La complejidad de las situaciones y contextos sociales pueden hacer más difícil la educación en el entorno del hogar. Por esto, hoy es más importante ofrecer a los padres la orientación adecuada, para que puedan desempeñar bien y con cercanía a cada uno de sus hijos en todas las edades, el papel de mamá o papá, dedicándoles tiempo, que es la mejor herencia que pueden dejarles. Muy útil es que sepan hacer frente al bombardeo de bestialidad que puede entrar en casa por los videojuegos, internet, el cine, los espectáculos públicos... Hay mucha gente y organizaciones no gubernamentales, de apoyo a la familia y salvaguarda de la infancia, que tienen este fin tan importante como principal objetivo[42].

En algunos casos, las sugerencias poco ponderadas de algún profesional de la salud —u otras figuras de referencia y autoridad— facilitan que un deseo momentáneo se convierta en algo estable. Los juegos infantiles que no terminan pronto, más si son fomentados por cómplices mayores, la pornografía homosexual al alcance de cualquier chico o chica y, con mucha más desgracia, los abusos sexuales por parte de adultos son también elementos catalizadores de una tendencia que comienza a tomar forma. En la mente y los afectos maleables de los niños se introducen indeleblemente imágenes y emociones para las que no están psicológicamente preparados. La puerta es la curiosidad de los pequeños y la codicia de los grandes. El efecto es arrollador, como el de un río que no encuentra compuertas que frenen su curso y destroza todo a su paso. Son estas unas de tantas heridas que una persona puede llevar consigo a la vida adulta. Aunque hay países que prohíben legalmente la pornografía, raramente se toman medidas contra los promotores.

Hay además numerosos factores sociales que favorecen el aumento de la cuestión homosexual y el paso del deseo a la condición. En parte han sido mencionados: la familia desunida o inexistente, la ausencia o lejanía afectiva del padre (más frecuente en varones) o de la madre, la defensa de la sexualidad desordenada y desenfrenada, los intentos por suprimir las diferencias entre sexos, la mala aplicación del término género y la llamada cultura gay que hace propaganda y presión, buscando nuevos afiliados[43]. Desde sus filas se promueven también los “matrimonios” entre personas del mismo sexo (sin un interés real en bastantes casos por uniones estables y duraderas, que son muy escasas), y la posibilidad de adoptar niños. La sociedad, no sólo los médicos, no permanece indiferente. Entre los escasos estudios científicos sobre estos temas, hay uno amplio y riguroso que ha demostrado que los hijos adoptados por parejas del mismo sexo tienen significativamente más consecuencias negativas[44]. Confiar niños en adopción a una pareja homosexual, cuando hay miles de parejas de hombres y mujeres deseosas de poderles ayudar, supone una privación de la riqueza que es para el desarrollo del niño la figura del padre y de la madre.

Muchas personas con deseo sexual hacia el mismo sexo deciden y consiguen vivir estable y libremente en continencia. Esto se puede considerar un bien, porque los actos homosexuales (no la tendencia) generan círculos de frustración y desengaño que pueden disminuir la autoestima, además de facilitar una serie de enfermedades y molestias físicas[45]. Si hubiese una obsesión o compulsión sexual, o signos de desesperación, es más importante fomentar la consulta con un profesional de la salud. Un médico o psicólogo experimentado es capaz de proporcionar una ayuda eficaz.

Es evidente que muchas personas con tendencia homosexual poseen características de personalidad muy buenas, son amables, sensibles y creativos. La actividad homosexual, sin embargo, por ir contra la naturaleza específica de los actos sexuales humanos, puede ser una señal de inmadurez y convertirse en un vicio que esclaviza. Lo mismo ocurre con cualquier otro que no controle su actividad sexual. Poner como centro de las personales aspiraciones la práctica de la sexualidad sin frenos ni horizontes de amor y apertura a la vida, indica una carencia importante.

Un familiar, un médico, un educador, un sacerdote, no puede reaccionar con indiferencia o neutralidad ante quien le pide ayuda al sentir un deseo homosexual. No puede alabarlo como algo positivo, ni animar a seguir por ese camino. Obviamente tampoco puede reaccionar con rechazo. Junto con escucharles con comprensión y afecto, por todo el tiempo necesario, puede ser un buen momento para recordarles algo de lo dicho antes sobre la dignidad de la dimensión sexual en el ser humano.

Nunca conviene concentrar el esfuerzo o todos los argumentos sobre la práctica de la sexualidad, como si fuese el único aspecto de interés o la única dificultad: «es fundamental desplazar el discurso del sexo al sentido de sí y de su vida, que es lo que de verdad cuenta»[46]. Cuando se sospecha una tendencia homosexual persistente, pueden ayudar los siguientes consejos a quien los pida, con el más absoluto respeto a la libertad de cada individuo:

  • profundizar en el valor de las diferencias entre sexos masculino y femenino, y no pensar que pertenece a una especie distinta por el hecho de tener un deseo sexual diferente;
  • recordar que están, como todos los seres humanos, llamados a la castidad y pueden esforzarse en la virtud, absteniéndose de hacer uso de la función sexual, que solo es rica y fecunda entre un hombre y una mujer, en el matrimonio; esta actitud con frecuencia produce una gran alegría y abre el camino a un posible cambio de orientación del deseo; será útil abandonar los ambientes homosexuales y evitar las ocasiones de reincidir en actos homosexuales;
  • favorecer relaciones interpersonales también con personas del otro sexo; resaltar el valor de la amistad;
  • no aislarse en un ambiente donde solo haya hombres o solo mujeres;
  • si se trata de un adulto maduro, del que difícilmente se pueda esperar un cambio en la tendencia ya profundamente arraigada, se le puede orientar hacia proyectos de vida en los que alcanzar su propia realización fuera del matrimonio (por ejemplo, voluntariado, cultivar talentos artísticos, etc.);
  • desarrollar intereses distintos al uso de la sexualidad al que es posible renunciar: cultura, deporte, música y artes diversos, etc..

Si un médico quisiera permanecer neutral en el tema de la sexualidad, obviamente es libre de hacerlo. No está obligado a dar lecciones de moral a sus pacientes, ni es su tarea. Las convicciones religiosas bien pueden quedar al margen. Sin embargo, ha de actuar de acuerdo a su ciencia, y por eso disuadir en vez de favorecer la actividad sexual prematura o desenfrenada. A los jóvenes que le pregunten debería desaconsejarles una relación sexual si no están plenamente maduros, pues «la satisfacción de la sexualidad sin amor implica una grave carencia»[47]. De este modo protegerá la salud física y mental de sus pacientes. La garantía de una vida sexual digna del ser humano es el amor verdadero, que implica capacidad de sacrificio, de donación y de espera.

5. La Iglesia y el sexo

En el ideario colectivo la Iglesia habla demasiado de sexo. Y generalmente para condenarlo. Parece que su mensaje sea el de decir “no, no, no” antes de haber acabado la pregunta sobre si se puede o no se puede realizar tal o cual cosa en este ámbito... Sin embargo, ésta es una mala caricatura de la doctrina cristiana sobre el sexo. Es cierto que algunos ministros de la Iglesia no han enfocado siempre bien este tema en su labor pastoral, pero este hecho no debería cerrar la puerta a un estudio, al menos básico, de lo que realmente la doctrina cristiana enseña sobre este punto.

En el primer número del Catecismo de la Iglesia Católica sobre el sexto mandamiento de la ley de Dios (“no cometerás adulterio”), se parte de la consideración de que Dios es amor; y a continuación se habla de la vocación al amor a la que está llamado el hombre. El Papa Francisco en la exhortación apostólica Amoris laetitia escribe: " La pareja que ama y genera la vida es la verdadera «escultura» viviente —no aquella de piedra u oro que el Decálogo prohíbe—, capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Por eso el amor fecundo llega a ser el símbolo de las realidades íntimas de Dios". Y un santo de nuestros días como S. Josemaría Escrivá afirma que “El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo, como sacerdote, bendigo con las dos manos. La tradición cristiana ha visto frecuentemente, en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná, una confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a las bodas —escribe San Cirilo de Alejandría— para santificar el principio de la generación humana”[48]. La sexualidad queda insertada, desde el principio, en lo que de más valor tiene la vida del hombre: la posibilidad de amar y de ser amado. En otro punto del Catecismo se explica que: “La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro” (n. 2332). Por eso, la Iglesia invita a la castidad, que no es negación de la sexualidad, sino apertura a “la integración lograda de la sexualidad en la persona” (n. 2337).

Si la Iglesia habla de sexualidad es fundamentalmente para recordar al hombre la belleza del amor humano, que incluye esa dimensión sexual, para evitar los reduccionismos en los que fácilmente se tropieza cuando la búsqueda del placer oscurece el verdadero amor humano, que debería ser siempre la raíz del ejercicio de la sexualidad. Ciertamente indica algunos límites que no se deben superar. Pero no se trata de límites a gozar del placer sexual como tal, sino límites al egoísmo que, en este ámbito como en otros, niebla la razón del hombre empujándolo a comportamientos que en el fondo suponen una degradación propia, o de la pareja. Ya Nietzsche hace más de un siglo acusaba al Cristianismo de haber envenenado el eros con sus normas morales, que sofocan los placeres más bellos de la vida. Sin embargo, repasando la historia de la Humanidad, se descubre cómo toda sociedad se ha dado sus reglas en éste ámbito, justamente para evitar los abusos... Abusos que han tenido como diana casi siempre a la mujer. El cristianismo, junto a tantas otras religiones, han supuesto a lo largo de los milenios útiles muros de contención para evitar la banalización de la sexualidad, que lleva consigo la generalización de los abusos. La revolución sexual de la que hemos hablado antes ha pretendido “liberar” la sexualidad de las normas morales y del influjo de las religiones, y para evitar los posibles abusos se ha limitado a apelar a la sola salud pública y al derecho penal... Los resultados se pueden ver en nuestros días, donde son cada vez más frecuentes los fenómenos de violencia de género, abusos a menores y dependencias del sexo.

Pero la falta de castidad, de aquella integridad de la sexualidad dentro del conjunto de la persona y de su capacidad de amar, no sólo lleva a los abusos antes señalados. Aquellos, podríamos decir, son sólo la punta del iceberg. La falta de castidad oscurece sobre todo la capacidad de “ver” del hombre. Le impide descubrir la belleza de la mujer, que ciertamente va mucho más allá de su cuerpo sexuado. Los jóvenes, y los no tan jóvenes, bombardeados por la pornografía y empujados a la práctica precoz de la sexualidad genital, pierden la sensibilidad para mirar a la otra persona, y en el fondo, para conocerla tal como es... En cambio, la virtud de la castidad, sabe colocar el cuerpo, con sus valores sexuales, en el contexto de una persona, y no simplemente de un “trozo de carne”. Esta capacidad de mirar, de descubrir al otro como persona, de poder llegar a conocer su intimidad es lo que propone la Iglesia cuando habla de sexualidad, y cuando invita a vivir la castidad.

Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus Caritas est, enseñaba: “Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser”. Si la norma moral puede significar en algún momento un “no” a un cierto comportamiento, se trata de un “no” que abre la puerta a innumerables “sí” mucho más grandes. En este contexto se entiende la invitación de S. Juan Pablo II, en una de sus catequesis a ofrecer una visión integral de la sexualidad: “El conocimiento puramente “biológico” de las funciones del cuerpo como organismo unidas con la masculinidad y feminidad de la persona humana, es capaz de ayudar a descubrir el auténtico significado esponsalicio del cuerpo, solamente si va unido a una adecuada madurez espiritual de la persona humana. Sin esto, ese conocimiento puede tener efectos incluso opuestos; y esto lo confirman múltiples experiencias de nuestro tiempo”[49].

En las religiones paganas la sexualidad estaba en parte divinizada por el concurso de los dioses y diosas en su actividad. Para el Pueblo de Israel, y después para los cristianos, la divinización de la sexualidad podríamos decir que cambia completamente de paradigma. El Dios de Israel es el “totalmente Otro”: no se mezcla en las cosas humanas como puedan hacerlo Zeus, Apolo, Afrodita o Dionisio. Sin embargo, está muy presente en la vida de su pueblo, ya que consuela a Israel como una madre a su hijo (cf. Is 66, 13). Con la Encarnación del Verbo, del Hijo de Dios, todo lo humano, y por tanto también la dimensión sexual de la persona, ha sido elevada —con palabras de la constitución pastoral “Gaudium et spes” del Concilio Vaticano II— a dignidad sin igual. Y continúa diciendo el texto conciliar: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (n. 22). Por eso, el ejercicio de la sexualidad humana según el plan original de Dios, es algo no solo bueno, sino santo, divino.

[*] Pablo Requena es Profesor de Bioética en la Facultad de Teología de la Pontificia Università della Santa Croce, Roma. Médico y sacerdote, Doctor en Teología moral, es también Delegado de la Santa Sede para la World Medical Association y Miembro de la Pontificia Academia Pro Vita.

Wenceslao Vial es Profesor de Psicología y vida espiritual en la Facultad de Teología de la Pontificia Università della Santa Croce, Roma. Médico y sacerdote, Doctor en Filosofía, combina sus conocimientos clínicos y su labor académica con una amplia actividad pastoral en relación con diferentes países y culturas.

[2] Los datos de esta sección y las citas textuales proceden de J. R. Stoner, D. M. Hughes (ed.), Los costes sociales de la pornografía, Rialp, Madrid 2014. Es también de gran interés el documento de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, “Crea en Mí un Corazón Puro: Una respuesta Pastoral a la pornografía” (noviembre 2015).

Se autoriza su publicación siempre que cite la fuente.

[3] El 66% de los varones y el 80% de las mujeres piensan que la pornografía es degradante (J. R. Stoner, D.M. Hughes (ed.), Los costes sociales, 31).

[4] Ibidem, 32.

[5] Una breve presentación puede encontrarse en E. Colom, P. Requena, Cómo explicar la revolución sexual, Eunsa, Pamplona 2012.

[6] Para profundizar en las cuestiones filosóficas de fondo se puede consultar: M. Fazio, Historia de las ideas contemporáneas. Una lectura del proceso de secularización, Rialp, Madrid 2006.

[7] H. Marcuse, One-Dimensional Man, Beacon Press, Boston 1964, pp. 51-69.

[8] En esto Freud demostraba tener razón cuando, hablando de la libido, insistía acerca de la necesidad de someterla a normas: «se requiere de un obstáculo para empujar la libido hacia lo alto y allí, donde las resistencias naturales contra la satisfacción erótica no son suficientes, los hombres han introducido resistencias convencionales para gozar del amor». (S. Freud, Beiträge zur Psychologie des Liebeslebens (1912), Internationaler Psychoanalytischer Verlag, Leipzig-Wien-Zürich 1924, p. 28). Ciertamente tal visión del eros es reductiva, ya que no basta que este no sea pornográfico ni consumista, sino que sobre todo debe integrarse en el amor humano, que consiste en el don de sí.

[9] Como ha notado Erich Fromm criticando la visión mercantilista de la sexualidad, el modelo o el criterio del amor es el del intercambio y el problema del amor no consiste ya en un modo de ser sino de encontrar y amar el objeto justo (Véase E. Fromm, The Art of Loving, Harper & Row, New York 1956, pp. 83-107).

[10] De Beauvoir hace suya una declaración del Komintern soviético (16 de noviembre de 1924): «la revolución será importante hasta que existan las nociones de familia y de relaciones familiares» (S. De Beauvoir, Le deuxième sexe, Gallimard, Paris 1976, p. 346 (1ª ed. 1949).

[11] “La voluntad de saber”, “El uso de los placeres” y “El cuidado de sí”.

[12] Un análisis crítico de estas autoras y de los libros citados se encuentra en J. Trillo-Figueroa, Una revolución silenciosa. La política sexual del feminismo socialista, Libroslibres, Madrid 2007.

[13] Para una valoración crítica de los estudios puede consultarse: M. Tarasco, Consideraciones sobre la influencia del Reporte Kinsey, “Cuadernos de bioética” 8 (1997), 1385-1397; J. Reisman, Sexual Sabotage: How One Mad Scientist Unleashed a Plague of Corruption and Contagion on America, WND Books, Washington DC 2010.

[14] Para profundizar en el tema, se vea: W. Vial, Madurez psicológica y espiritual, Palabra, Madrid 2016, pp. 235-266; R. Zapata, J. Plá, “Trastornos psicosexuales”, en J. Cabanyes, M.A. Monge (eds.), La salud mental y sus cuidados, Eunsa, Pamplona 2010, pp. 345-356.

[15] Cfr. American Psychiatric Association, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition (DSM-5), APA Press, Washington DC 2013; disfunciones: pp. 423-450; disforia de género: pp. 451-459; parafilias: pp. 685-705.

[16] Cfr. F. Di Noto, “Abuso sessuale di bambini (Pedofilia)”, en Enciclopedia di bioetica e sessuologia, Elledici, Leuman (To) 2004 pp. 7-12; I. Mastropasqua, “Abuso sessuale di bambini. Giustizia minorile”, en ibidem, pp. 15-19.

[17] Cfr. DSM-5, cit., p. 829; es significativo que en el glosario del manual aparece solamente esta definición de sexo y siete términos relacionados con el concepto de género, entendido como el papel femenino o masculino que se asume.

[18] Cfr. R. Zapata, J. Plá, “Trastornos psicosexuales”, cit., pp. 350-351.

[19] Cfr. J. Achermann, L. Jameson, “Trastornos del desarrollo sexual”, en T. R. Harrison, Principios de Medicina Interna, Mc Graw Hill, 2012 (18ª), cap. 349.

[20] Cfr. A. Polaino-Lorente, Sexo y cultura. Análisis del comportamiento sexual, Rialp, Madrid 1992.

[21] Cfr. V. Frankl, Ante el vacío existencial. Hacia una rehumanización de la psicoterapia, Herder, Barcelona 1990 (6ª), pp. 26-27.

[22] F. Poterzio, Manuale di introduzione alla psicoterapia, Magi, Roma 2013, p. 184. Franco Poterzio es profesor emérito de psiquiatría de la Universidad de Milán.

[23] Para profundizar: W. Vial, “Responsabilità nelle persone con dipendenze patologiche”, in Annales theologici 29/2 (2015), pp. 373-393; C. Chiclana, Atrapados en el sexo. Cómo liberarte del amargo placer de la hipersexualidad. Almuzara, Barcelona 2013.

[24] H. McCall, N. Adams, D. Mason, J. Willis, “What is chemsex and why does it matter?” in British Medical Journal, 351 (2015).

[25] Cfr. V. F. Von Gebsatel, Antropología médica, Rialp, Madrid 1966, p. 277.

[26] Cfr. V. Frankl, La idea psicológica del hombre, Rialp, Madrid 1963, pp. 40-41.

[27] Idem, Psicoanálisis y existencialismo, Fondo de Cultura Económica, México D.F. 1967 (5ª), p. 209.

[28] H. Remplein, Tratado de psicología evolutiva. El niño, el joven y el adolescente, Labor, Barcelona 1971, p. 564.

[29] Cfr. V. Frankl, Psicoanálisis y existencialismo, cit., pp. 200-209.

[30] Cfr. A. S. Fauci, H. D. Marston, “Ending AIDS — Is an HIV Vaccine Necessary?” in The New England Journal of Medicine, 370 (2014), pp. 495-498.

[31] Cfr. S. Okie, “Sex, Drugs, Prisons, and HIV”, in The New England Journal of Medicine, 356 (2007), pp. 105-108. La droga es también muy frecuente en las prisiones (y el consejo de la OMS ha sido dar a los presos jeringuillas limpias); y la tasa de positividad para el virus del sida se estima en unas cuatro veces más que en la población general.

[32] Cfr. D. Drayna, “Is Our Behavior Written in Our Genes?” in The New England Journal of Medicine, 354 (2006), pp. 7-9.

[33] Cfr. R. C. Friedman, J. Y. Downey, “Homosexuality”, in The New England Journal of Medicine, 331 (1994), pp. 923-930.

[34] American Psychiatric Association, DSM-II, Washington 1968 (V, 302), pp. 10 y 44. De 30.000 personas con derecho al voto, solo votó el 25% y el 60% de los votantes se manifestó a favor de eliminar la homosexualidad de la lista de enfermedades: cfr. J. De Irala, Comprendiendo la homosexualidad, Eunsa, Pamplona 2006.

[35] Cfr. D. S. Jones, S. H. Podolsky, J. A. Greene, “The Burden of Disease and the Changing Task of Medicine”, en The New England Journal of Medicine, 366 (2012), pp. 233-2338. Se mencionan tres enfermedades que han sido redefinidas por cambios sociales: la homosexualidad, la masturbación y el alcoholismo.

[36] R. C. Friedman, J. Y. Downey, “Homosexuality”, cit., p. 927: los autores, citando artículos de la época (previos a 1994), señalan que puede cambiar incluso la identidad de las personas con deseo homosexual, hacia la heterosexualidad, aunque lo atribuyen a una diversa percepción de las fantasías sexuales. Concluyen que son necesarios más estudios, lo que sigue vigente hoy en día.

[37] De aquí los esfuerzos por desacreditar y atacar a quien piense en modo diverso. Para ellos, cualquier intento de cambio no sólo es inútil, sino también perjudicial para la salud. Hasta la editorial de una revista médica de prestigio, que hemos citado con frecuencia, se escandaliza hoy (no, en cambio, hace pocos años) de que se pueda ofrecer ayuda médica a personas con tendencia homosexual, como si fuera una falta de respeto, y aboga por el matrimonio homosexual incluso como forma de fomentar la salud. Cfr. E. W. Campion, S. Morrisey, J. M. Drazen, “Support of Same-Sex Marriage”, in The New England Journal of Medicine, 372 (2015), pp. 1852-1853.

[38] Cfr. J. Nicolosi, Como prevenir la homosexualidad: los hijos y la confusión de género, Palabra, Madrid 2009; G. Van den Aardweg, Homosexualidad y esperanza. Terapia y curación en la experiencia de un psicólogo, Eunsa, Pamplona 1997.

[39] Cfr. A. Camisassi, P. Cardinale, “Sindromi psicosessuali”, en F. Giberti, R. Rossi, Manuale di psichiatria, Piccin, Padova 2009, pp. 257-286.

[40] Cfr. W. Vial, Madurez psicológica y espiritual, cit., pp. 261-266.

[41] Cfr. N. López Moratalla, “Dinámica cerebral y orientación sexual. Se nace, o se hace, homosexual: una cuestión mal planteada”, en Cuad. Bioét. XXIII, 2012/2ª, pp. 373-420. El énfasis por encontrar una explicación genética a la homosexualidad, que estuvo de moda, ha disminuido, también por el “temor” de algunos grupos a que, si se encontrara, se podría volver a “medicalizar” la situación, incluyéndola de nuevo en los elencos de enfermedades.

[42] Por ejemplo: eurochild.eu, ninosprotagonistas.org, familyperspective.org, intermediasocialinnovation.org.

[43] Como curiosidad histórica, uno de los primeros en intentar apoyar científicamente la bondad de la tendencia homosexual fue el médico alemán Magnus Hirschfeld (1868-1935); ya entonces se vio un aumento de personas jóvenes que comenzaron a considerarse homosexuales, al sentir despertar en la adolescencia un impulso sexual no bien diferenciado, como advierte un importante tratado de medicina de la época: cfr. O. Bumke, “Predisposiciones psicopáticas”, en G. Von Bergmann, R. Staehelin, V. Salle, Tratado de medicina interna (Handbuch der inneren Medizin: 1925-1931 y siguientes), V, 2ª, Labor, Barcelona 1944, pp. 1865-1866.

[44] M. Regnerus, “How different are the adult children of parents who have same-sex relationships? Findings from the New Family Structures Study”, en Social Science Research 41 (2012), pp., 752-770. El autor hace, en Estados Unidos, un estudio comparativo amplio, con muchas variables (vida familiar, identificación del propio sexo, abusos sexuales, trabajo, cárcel, uso de marihuana, etc.) entre hijos de familias biológicas intactas formadas por un padre y una madre (intact bio family), padres homosexuales, padres divorciados, padres adoptivos y un solo padre. Muestra como los hijos crecidos en familias que permanecen intactas durante la infancia tienen más posibilidades de éxito como adultos.

[45] Para la diferencia entre acto y tendencia, cfr. J. F. Harvey, Attrazione per lo stesso sesso, ESD, Bologna 2016, pp. 30-33. Una amplia revisión sobre aspectos médicos de la sexualidad se encuentra en: L. Mayer, P. McHuge, Sexuality and Gender. Findings from the Biological, Psychological, and Social Sciences, en “The New Atlantis”, Nº 50, agosto 2016.

[46] A. Persico, Omosessualità, Tra scelta e sofferenza, Alpes, Roma 2007, p. 50.

[47] C. Bühler, Psicología de la vida activa: potencialidades y expectativas (Wenn das Leben gelingen soll: 1969), Psique, Buenos Aires 1976; se cita de la edición italiana: Psicologia e vita quotidiana, Garzanti, Milano 1970, p. 191.

[48] J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, 24, Rialp, Madrid 2012.

[49] Catequesis 8.04.1981.


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