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Sacerdote y psicología, introducción

El sacerdote, psicología de una vocación

Introducción


«La vida se alcanza y madura 
a medida que se la entrega 
para dar vida a otros»[1]


En una reunión de psicólogos católicos sobre la imagen de Dios en el hombre, planteamos una breve pregunta: ¿qué esperas encontrar en un sacerdote? Las respuestas no tardaron en llegar, agudas y prácticas: que no se proyecte ni se disocie, que su personalidad esté integrada, que esté en contacto consigo mismo, que sea flexible, capaz de viajar en el tiempo, integrando el pasado, el presente y el futuro… Una madre de familia contestó: «Que vea el ser sagrado del otro, confirmándolo en su valor».

Esta última afirmación servirá de fundamento para nuestras reflexiones sobre la figura del sacerdote, su identidad y su misión. Ayudar a otros –ser cura o cuidador–, ser capaz de compadecerse de ellos, resulta imposible sin un buen conocimiento propio. El sacerdote está llamado a encontrar a sus semejantes en las diversas etapas de sus itinerarios individuales y únicos. Recibe el poder de perdonar, de curar heridas, de llenar soledades, sabiéndose él mismo pecador y, en ocasiones, herido y solo. No se espera de él que sea un funcionario –ni siquiera el mejor de los funcionarios– que resuelva problemas, aplique las reglas, extienda certificados y conceda descuentos por trámites o gestiones. Está llamado a acompañar a los demás a lo largo de un camino común.

El sacerdote, como cualquier ser humano, ha de buscar y encontrar el sentido de su vida. Y este sentido no se adquiere con el sacramento de la ordenación. Lo hallará con esfuerzo, si sitúa a Cristo en el centro de cuanto hace, escucha su palabra y se empeña en practicarla. Así, poco a poco, día a día, realizará su proyecto: llegará a ser quien Dios quería que fuera.

Cuatro binomios servirán para ilustrar los temas, desde una perspectiva psicológica. La madurez como armonía, la identidad y misión propia, la integridad del sacerdote y sus necesidades básicas, y finalmente las actitudes adecuadas para la salud global. Estos conceptos irán apareciendo a lo largo de seis capítulos[2].

En el primero veremos el proceso en libertad de la madurez humana, así como los momentos de crisis, altos y bajos que llevan a la plenitud. A continuación, en el segundo, daremos algunas ideas para discernir si una llamada al sacerdocio es auténtica, si la persona, además de tener la madurez necesaria, es idónea para este tipo de compromiso.

Los capítulos siguientes nos adentrarán en los estilos de vida que facilitan perseverar en el camino. El tercero procurará mostrar cómo se alcanza la armonía en la vida cotidiana, en la comunión con los demás, en la soledad acompañada, en la vida de oración, con el descanso y los buenos hábitos.

En el cuarto, profundizaremos en la dimensión sexual y la capacidad de amar; veremos los obstáculos psicológicos y conductuales que pueden alterar la integración serena de las tendencias, y el significado de la paternidad espiritual, con los modos de protegerla. El quinto capítulo tratará del agotamiento, el burnout o estrés profesional en la práctica pastoral, y de las sugerencias para evitarlo. En el sexto y último capítulo, describiremos algunas actitudes para fomentar una vida sacerdotal lograda: conceptos psicológicos como el mindfulness, se relacionarán con la clásica noción de presencia de Dios; se terminará con la aspiración de salir de uno mismo en una autotrascendencia apostólica, conservando la juventud de espíritu.

Sin pretender hacer un tratado de la figura del presbítero, repasaremos el significado teológico y antropológico de ser sacerdote en el mundo de hoy. Esto solo se puede entender y vivir, teniendo en cuenta que el sacerdote ha sido tomado de entre los hombres, para servir a sus hermanos (cfr. Heb 5, 1). «El oficio propio del sacerdote –comenta santo Tomás– es el de ser mediador entre Dios y el pueblo, en cuanto que: por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas, de donde le viene el nombre de “sacerdote”, equivalente a “el que da las cosas sagradas”; (...) y por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, e igualmente satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo»[3].

Intentaremos conocer la dinámica en que se introduce un hombre como los demás hombres, al ser llamado de entre sus iguales para una tarea muy superior a sus fuerzas: ser otro Cristo, maestro y médico, fuerte, enérgico, capaz al mismo tiempo de suavidad, ternura y delicadeza. Veremos algunos de sus posibles conflictos y desafíos, para una vida más serena y eficaz. El deseo es contribuir, con sugerencias prácticas y concretas, a una vida más alegre y sana de quienes se entregan a Dios y a los demás. La persona de Cristo, sus palabras y gestos serán la guía.

Se subrayará la importancia de la comunión y fraternidad sacerdotal, que hacen más fácil respirar el gozo de la fe y saber que no estamos solos. Comprender la identidad y la misión es imprescindible también para fomentar las vocaciones y para perseverar con alegría. La vida sacrificada y oculta de muchos sacerdotes es una fuente privilegiada para profundizar en el concepto de madurez sacerdotal. Qué útil es acercarse a ellos como personas, preguntarles por qué son sacerdotes, si consideran que su llamada es para siempre, si sienten la atracción por lo que han dejado, cómo afrontan la soledad… Estas y otras tantas cuestiones han sido abordadas en un documental realizado para el año sacerdotal[4].

Los objetivos pueden resumirse en dar luz sobre el oficio y la persona del sacerdote católico. Servirá a todos los que deseen profundizar en esta antigua y moderna profesión de servicio. Quienes ya son sacerdotes o piensan serlo encontrarán elementos para conocerse, mejorar ellos mismos y conocer mejor a quienes desean ayudar. Saben ya los sacerdotes, que si faltara el esfuerzo personal por crecer en la vida cristiana, el intento de darla a conocer sería estéril, aunque hubiera apariencia de frutos.

Muchas de las ideas expuestas se aplican a otras formas de vocación dentro de la Iglesia, en especial cuando asumen el don del celibato. Siendo Cristo el modelo común, esperamos aportar luces a la entrega de numerosos cristianos que desean seguir una llamada particular.

Tendremos como marco de la exposición la meta que el Papa Francisco ha recordado a los cristianos: «Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades»[5].

Los agradecimientos van en primer lugar a tantos sacerdotes abnegados en su ministerio, que me sirvieron de apoyo y ejemplo desde la infancia. También a quienes, de una forma u otra, como pacientes o amigos, han compartido después sus propias vivencias psicológicas. Agradezco además a aquellos que leyeron este texto, aportando desde su experiencia sacerdotal y su trabajo como rectores o formadores de seminarios, párrocos o capellanes. Entre ellos, a Andrés Bernar, colega también en la profesión médica, a Ramón Bravo, a Vicente de Castro, a Eduardo Castro, a José Ramón Pérez Arangüena, y a Víctor Ulises Vázquez Moreno.



[1] Documento de Aparecida, 2007, cit. en Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24 de noviembre 2013, n. 10.
[2] Para profundizar en diversos aspectos, se puede consultar: Wenceslao Vial, Madurez psicológica y espiritual, Palabra, Madrid 2019 (4ª).
[3] Santo Tomás de Aquino, Summa Theol., III, q 22, a 1.
[4] Ver: Juan Martín Ezratti, Diez preguntas a un sacerdote, Dígito, Logos, 2010:
https://www.youtube.com/watch?v=3jmcE209xIg.
[5] Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, 19 de marzo 2018, n. 2.

Wenceslao Vial
Ir al libro: Editorial Palabra, 2020

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