El celibato apostólico

Comprender y amar un estilo de vida

Si bien la realidad del celibato que vamos a considerar solo se entiende desde un planteamiento sobrenatural, el punto de vista que se desarrollará es prevalentemente antropológico, concretamente psicológico. Las cuestiones que se tratarán requerirán, además, un enfoque espiritual, que asume el psicológico. Esa dimensión espiritual se desarrolla gracias a la vida de la gracia, con los sacramentos y la oración, con la ayuda de la dirección espiritual, con los dones del Espíritu Santo, etc. 

Nos inspiramos de manera especial en las enseñanzas que san Josemaría desarrolló ampliamente sobre la llamada universal a la santidad, incluidos entre ellos los fieles laicos que han recibido el don del celibato apostólico.

Parte 1. El celibato laical en la Iglesia

  1. ¿Qué significa la vocación de los laicos? Al ser bautizado “nazco” laico, pero ¿hay una llamada a permanecer laico?

Al ser bautizado soy llamado por Dios a la santidad y al apostolado. Por tanto, esta vocación –la vocación cristiana– es la misma para todos los que reciben el Bautismo y permanece siempre; se trata del sentido más profundo de la palabra vocación ya que viene marcada por el sello del sacramento del Bautismo.

Después, a medida que madura la consciencia personal de aquella llamada, se pueden ir descubriendo interiormente los caminos concretos que Dios tiene preparados para que cada uno desarrolle esa gracia bautismal. Y es en este punto cuando se puede hablar de una “vocación laical” o de “vocación sacerdotal”, o de una “vocación religiosa”. Posteriormente, dentro de esa posible vocación laical, Dios puede seguir mostrando caminos a esa persona: la vocación al matrimonio, al celibato apostólico, a cierta dedicación profesional, etc.

  1. ¿Qué aspecto de la vida de Cristo imitan los laicos?

Los fieles laicos imitan toda la vida de Jesús. No se trata de una imitación simplemente exterior, sino de vivir la misma vida de Cristo en su existencia ordinaria, que es lugar y materia de su santificación y apostolado. Por eso se fijan especialmente en los años de vida oculta de Jesús en Nazaret, donde contemplan el modelo para santificar la familia, el trabajo y la vida social. Pero no separan estos años de la vida pública, ni de la Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión del Señor a los Cielos, sino que, como Jesús, viven todo esto en la existencia cotidiana: ahí enseñan la verdad, como Jesús en la vida pública; ahí llevan la cruz de cada día; ahí dan la vida por los demás unidos al sacrificio del Calvario; ahí viven la vida de Cristo resucitado y le ponen en la cumbre de las actividades humanas.

  1. Es comprensible la vida de renuncia al matrimonio de los sacerdotes y los religiosos, pero ¿qué sentido tiene entre los laicos?

El celibato es un don especial que da Dios, por el cual reclama el amor de un “corazón indiviso, sin la mediación del amor terreno” (Conversaciones, n. 122). Su sentido, junto a dicha llamada a un amor a Dios sin mediaciones, es cooperar de un modo especial en la transmisión de la vida sobrenatural a las demás personas. Es por eso que, vivido en su auténtica plenitud, genera una más intensa paternidad o maternidad espirituales. Dios concede este don tanto a laicos como a religiosos o sacerdotes, aunque con un sentido específico en cada caso.

El celibato apostólico es un don que Dios concede a algunas personas para que se unan más íntimamente a Cristo y cooperen de modo especial con El en su misión salvífica, poniendo en ejercicio el sacerdocio común (en el caso de los laicos) o el sacerdocio común y el ministerial (en el caso de los ministros ordenados). En el caso de los religiosos, el celibato está al servicio de su misión específica, que es dar testimonio de que el fin del cristiano es el Reino de los Cielos, donde “ni se casarán ni se darán en casamiento”, como se lee en el Evangelio de san Marcos. Este testimonio lo dan mediante un estado de vida consagrada por los votos de pobreza, castidad y obediencia, con una vida de entrega al amor de Dios y ayuda a los demás que lleva consigo un cierto apartamiento del mundo, o sea, de las realidades profesionales, familiares y sociales. Aunque pueden ejercer algunas, por ejemplo, en el campo educativo o asistencial, su misión no es santificar el mundo desde dentro de esas realidades, como en el caso de los laicos, sino desde su consagración religiosa.

  1. San Josemaría, por ejemplo, tuvo claro desde el principio la especificidad de la llamada del laico al celibato, sin necesidad de una consagración distinta de la bautismal. ¿Por qué, en ocasiones, resulta difícil entender esto en el ámbito eclesial?

La primera Carta a los Corintios atestigua que entre los primeros cristianos había quienes recibían el don del celibato por el Reino de los Cielos. Igualmente, los Padres de la Iglesia de finales del siglo I y comienzos del II, como san Clemente Romano y san Ignacio de Antioquía, hablan de los que reciben el don del celibato, y no mencionan que hicieran ninguna consagración distinta de la del Bautismo. Muy importante es el testimonio de san Justino que, a mediados del siglo II, afirma que muchos cristianos, hombres y mujeres, permanecían célibes y señala que son fieles comunes.

En los siglos III y IV se habla de “vírgenes consagradas”, que realizan una consagración pública y llevan un peculiar estado de vida. Algunos Padres de la Iglesia las llaman “esposas de Cristo”. Más tarde, el estado de vida consagrada se comienza a vivir en los monasterios y posteriormente en las órdenes y congregaciones religiosas[1].

Se podría insistir en que la comprensión del celibato en los laicos va de la mano, entre otras cosas, con la comprensión de la misma llamada universal a la santidad. Quien conoce la historia de la Teología sabe bien que la doctrina sobre estos puntos se encuentra aún en estado incipiente, incluso después del Concilio Vaticano II. En esta situación, no es extraño que todavía pueda costar comprender que haya laicos que buscan la santidad con toda su alma, que quieren ser contemplativos en medio del mundo, y que algunos de ellos reciben el don del celibato.

  1. ¿Por qué se habla del celibato apostólico? ¿En qué se asemeja y en qué se diferencia de otras formas de vivir el celibato en la Iglesia?

El don del celibato es siempre apostólico, ya sea en los ministros sagrados, en los religiosos y en los laicos. Pero en cada caso es “apostólico” de un modo diverso, según la misión de cada uno. En los fieles laicos, el celibato apostólico está al servicio de la misión de santificar el mundo desde dentro de la vida profesional, familiar y social. El don del celibato les lleva a entregarse a Dios con el corazón indiviso para dedicarse “a las cosas del Señor”, como dice san Pablo.

San Josemaría reserva generalmente la expresión “celibato apostólico” para referirse a los laicos que han sido llamados por este camino. Se entiende que no diga simplemente “celibato” sino que añada “apostólico”, porque quiere distinguirlo del estado civil de soltero sin una motivación de amor a Dios. También se comprende que cuando habla del celibato de los ministros sagrados o de los religiosos no añada “apostólico” porque estas formas de celibato suelen designarse como “celibato sacerdotal” o “celibato consagrado”, expresiones que ya incluyen implícitamente la dimensión apostólica.

En general, el celibato apostólico de los laicos tiene en común con el celibato sacerdotal de los ministros ordenados y con el celibato consagrado de los religiosos, el ser una llamada a la entrega a Dios y a las almas con el corazón indiviso. Por otro lado, en el caso concreto del Opus Dei, el celibato apostólico de los laicos se caracteriza por estar al servicio de la misión laical de santificar el mundo desde dentro (lo cual es propio de cualquier laico que reciba este don) y porque se vive con el espíritu específico del Opus Dei y sus modos apostólicos propios.

  1. Si lo característico de los laicos es santificar el mundo desde dentro, ¿ser célibe de alguna manera no te aparta del mundo?

El celibato apostólico no aparta del mundo, como tampoco aparta el no contraer matrimonio en el caso de quien no quiere contraerlo por cualquier motivo humano. En el caso del celibato por el Reino de los Cielos el motivo es el amor a Dios y a las almas. Otros pueden no contraer matrimonio por motivos nobles, como cuidar a sus padres, o dedicarse a una tarea de servicio a la sociedad, y esto no les aparta del mundo. Otros, en fin, pueden no contraerlo por motivos egoístas, pero tampoco esto implica apartamiento del mundo.

En este sentido, quien vive el celibato apostólico no sólo no se aparta del mundo, sino que puede sentirse plenamente dentro de él, porque se acoge ese don para contribuir a la santificación del mundo desde dentro.

Parte 2. Celibato y desarrollo como persona

  1. Una persona célibe, ¿puede realizar su feminidad o masculinidad plenamente?

Una persona puede alcanzar una vida plena y fecunda, viviendo el celibato. «Con el celibato no se pierde nada de lo humano. Las notas esenciales de masculinidad o feminidad brillan de un modo nuevo» (W. Vial, Psicología y Celibato, p. 146).

Una afectividad rica es compatible con la entrega a Dios en el celibato. Sería erróneo pensar que la afectividad debe estar “sacrificada” ante un bien mayor que es la entrega completa y exclusiva a Dios. Quizá esta tendencia tenga su origen en cierta concepción estoica de la vida cristiana o en identificar la afectividad con la sexualidad, lo que es un reduccionismo.

Considerar que una persona célibe no puede lograr un equilibrio afectivo, o que el estado matrimonial es emocional y mentalmente más sano, es de algún modo plantear que la persona en sí misma es incompleta y que necesita rellenar esa laguna con el otro sexo y ejercitar la sexualidad para llegar a la plenitud.

Cada persona es completa en cuanto persona, lo que no quita que, para realizarse con plenitud, necesite de Dios y de los demás y, por tanto, de sus relaciones con hombres y mujeres. Pero estas relaciones, aunque son siempre entre personas sexuadas (hombres y mujeres), no tienen por qué ser sexuales.

La afectividad sexuada no se relaciona, pues, con la sexualidad y su uso, sino con el amor. La persona no puede vivir sin amor, pues su vocación es al amor: a tener buenas relaciones con los otros, dándose a los demás. En este sentido, cada persona alcanza su plenitud a través de una vida entregada a los demás. Por eso, el amor integra la totalidad de la persona: tendencias, deseos, afectos, inteligencia-voluntad, el actuar y las relaciones personales. En definitiva, el amor integra personalmente la feminidad y masculinidad en sus diversas manifestaciones físicas, psíquicas y espirituales. Por eso la realización personal de la propia feminidad o masculinidad no exige necesariamente el nivel físico-biológico, ni siquiera la conyugalidad, paternidad-maternidad o a la creación de una familia humana, sino que tiende a la comunión personal.

El matrimonio es un camino para realizar esta comunión, pero no es el único. Hay distintos modos de realizarla. Para algunas personas, la vocación al amor no pasa a través del matrimonio, sino que se da sin mediación alguna de marido o mujer. Esto explica también porque el amor conyugal no se agota en sí mismo, tiene que abrirse siempre a la comunión don Dios y con los demás. Por eso, el matrimonio, cuando es verdadero, es siempre un camino hacia, no una meta. La meta sigue siendo la plenitud del amor, que solo se encuentra en Dios.

Cuando Jesús habla del matrimonio a sus contemporáneos, tras recordar la enseñanza del Génesis, da un paso más. El Señor habla de quienes, por un especial don, son capaces de renunciar al matrimonio «por el Reino de los Cielos» (Mt 19,12). Jesús mismo recorrió esa vía, pues permaneció célibe. Él no necesitaba ninguna mediación: «el Padre y yo somos uno» (Jn 10,30). Y no solo la recorrió, sino que Él mismo es el Camino para que muchas otras personas puedan encontrar el amor pleno de Dios. Así, «la virginidad y el matrimonio son, y deben ser, formas diferentes de amar, “porque el hombre no puede vivir sin amor”»[2].

  1. ¿Los célibes limitan su riqueza afectiva?

En primer lugar, hay que decir qué se entiende por afectividad. Con este término nos referimos a la capacidad de experimentar íntimamente las realidades externas, los sucesos, las circunstancias en que nos encontramos, las relaciones con los demás y con nosotros mismos. En definitiva, es la capacidad que tenemos de “sentirnos afectados” por lo que nos rodea, vibrar con el mundo y las personas, dejarnos interpelar por la realidad. Las personas célibes no limitan su riqueza afectiva cuando aman: cuando son capaces de aceptar e, incluso, de amar la realidad como es, sin idealizarla y sin denigrarla. En este sentido, la integración de la sexualidad es algo fundamental para poder hablar de una afectividad rica y madura. En efecto, para integrarla, no basta conocer, sujetar y hacer nuestros los dinamismos físicos, fisiológicos, psicológicos y espirituales de la sexualidad, es decir, personalizarla, sino que sobre todo es preciso expresar a través de ella el don de sí a Dios y a los demás. Un don que es siempre una respuesta a la llamada que tanto el célibe, como el casado, reciben de parte de Dios. Por eso, el celibato no consiste solo en continencia, anulación de deseos o simple dominio de sí, sino en un regalo que es preciso pedir con humildad y constancia.

Las personas que viven el celibato apostólico acogen con agradecimiento el don del amor de Dios en su vida, y procuran cuidarlo para que nada lo empañe o haga perder brillo. Para ello, aman a Dios y a los demás con corazón humano, el único que tenemos, cuidan con ternura y caridad a los otros, mostrándoles así, con su propia vida, el amor que Dios les tiene. Dejándose amar enteramente por el Señor, son capaces de dar a los demás el amor que reciben. Y, entregándose en exclusiva a Cristo y sabiendo que Él les envía a las gentes –en las personas concretas que les rodean– procuran llenar el mundo de su mismo Amor. La diferencia con los casados no se refiere, pues, al amor, sino a las relaciones conyugales y familiares, así como a la afectividad que se halla ligada a ellas, pues dependen del amor humano, es decir, entre un hombre y una mujer.

  1. ¿El apostolado es un modo de desarrollar una maternidad/paternidad espiritual?

Ante todo, hay que decir qué se entiende por “maternidad espiritual” (o “paternidad espiritual”). San Juan, en el primer capítulo de su Evangelio, habla de un nacimiento de la carne y de la sangre, que es el nacimiento a la vida natural, y de un nacimiento “de Dios” que es el nacimiento a la vida sobrenatural. La “maternidad espiritual” se refiere a este último: es la maternidad de quien ha sido instrumento para que se comunique a otro la vida sobrenatural, cooperando con el Espíritu Santo, fuente de esta Vida (por eso es “vida espiritual”). En este sentido, san Pablo llama a los Gálatas “hijos suyos” porque Dios se ha servido de él para comunicarles esa vida.

El celibato apostólico lleva a cooperar de un modo especial con el Espíritu Santo para comunicar a otros la vida sobrenatural o para que crezcan en ella, y por eso es fuente de maternidad espiritual. Esto sucede en el apostolado cuando se coopera en el nacimiento de otro a la vida espiritual (por ejemplo, ayudando a una persona a que se bautice); o también y más frecuentemente cuando se coopera a que una persona recupere en el sacramento de la Penitencia la vida sobrenatural que había perdido por el pecado mortal; o cuando se ayuda a alguien a crecer en vida sobrenatural; y especialmente cuando se colabora con el Espíritu Santo para que otra persona descubra el camino de santidad por el que Dios la llama. Todo lo anterior forma parte del apostolado.

  1. ¿La persona que vive el celibato apostólico lo hace solo para estar más disponible, para tener más tiempo para dedicarse a labores apostólicas?

El celibato no es solo una cuestión de disponibilidad “material”, en términos cuantitativos, como si se justificara por razones de eficacia: para sacar adelante ciertas obras de apostolado, es preciso no tener otros compromisos. Ese planteamiento es reductivo.

Se trata más bien de la “disponibilidad” del corazón: tener un corazón con la libertad efectiva de vivir solo para Dios y, por Él, para los demás, para todas las almas[3]. Esto es posible porque el celibato apostólico es una especial moción y don de Dios. “El célibe se preocupa por las cosas del Señor, cómo puede agradar al Señor” (1 Cor 7,32). No se desentiende de sus iguales en medio del mundo, al contrario: las cosas del Señor son las demás personas, por las que ofrece su vida.

Benedicto XVI se refirió a este punto hablando del celibato de los ministros sagrados, pero sus palabras se pueden aplicar también al celibato apostólico de los laicos: «Las razones puramente pragmáticas, la referencia a la mayor disponibilidad, no bastan»; más bien, el celibato «debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres»[4].

  1. En el caso concreto del Opus Dei, ¿cómo se explica que sus fieles, tanto los casados como los célibes, compartan la misma vocación, si desde el punto de vista teológico, el celibato es superior al matrimonio?

La Iglesia sostiene que el celibato es, de alguna manera, una llamada superior al matrimonio. Esto se debe a varias razones: a la identificación con Cristo también en este aspecto particular de su vida en la tierra, a la superioridad de la paternidad y maternidad espirituales con respecto aquellas humanas[5], al impulso de fe que requiere lanzarse a una fecundidad sobrenatural, entre otras. Sin embargo, «para cada uno, lo más perfecto es –siempre y solo– hacer la voluntad de Dios»[6]. Por tanto, ninguno de los dos caminos es más santo ni más eficaz apostólicamente de manera automática.

Teniendo en cuenta que la vocación al Opus Dei comprende la llamada a la santidad y al apostolado en las propias circunstancias –esto es esencial de la vocación a la Obra–, se entiende que se pueda vivir tanto en el matrimonio como en el celibato.

Parte 3. Salud psíquica y celibato

  1. ¿Qué puede dificultar la maduración psíquica o un desarrollo sano de la personalidad?

Es difícil establecer el límite entre salud y enfermedad, pero puede decirse que, en el caso de la salud mental, esta se relaciona con un adecuado criterio de aceptación de la realidad libre de distorsiones, con un desarrollo armónico de la personalidad, con una actitud adecuada ante sí mismo (autoconocimiento, autoaceptación, autodominio), y con una buena adaptación al entorno y a las dificultades y situaciones conflictivas.

En la aparición de una enfermedad mental influyen factores genéticos, familiares, comportamentales y sociales. Por ejemplo, el desequilibrio afectivo en una persona anteriormente sana, puede producirse cuando toma una decisión que afecta toda su existencia y, sin embargo, sigue queriendo, deseando, añorando lo que ha dejado. Se produce así una ruptura en la personalidad. Por tanto, la salud mental y afectiva no está ligada al celibato o a la vida matrimonial, sino a algunos de los factores antes mencionados.

  1. ¿Se puede lograr un equilibrio mental y afectivo siendo célibe?

Los conceptos de “madurez o equilibrio afectivo” y de “salud psíquica o equilibrio mental” son conceptos dinámicos. Nunca podemos garantizar que no pueda aparecer en un momento dado una determinada patología. Ante situaciones nuevas que exigen conductas adaptativas existe siempre el riesgo de una descompensación (ansiedad, depresión, trastorno conductual, etc.)

Sin embargo, si una persona a lo largo de la vida va adquiriendo y desarrollando ciertas capacidades como el conocimiento de uno mismo, la aceptación de la propia realidad (su biografía, su situación personal, familiar y social), un proyecto realista de vida personal, la capacidad de tener una conducta coherente y adaptada a la realidad, con metas y objetivos realistas y concretos, y la capacidad de establecer relaciones afectivas estables, podrá alcanzar un equilibrio mental y afectivo que le permitirá dirigir su propia vida hacia el fin propuesto.

Para que haya equilibrio mental y afectivo, cuando una persona decide tomar el camino del celibato tiene que ser consciente de que ha dejado de lado otras opciones y que esa decisión involucra todos los aspectos de su personalidad, también sus deseos, afectos y proyectos, para toda la vida. No tiene que ocultarlos, dejarlos de lado o callarlos, sino ponerlos al servicio de Dios, a quien ha elegido con un amor exclusivo, y ha de luchar toda su vida para que todos sus amores terrenos estén informados y giren alrededor de su gran amor y, así, no se conviertan en un obstáculo.

En una persona célibe es importante la madurez afectiva, no necesariamente como punto de partida ni como logro definitivo, porque en todo –también en la integración afectiva y sexual– se puede crecer, sino más bien como tarea en la que hay que esforzarse para poder amar a Dios con todo el corazón y todas las fuerzas.

En todo caso, para lograr ese equilibrio la persona necesita “querer y sentirse querida”. Para lograr esto, supone, de ordinario, una gran ayuda disponer de un abanico amplio de relaciones humanas y sociales, tanto dentro como fuera de su familia o institución.

  1. ¿Qué rasgos hay que tener en cuenta a la hora de discernir si una persona está en condiciones de recibir el don del celibato?

Una advertencia preliminar: Las características de una personalidad armónica que se señalan a continuación no son exclusivos a personas llamadas al celibato. Estos rasgos son necesarios para cualquier persona que quiera vivir con plenitud la vocación humana y cristiana, pues toda vocación consiste en donarse, por amor, a los demás.

Es importante que tengan una personalidad armónica, es decir, que tengan una buena autoestima (que se refiere también al conocimiento propio) y autonomía para tomar decisiones importantes, con un grado suficiente de integración afectiva adecuado a su edad. Que sean capaces de una conducta en consonancia con la realidad (es importante que se valore bien si la persona distingue entre lo que cree que puede hacer y su poder real), y que sus relaciones interpersonales sean normales (una persona muy dependiente o sumamente invasiva o muy inestable, posiblemente no sea apta para vivir el celibato).

En líneas generales pueden destacarse algunos signos de madurez e inmadurez:

  1. a) Signos de madurez:

- Autoconocimiento.

- Adecuación a la realidad: capacidad de percibir, pensar y actuar de acuerdo con la realidad y sus matices.

- Aceptación de uno mismo y autocrítica.

- Autonomía afectiva y operativa.

- Autocontrol: capacidad de encauzar las emociones e inclinaciones (impulsos).

- Adaptación eficiente al entorno social.

- Seguridad en sí mismo.

- Sinceridad y coherencia.

- Tolerancia a la soledad.

- Capacidad para mantener relaciones afectivas estables.

- Capacidad de comprometerse: de dar y recibir.

- Actitud trascendente.

  1. b) Características de una personalidad inmadura (muchas de las cuales se pueden ir superando mediante la integración afectiva y la edad):

- Conocimiento erróneo y superficial de uno mismo. 

- Ausencia de un objetivo de la vida. Incoherencia.

- Inestabilidad emocional. 

- Autocontrol débil. 

- Baja tolerancia a la frustración. 

- Rechazo de la crítica constructiva. 

- Relaciones conflictivas: dificultad para dar y recibir amor auténtico. 

- Miedo al compromiso y a la responsabilidad. Falta de constancia. Falta de voluntad y responsabilidad.

- Intolerancia e inflexibilidad, rigidez: “todo o nada”. 

- Imperio del presente. Búsqueda del bien inmediato.

- Dependencia emocional. Falta de autonomía.

- Exagerada influencia del qué dicen o dirán. 

- No aceptación de la realidad: refugio en el “si fuera…”, en la mística ojalatera, la queja interior o la crítica. 

En todo caso, en el proceso del discernimiento, es importante ayudar a que la persona se conozca lo mejor posible y sepa identificar qué le ocurre, para poder comunicarlo a otras. La falta de conocimiento propio puede llevar a "dar una imagen" de sí misma que no corresponde a la realidad. Conviene conocer muy a fondo a las personas que se sienten llamadas al celibato: no tener solo en cuenta aspectos externos, "cómo funcionan", sino saber también qué sienten, qué motivaciones les llevan a obrar, qué les preocupa, si lo saben, si son capaces de decirlo y, sobre todo, qué quieren, hacia dónde quieren dirigir su vida y por qué. Es importante también conocer aspectos biográficos que puedan influir en su forma de relacionarse con los demás. Las preguntas orientadas a profundizar en qué les ocurre les ayudan a comunicar sus emociones con serenidad y esto puede ayudar a objetivarlas.

  1. ¿Hay algunos rasgos “de riesgo”, que deberíamos tener en cuenta a la hora de discernir?

Se señalan los siguientes rasgos “de riesgo”:

- Perfeccionismo/rigidez.

- Obsesividad/Compulsividad.

- Inestabilidad emocional.

- Inmadurez afectiva.

- Inseguridad/dependencia.

- Impulsividad.

- Conductas adictivas.

- Problemas de identidad sexual.

- Trastornos de personalidad.

- Formas de comportamiento anormales y desadaptación duradera y profundamente arraigada (se pueden diagnosticar sólo al inicio de la vida adulta).

Aunque no sean un rasgo, cabría considerar otros aspectos más:

- Necesidades afectivas especiales (personas que necesitan manifestaciones afectivas muy evidentes, sensibles, físicas, para sentirse queridas).

- Dificultades con figuras de autoridad.

- Experiencias sexuales de la persona. Toda experiencia deja una huella que no se puede minusvalorar y hay que saber, en cada caso, cuánto ha afectado a una persona. Por ejemplo, sin que sea un criterio determinante o absoluto, una persona con caídas frecuentes en el terreno de la castidad, puede manifestar un desequilibrio afectivo que habrá que tener en cuenta a la hora de enfocar bien la lucha a esa persona.

- Posibles situaciones de promiscuidad o abusos que se hayan vivido en el seno familiar. Antes este tema era más frecuente en familias con un nivel socioeconómico bajo. Sin embargo, ahora es una realidad que puede presentarse más a menudo incluso en ambientes sociales altos: abusos de padrastros o hermanastros o, sin que haya abusos, se pueden vivir situaciones que desestructuran emocionalmente a una persona.

  1. ¿Hay consideraciones específicas femeninas que deban tenerse en cuenta en el discernimiento vocacional de las mujeres?

En la mujer, la vida afectiva es más rica. La mujer es más empática, interdependiente, más capaz de suministrar y recibir apoyo, de darse cuenta de las necesidades de los demás, más intuitiva, y es habitual que manifieste de manera más abierta sus sentimientos y necesidades. La mujer, si está triste, lo expresa más abiertamente –aunque en otras ocasiones, por el contrario, también tengan más facilidad para guardarse emociones y sufrir en silencio, lo que podría dar lugar a rencores, tensiones interiores, etc.–; el varón lo manifiesta más con la conducta (irritabilidad, enfado, aislamiento, etc.).

La hipersensibilidad emocional puede dar lugar a un mayor sufrimiento por dificultades en las relaciones interpersonales. Por lo demás, puede ser más vulnerable al estrés por vivir más intensamente desde el punto de vista emocional lo que le ocurre.

Es más común que la mujer enjuicie la realidad desde la afectividad, que suele “teñir” así su modo de afrontar y valorar las situaciones. Esta dimensión de la vida es más totalizante en la mujer. Por eso, es muy importante que aprenda a descubrir y poner nombre a sus emociones. A partir de ahí, le será más fácil situarlas en relación con los acontecimientos que los han provocado.

Después de conocer sus emociones, resultará más sencillo ir a la raíz de sus estados de ánimo, para conseguir una visión realista de sí misma, de sus relaciones y entorno familiar, laboral y social.

Por otra parte, el ciclo hormonal femenino, vinculado a la posibilidad de la gestación, suele incidir en los cambios anímicos. Por eso, es importante conocerlo suficientemente bien, de modo que se esté en condiciones de asumirlo con normalidad y evitar complicaciones de tipo afectivo. De hecho, en ocasiones, hay episodios de depresión pre-menstrual relacionados con los cambios hormonales vinculados a tal ciclo. Se podrían presentar momentos de mayor demanda afectiva que, por ignorancia, induzcan a dudar de la capacidad de vivir con normalidad el celibato.

  1. A una persona con falta de madurez afectiva, causada por la ausencia de los padres (falta de cercanía en la infancia y adolescencia, separación, divorcio, nuevo matrimonio, etc.) ¿se la puede orientar, si ve que Dios la llama, al celibato? ¿Se puede colmar esa laguna “afectiva”, o es mejor hacerla esperar y orientarla al matrimonio?

Es importante ver caso por caso y conocer a fondo a las personas y sus realidades familiares para comprender cuánto ha afectado la situación familiar en la formación de su personalidad. En el núcleo familiar, y en concreto en la relación con los padres, las personas desarrollan su identidad. Es allí donde la persona se revela a sí misma: aprende quién es y que es querida por sí misma. Por lo tanto, las figuras parentales son esenciales en la configuración de su singularidad. El padre y la madre tienen papeles distintos y decisivos en este proceso.

También la relación entre los padres juega un papel importante en el estilo emocional y relacional de cada persona. De esto se deduce que no es lo mismo que estén presentes en la niñez y adolescencia los dos padres que uno solo; como tampoco es indiferente que la relación entre los padres sea armónica o conflictiva. La ausencia o la conflictividad tendrá una repercusión negativa en el proceso de identificación personal. A la vez, hay familias con padre y madre que destrozan la afectividad de sus hijos, y las hay con una sola figura de progenitor que consigue, sin embargo, compensar la ausencia del otro.

En este sentido, influyen algunos factores como, por ejemplo, que no es lo mismo ser un hijo único que pertenecer a una familia con muchos hermanos, y no es igual que quien esté ausente sea el padre o la madre. Tampoco es indiferente la presencia de los abuelos o los tíos. Como la personalidad es moldeable y admite la compensación, un hermano mayor y cercano puede “suplir” en parte la figura del padre ausente; una madre equilibrada y cariñosa puede hacer de padre y de madre; unos abuelos cercanos y presentes pueden colmar el vacío afectivo de los progenitores, etc. Lo importante es saber en qué situación está cada persona.

A la hora del discernimiento vocacional, el hecho de que una persona haya nacido o vivido en el seno de una familia disfuncional o desestructurada, no quiere decir que no vaya a ser capaz de desarrollar una personalidad madura y de no poder recibir el don del celibato. Sin embargo, hay que tener presente la probabilidad de que las deficiencias en el entorno familiar hayan dejado una herida o, por lo menos, una huella negativa, sobre todo, en el sentimiento de seguridad personal. Para que la persona tenga un desarrollo emocional normal y para que pueda desarrollar un adecuado sentimiento de seguridad personal son muy importantes estos dos pilares básicos:

- Aceptación-afecto: sentimiento de sentirse querido y aceptado por lo que es y no por lo que hace;

- Estabilidad normativa: conocer cuáles son las pautas de conducta por las que debe guiarse.

En este proceso, aparte de la importancia de la presencia de los dos padres y el funcionamiento normal de la familia (o compensaciones adecuadas para el desarrollo de la identidad del niño), pueden ser decisivos también otros factores. En algunos casos, se detecta cierta alteración de las actitudes paternas y maternas en las primeras etapas del desarrollo del niño. En cuanto a la necesidad de sentirse querido y aceptado, puede encontrarse rechazo o sobreprotección, y en cuanto a la estabilidad normativa, autoritarismo o permisivismo. En la adolescencia, las personas que tienen estas carencias pueden buscar más reconocimiento y aprobación externa, y ser más vulnerables a la opinión de los demás. Pueden ser más dependientes de las personas que representan a la autoridad: buscar su aprobación, y ser más sensibles a lo que entienden como rechazo, etc.

Cabe poner especial atención, si la persona manifiesta un claro problema afectivo por demandas desproporcionadas de atención, requerimientos de manifestaciones corporales de afecto, poca tolerancia a la soledad y al cambio, etc. En estas circunstancias, conviene saber si ha vivido experiencias anteriores traumáticas etc. Lo mejor en estos casos sería acompañarla en su crecimiento sin una expectativa de vocación al celibato hasta que se advierta que posee la estabilidad aconsejable a su edad y condición.

Como es lógico, en los casos en los que surjan dudas serias, probablemente sea necesario acudir a un especialista, un médico, un psicólogo o un psiquiatra.

  1. La dependencia afectiva, ¿es una cuestión de educación? ¿Puede tener consecuencias importantes en una llamada al celibato?

La dependencia afectiva suele darse en personas con baja autoestima que no han elaborado una adecuada autonomía personal. Se puede dar en personas inseguras, que necesitan que se ocupen de ellas y desarrollan conductas de cierta sumisión por temor a la separación. Puede tener su origen en la educación (padres excesivamente protectores), pero sobre todo se debe a una deficiencia en su proceso de identificación y diferenciación.

Para ayudar a personas inseguras y dependientes, es importante reforzar el sentimiento de seguridad personal y remarcar que somos protagonistas de nuestra propia existencia y no meros espectadores. Es necesario tomar las riendas y llevar a cabo nuestro proyecto existencial, dirigir nuestra propia vida hacia la meta que queremos alcanzar.

En este trayecto podemos pasar por distintas situaciones, ir mejor o peor acompañados, tener más o menos salud, atravesar por más o menos dificultades, pero lo importante es partir de un “yo verdadero” y tener clara la meta a la que queremos llegar.

Algunas ideas para ayudar a una persona a reforzar el sentimiento de seguridad personal:

- Actuar de manera que la persona confíe en sus propias capacidades.

- Manifestar de manera explícita que esa persona es importante para otros.

- Fomentar que acepte sus propios sentimientos y ayudarle a expresarlos.

- Ayudarle a vivir el presente.

- Enseñar a disfrutar con actividades cotidianas.

- Ayudar a que identifique su escala de valores y principios, y a que esté dispuesta a defenderlos cuando se encuentre ante dificultades u oposición, o sea capaz de modificarlos si se da cuenta de que estaba equivocada.

- Ayudarle a no dejarse manipular.

- Ayudar a que actúe según lo que considere más acertado.

- Infundirle esperanza.

  1. Una persona, por el simple hecho de vivir el celibato, ¿necesitaría una mayor resiliencia psicológica, o reforzar particularmente algunas virtudes? ¿Cómo colmar las necesidades afectivas de las personas entregadas a Dios?

En Psicología se entiende por resiliencia la capacidad que tiene una persona para adaptarse, enfrentarse y superar las circunstancias adversas. Posiblemente, para vivir el celibato, sea necesaria una mayor resiliencia, pero esto depende, como en la mayoría de las cosas, de cada persona. Puede ayudar tener en cuenta que, tanto la tolerancia a la frustración (entendida como capacidad de soportar experiencias adversas sin desanimarse ni sufrir emotivamente de forma desproporcionada) como la resiliencia, están más o menos desarrolladas en cada persona según hayan sido sus reacciones emocionales previas al sufrimiento, las cuales dependen, a su vez, tanto de los mensajes y ejemplos que le han dado sus padres y educadores, como de su sensibilidad emocional natural, que está determinada genéticamente.

En cuanto a otras virtudes necesarias para el celibato, pueden destacarse: una mayor prudencia en las relaciones con las personas de otro sexo; y sinceridad y fortaleza para no dejarse dominar por la curiosidad: lo desconocido suele producir una fuerte atracción, y es fácil que personas poco maduras cedan a la tentación.

En cuanto a los “vacíos” afectivos, es esencial tener en cuenta que lo que realmente hace feliz es la capacidad de amar y ésta puede desarrollarse en plenitud tanto en el celibato como en la vida matrimonial. Por eso, no se puede ser feliz sin amar y sin sentirse amado. La presencia de situaciones en las que a nivel afectivo uno se siente “vacío” puede darse tanto en una situación como en otra.

Una persona casada puede experimentar también “vacíos”, “carencias” afectivas tras una ruptura, una pérdida o un distanciamiento: un hijo que se va, el fallecimiento del esposo, la decepción de un amigo, el distanciamiento entre los cónyuges que puede acontecer con el paso del tiempo si no se cuida la relación entre ambos, etc. Una persona que ama, incluso amando plenamente, también sufre, experimenta vivencias dolorosas que no puede evitar. Lo importante es encontrar el sentido de ese sufrimiento.

Quizá ayuda el considerar que la esfera afectiva de una persona se desarrolla, enriquece y crece a lo largo de toda su vida. En este sentido, el núcleo familiar es fundamental y constitutivo para los afectos, pero no absoluto ni definitivo. La afectividad debe continuar creciendo, madurando (como las demás dimensiones personales) y para hacerlo necesita de los demás. Así como la inteligencia puede desarrollarse leyendo y estudiando libros, la afectividad no: no es suficiente saber, hay que experimentar, vivir lo que sé y siento (puedo saber todo sobre el amor, pero seré una persona feliz sólo si amo a alguien y me siento amada por ese alguien). Y en ese sentir, no puedo estar sola, necesito al otro y del otro; los afectos tienen una dimensión relacional.

Por último, en relación con los demás, cabría realizar alguna precisión acerca del concepto, a veces usado en el contexto de realidades eclesiales, de “amistad particular”, ya que, en algunas ocasiones, se podría tener interiorizada una idea equivocada que provocaría la ruptura de los lazos enriquecedores con otras personas cercanas o de una misma institución de la Iglesia. A este respecto, sintetizando mucho:

- sería “amistad particular mala” (y por tanto, dañina para la persona): un trato exclusivo o prevalente, celos cuando la otra persona está con terceros, intimidades (físicas o de cosas personales que no es apropiado hablarlas con esa persona), relación cerrada a que entre nadie más, cuchicheos, críticas, murmuraciones.

- no sería “amistad particular mala”: darse cuenta de que hay una persona con la que se tiene especial afinidad y muchas cosas en común, y por tanto se pasa más tiempo con ella sin necesidad de depender de su presencia para estar bien emocionalmente. En definitiva, un criterio que permite distinguirlas es si esa amistad es excluyente de otras personas o, por el contrario, es inclusiva, abierta a los demás.

  1. La sociedad actual en muchos países favorece rasgos perfeccionistas. Nadie es inmune y la educación de la afectividad es importante para personas que llevan años entregadas a Dios en el celibato, como para tantas y tantos jóvenes. ¿Cómo distinguir un "perfeccionismo" que se puede ir quitando con la formación, del perfeccionismo que es un riesgo para el celibato?

El perfeccionismo se da en personas inseguras que necesitan comprobar que hacen las cosas bien, necesitan sentirse reconocidas y temen el rechazo. En estos casos se pone como fin algo que, en sí, es solo un medio. Si se plantea como fin "hacer las cosas de forma perfecta", se puede llegar a la insatisfacción por “no haber sido capaz” o al sentimiento de culpa porque “podría haberlo hecho mejor”. Esta tendencia al perfeccionismo puede generar una situación de tensión mantenida. Puede aparecer una tensión previa a la realización de la acción por el miedo “a no ser capaz” o posterior a la acción “por no haberlo hecho según las expectativas”.

Sin embargo, el problema de un verdadero perfeccionista afecta a toda la personalidad, en lo humano y en lo sobrenatural. En consecuencia, no es suficiente incidir en conceptos como abandono, filiación divina, etc.; esto ayuda solo si se enmarca en un contexto más amplio, también humano: tolerar la incertidumbre, aprender a ver las cosas en escala de grises (no en blanco y negro), tolerancia a la frustración, miedo a defraudar las expectativas que creo que los otros tienen en mí, etc.

Si el fin por el que intentamos hacer las cosas bien es expresar el amor a Dios y a los demás, la persona se sentirá más libre del resultado o del éxito obtenido y de las “valoraciones externas”. Habrá “dirigido” el esfuerzo hacia la verdadera meta.

Podemos encontrar también el perfeccionismo como un rasgo característico de las personalidades obsesivas o con un trastorno obsesivo-compulsivo.

Los siguientes aspectos pueden ayudar a diferenciar si se trata de un rasgo de personalidad moldeable a través de la formación o si es un trastorno de la personalidad que requiere curación con la ayuda de un especialista:

  1. si la persona es capaz de reconocer lo que le pasa y tiene deseos de cambiar. Por el contrario, y en general, las personas anancásticas son las que no quieren cambiar porque piensan que no tienen nada que cambiar. En este sentido, cuando la percepción personal está alterada, suele ser difícil conseguir una transformación con medios ordinario. En general, se necesita la intervención de un especialista;
  2. si el perfeccionismo está circunscrito a pocos o algunos aspectos de la propia vida, o en cambio es generalizado. Cuando se ve que todos los ámbitos se abordan desde el perfeccionismo, suele haber conductas obsesivas que minan la psique de la persona y no resulta fácil salir de ese circuito repetitivo;

III. cuando la persona se siente tensa, agobiada o a disgusto en momentos determinados, que aprende a ir gestionando con mayor normalidad o, por el contrario, sufre y hace sufrir habitualmente. El anancástico suele ser intolerable con el error ajeno; es intransigente consigo mismo y con los demás. Suelen ser personas muy difíciles en la convivencia y con muy poca o ninguna capacidad de trabajar en equipo;

  1. cuando se han producido enfermedades como la anorexia, el TOC (trastorno obsesivo-compulsivo*), la ansiedad generalizada, etc.

* Criterios diagnósticos de Personalidad obsesiva (DSM-IV):

- Preocupación por detalles, normas, listas, el orden, la organización o los horarios hasta perder de vista el objeto principal de la actividad.

- Perfeccionismo que interfiere con la finalización de las tareas.

- Dedicación excesiva al trabajo con exclusión de actividades de ocio y amistades.

- Excesiva terquedad, escrupulosidad e inflexibilidad en temas de moral, ética o valores.

- Incapacidad para tirar objetos gastados.

- Es reacio a delegar tareas.

- Adopta un estilo avaro en los gastos para él o los demás.

- Muestra rigidez y obstinación.

Consideración final:

Por lo explicado en las distintas respuestas, parece conveniente que los formadores y quienes ayudan en el discernimiento acerca del celibato tengan un conocimiento suficiente de psicología evolutiva, que permita detectar las manifestaciones de normalidad en el contexto socio-cultural más amplio en el que se encuentran las personas. Así puede distinguirse entre lo que las personas hacen por educación o por carencia de ella, sobre todo cuando lo que hacen contrasta con lo que se vive en otras culturas, y los defectos personales de tipo temperamental o de carácter.

El varón y la mujer tienen una serie de características propias que les permiten complementarse. De hecho, dan origen a la variedad y riqueza de la familia humana. Sin embargo, esta complementariedad no implica falta de plenitud en las personas de cada sexo: en la raíz de la diversidad sexual en que se modaliza el ser humano se encuentra la unidad de cada persona singular; cada hombre y cada mujer son personas en su totalidad.

En este sentido, varón y mujer están llamados a una plenitud que se realiza viviendo de acuerdo con esta condición personal; ésta se manifiesta sobre todo en el armónico ejercicio de la capacidad de establecer una relación de amistad con Dios y de amor recíproco con los otros seres humanos y de cuidado del resto del mundo creado.

Se entiende, entonces, que la plenitud personal no implique necesariamente la conyugalidad si bien sea requerida para la continuidad de los hombres en la tierra; si exige, en cambio, la donación de sí. De hecho, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, se da a todos, viviendo en esta tierra el celibato. Es decir, el celibato forma parte de la perfección divina y humana encarnada del Hijo, modelo de todo ser humano, varón y mujer, en el tiempo y en la eternidad.

[1] cfr. Instrucción “Ecclesiae Sponsae Imago” sobre el “Ordo virginum”, 8-VI-2018, nn. 1-5.

[2] Francisco, Exh. Ap. Amoris laetitia, 19-III-2016, n. 161. La cita interna es de Juan Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, n. 10.

[3] En este sentido se puede leer, por ejemplo, la explicación que los Estatutos de la Prelatura del Opus Dei hacen sobre las diversas modalidades de pertenencia a ella en términos de disponibilidad: “Según la disponibilidad habitual de cada uno para dedicarse a las tareas de formación y a determinadas labores apostólicas del Opus Dei, los fieles de la Prelatura, varones o mujeres, se denominan Numerarios, Agregados o Supernumerarios, sin formar por esto clases diversas. Esta disponibilidad depende de las variadas y permanente circunstancias –personales, familiares, profesionales u otras análogas- de cada uno” (Statuta, n. 7 § 1).

[4] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22-XII- 2006.

[5] Cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 55.

[6] San Josemaría, Conversaciones, n. 92. En este sentido, los Estatutos de la Prelatura del Opus Dei afirman que todos los fieles se entregan al servicio de Jesucristo “con dedicación plena” (Statuta, n. 87 § 1), cada uno según las circunstancias de la propia vida.

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