Madurez psicológica y espiritual. Responsabilidad en las personas con adicciones patológicas, Wenceslao Vial




Responsabilidad en las adicciones patológicas



Resumen: I. Introducción. II. Aclaraciones conceptuales. III. Incoherencia vital como sustrato de las adicciones. IV. Responsabilidad previa a los síntomas. V. Responsabilidad de las personas adictas al actuar. VI. Responsabilidad en el proceso de curación. VII. Conclusiones.


Resumen

La responsabilidad es una característica humana que implica la existencia de la libertad. La etimología del término revela su significado más profundo: la capacidad de responder. Las adicciones, entendidas como la incapacidad de escapar a la influencia de una determinada sustancia, actividad o persona, constituyen una enfermedad de la libertad y, por lo tanto, afectan negativamente a la responsabilidad. El artículo destaca las áreas o espacios en los que todavía es posible encontrar responsabilidad, como respuesta y apertura a la verdad, y utilizarla para prevenir o cortar con el sufrimiento que causa la esclavitud de las drogas o la pornografía en internet. Se identifican cuatro objetivos positivos: vivir coherentemente de acuerdo con los propios ideales, estar atento a lo que podría desencadenar una adicción y fomentar las virtudes, buscar ayuda para reducir las consecuencias negativas y estar activos en el proceso de curación.

English Abstract

Responsibility is a human characteristic that needs the existence of freedom now and in act. The etymology of the word shows its deeper meaning: the ability to respond. Addiction, defined as incapacity to escape the influence of a certain drug, activity or person, is a disease of liberty and therefore adversely affects responsibility. In this article, we highlight areas or spaces where you can still find responsibility, as an answer and openness to the truth, that can be relied on, in order to rescue one from suffering experienced in the slavery of drugs or pornography on internet. We identify four main positive goals: living according to one’s ideals, alertness to discover what may trigger an addiction and strive for virtues, seek help to reduce negative consequences of dependence, and be proactive in the healing process.


I. Introducción a la responsabilidad en las adicciones

Es complejo hablar de responsabilidad en las adicciones porque, como otros trastornos mentales, pueden considerarse una enfermedad de la libertad y, por lo tanto, de la responsabilidad. La responsabilidad, de hecho, es una característica humana que implica la existencia de la libertad en el momento de la acción. El objetivo de este trabajo será ver si todavía hay lugar para la responsabilidad, para la soberanía del ego, frente a la esclavitud observada en las adicciones, entendidas en un sentido amplio: no sólo las adicciones a las sustancias, sino también los comportamientos incontrolados, desde los desórdenes alimenticios hasta la pornografía.

El tema es de gran interés para vastas áreas de la teología como la moral, la doctrina social de la Iglesia y el ministerio pastoral. El fenómeno de las adicciones es ya habitual en grandes sectores de la sociedad contemporánea. Representa un desafío para la nueva evangelización. No hay que perder de vista que "nuevas formas de esclavitud, como la droga, y la desesperación en la que caen tantas personas, tienen una explicación no sólo sociológica o psicológica, sino esencialmente espiritual"[1]. Por lo tanto, es necesario actuar en el espíritu para resolver el problema.

El primer punto estará dedicado a las aclaraciones conceptuales. A continuación me referiré a cuatro áreas: la falta de responsabilidad en la incoherencia vital como sustrato, la responsabilidad en el inicio de la adicción, en la acción de la persona dependiente y en el proceso de curación. Este argumento es parte de la controversia entre los que consideran las adicciones como una enfermedad y los que las ven sólo como una elección.

El interés no es sólo teórico porque la terapia psicológica de las adicciones se apoya en la responsabilidad tratando de revitalizar la voluntad del enfermo. Los médicos, sin embargo, son reacios a hablar de responsabilidad o imputabilidad. Es significativo que el Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales (DSM-5) haga una aclaración explícita: "los conceptos clínicos y científicos implicados en la categorización de estas condiciones como trastornos mentales pueden ser del todo irrelevantes en sede judicial, donde por ejemplo se deba tener en cuenta aspectos como la responsabilidad individual, la valoración de la discapacidad y la imputabilidad"[2]. Designa dos patologías, para aclarar que los criterios médicos no se superponen a los principios legales o no médicos: el juego de azar patológico y la pedofilia.

Es comprensible que un manual descriptivo de enfermedades no quiera profundizar en estos conceptos, ante el riesgo de repercusiones jurídicas y económicas, pero el médico o el psicólogo no pueden prescindir de estas nociones. Hoy en día se exalta la libertad, pero al mismo tiempo se insiste en el condicionamiento psicológico y social, y "algunos, superando las conclusiones que legítimamente se pueden extraer de estas observaciones, han llegado a cuestionar o negar la realidad misma de la libertad humana"[3]. A menudo, los profesionales de la salud sólo se interesan por las drogas, el alcohol, el sexo, los juegos de azar u otros comportamientos cuando perjudican la salud psicofísica, pero no consideran si se hace un uso responsable o no.

Sin embargo, es importante que cada persona asuma las consecuencias de sus actos y se reconozca como responsable. Que reconozca que no es infalible, que está limitada y condicionada por factores internos y externos, pero que permanece libre para llevar a cabo su proyecto de vida.

La psicología y la neurociencia modernas han dado importantes pasos adelante, pero aún quedan muchos misterios sobre las acciones de la persona. Se sabe mucho sobre la ubicación en el cerebro de las funciones psicológicas y los predisponentes genéticos. Sin embargo, los datos están lejos de ser totalmente ciertos, como señala Kagan[4]. No es posible identificar, en un solo grupo de neuronas o circuitos interneuronales, construcciones psicológicas como la percepción de rostros, la memoria de ciertas palabras, el concepto de número, los juicios morales o las emociones. El determinismo genético también ha demostrado ser insuficiente: no se ha encontrado ningún gen en clara relación con un componente de la personalidad, un rasgo psicopatológico o un estado de ánimo. Aunque se sabe que los niños maltratados, pobres o abandonados pueden llegar a ser más fácilmente ansiosos, irritables, deprimidos o adictos, la investigación sigue centrándose en los factores biológicos. Kagan señala que con ello se descuida la responsabilidad de la sociedad, que debería ocuparse de otros factores de riesgo; y se quita la responsabilidad y la culpa a los propios individuos, porque de esta manera no tienen que controlarse a sí mismos ni rendir cuentas de sus decisiones y acciones.

No se puede decir que cada persona adicta haya perdido la responsabilidad, pero tampoco se puede decir que todos sean totalmente responsables. Debe ser analizado caso por caso. Veremos la responsabilidad individual, sin olvidar que hay una responsabilidad colectiva, de la familia, de la sociedad, del estado. Los dos niveles están unidos: el individuo debe responder a su conciencia, pero también a las personas con las que vive, al mundo. Uno puede ser engañado por el aparente consuelo de seguir la corriente, de no pensar en los deberes, compromisos o ataduras, pero "quien no se atreve a tomar en sus manos el timón de la propia vida, debe saber que la corriente, a la que se abandona, pronto o tarde le precipitará contra los escollos"[5].


II. Aclaraciones conceptuales sobre adicciones

La etimología de la palabra responsabilidad nos revela su significado más profundo. Viene del verbo latino respondeo, es decir, responder o poder responder. Además de la libertad, implica una cierta idea de la ley a la que responder, la capacidad de tomar conciencia de ella y de las propias acciones, y de elegir. La elección tiene como objeto lo que depende de la persona, es "un deseo deliberado de lo que depende de nosotros"[6]. Es un requisito para responsabilidad. Dar una respuesta implica que alguien la pida, la espere o la merezca. Por lo tanto, para descubrir las áreas de responsabilidad en las adicciones, es preciso admitir que hay alguien a quien se puede responder o dar cuenta de las propias acciones. No se puede decir que la responsabilidad es solo un valor en la conciencia personal, porque una respuesta, en el sentido más preciso, se origina en la persona entera.

De acuerdo con el significado etimológico, la responsabilidad puede entenderse también como la libertad positiva o para hacer algo. Está enraizada en la libertad como la capacidad de guiarnos hacia una meta, que nos hace capaces de autorrealización o autodestrucción[7]. Requiere conocer un proyecto y el reconocimiento de una persona que encomienda una tarea. De ahí la posibilidad de ser responsable ante el que da una misión.

Si la libertad es una experiencia íntima de cada persona, la responsabilidad es más la apertura al exterior de esta propiedad. Está en estrecha relación con la capacidad humana de autotrascendencia o de salir de sí mismo. Requiere esfuerzo, lucha, tensión. Tanto la libertad como la responsabilidad se refieren a nuestra voluntad e intelecto. Siguiendo a Philipp Lersch, podemos decir que la función de la voluntad es organizar todo según un plan, lo que presupone la tensión para eliminar los obstáculos que surgen. Vemos brotar la responsabilidad en una visión unificada de la persona como cuerpo, alma y espíritu: el hombre se convierte, como efecto de la voluntad, en un ser portador de responsabilidad[8].

Otros conceptos similares son voluntariedad, imputabilidad y culpabilidad. Los significados varían en cierta medida según el campo de estudio: filosofía, teología, derecho, medicina o psicología. La voluntariedad se refiere a la advertencia y el consentimiento en el querer. Está en relación con el intelecto que presenta el bien, pero también depende de los sentimientos y situaciones externas.

La imputabilidad se refiere a la posibilidad de atribuir un determinado acto a un sujeto. La culpa implica la transgresión de un precepto y está relacionada con la pena o el castigo debido. Sin embargo, es frecuente que el concepto de imputabilidad se utilice en el sentido de culpa o responsabilidad.

Todos estos términos pertenecen a la esencia del ser humano y admiten la gradualidad. La voluntariedad de un acto varía en función de la conciencia, del grado en que se rige por la razón o se oscurece por las pasiones, por los demás elementos de la afectividad o por el inconsciente. Ser imputable significa haber cometido un acto como individuo. Ser culpable está en relación con una ley natural o civil, un código moral de raíces religiosas o deontológicas. Podemos encontrar actos voluntarios e imputables en ausencia de responsabilidad, cuando se realizan con una voluntad oscurecida por factores internos o externos. La persona puede ser culpable, sin ser totalmente responsable. Ser responsable implica un acto voluntario, imputable e incluso culpable si se refiere a una transgresión. Somos responsables cuando somos dueños de nuestro propio juicio y decisiones libres; se añade a la idea de imputabilidad, la de ser responsable ante otro. La imputabilidad es un requisito previo, la responsabilidad es una consecuencia.

Dado que la responsabilidad es una noción compleja, es razonable que la investigación psicológica tenga en cuenta la opinión de los filósofos y otros expertos. Esto es lo que un grupo de investigadores de los Estados Unidos ha hecho para desarrollar una herramienta que evalúa las creencias relacionadas con el libre albedrío, el Free Will Inventory (FWI). La idea de responsabilidad en este estudio se acerca al concepto de imputabilidad. Hubo siete propuestas específicas sobre la responsabilidad. La primera dice: ser responsable de las decisiones y acciones actuales implica ser responsable de todas las decisiones anteriores[9].

Volviendo a la noción de adicción, la vemos en relación con el hecho de estar ligado a algo o a alguien de tal manera que se tiene una fuerte necesidad. Algunos sinónimos son sumisión, subordinación y subyugación... hasta llegar a la esclavitud. En medicina se habla de un conjunto de fenómenos como la tolerancia, o la necesidad de aumentar progresivamente la sustancia (o comportamiento dependiente) para producir el efecto placentero inicial; la dependencia psicológica, o sentimientos de satisfacción junto con el deseo de repetir la experiencia y evitar la tensión por no tenerla; y la dependencia física, cuando se producen síntomas orgánicos causados por la falta de la sustancia o actividad adictiva. En inglés también se habla de addicction, para hacer hincapié en un uso compulsivo e irresistible; y de craving o ansiedad extrema por obtener una sustancia o satisfacer un deseo muy fuerte, aunque se conozcan los efectos nocivos.

Estamos por lo tanto en la dimensión moral de la acción humana. Lo que está en juego es la perfección o no de la persona, en la que interviene un principio interno fundamental de comportamiento: el hábito operativo. El hábito se define como una cualidad estable, difícil de quitar, con poder operativo, que dispone para actuar y sentir de una cierta manera. No cambia sustancialmente al sujeto, sino que lo hace actuar de manera diferente. Siempre es bueno o malo, orientado hacia el bien o el mal. Solo está presente en el hombre, porque está dotado de libertad y dominio de sus propios actos[10].

Los hábitos facilitan la acción, dan espontaneidad y facilidad para actuar en una determinada dirección: en el caso de los hábitos buenos o virtudes, la capacidad operativa se desarrolla y crece, porque conduce a un buen proyecto de vida y nos hace más humanos; la influencia en la libertad es positiva. En el caso de los malos hábitos o vicios, uno se vuelve menos libre y por lo tanto menos humano. Las virtudes perfeccionan las potencias y los vicios en cierto sentido las corrompen. Esta corrupción involucra a toda la persona y sus fuerzas, lo que hace difícil actuar bien. Podemos pensar en el perezoso que es incapaz de cumplir habitualmente sus deberes, o en el hombre dominado por el odio, que no sabe amar. El vicio facilita las malas acciones.

Como Aristóteles explicó[11], los justos no pueden realizar obras inicuas tan fácilmente como los injustos. Santo Tomás dirá que el hombre vicioso tiene una voluntad pervertida que no siente el reproche de la inteligencia[12]. Añade que el vicio " tiene algo de habituamiento, sin que esto suprima la libertad o la intensidad del acto ni disminuya de ordinario la responsabilidad"; y que " el vicioso está esclavizado a sus propias pasiones, pero con la energía que el uso de la razón y la humana pasión por el infinito le confieren para saciarlas"[13].

Las adicciones se mueven dentro de estas categorías y son prueba empírica de ello: los alcohólicos, por ejemplo, no pueden escapar de la bebida. Cuanto más fuertes e intensas sean las experiencias con sustancias u otras acciones incontroladas, mayor será la esclavitud. ¿Estamos en el origen de un vicio? ¿Cómo afecta a la responsabilidad un hábito operativo estable? Espero que la respuesta sea más clara al final de estas páginas, en las que se utiliza el concepto de responsabilidad como apertura y capacidad de responder.


III. Incoherencia vital como sustrato de las adicciones

La falta de coherencia con los ideales o con el programa existencial es una falta de respuesta a lo que la vida exige, o una falta de responsabilidad. Puede ser vista como un camino privilegiado para llegar a la adicción y otras patologías. El programa existencial puede ser en parte recibido a través de la cultura, el medio ambiente o la familia, pero se experimenta enraizado en lo más profundo de la persona.

La incoherencia actúa como un fuerte factor desestabilizador: las fuerzas del ego no pueden luchar indefinidamente contra la conciencia sin que se produzca un serio daño. En un enfoque psicoanalítico, la lucha termina en la represión o en el confinamiento en el inconsciente de esos contenidos perturbadores. El conflicto también puede ser una consecuencia o un indicio de factores como la depresión, los trastornos de la personalidad o algún síntoma psicótico. Pero la incoherencia también puede ser una elección parcialmente consciente y deliberada. Para dar algunos ejemplos: el cónyuge habitualmente infiel, el funcionario insatisfecho que a menudo comete robos o no cumple sus obligaciones, la persona con una vocación religiosa particular o de servicio a los demás que en determinadas circunstancias no la cumple. No es extraño que las personas que eligen tratar de compatibilizar ideales opuestos, viviendo una doble vida de cualquier tipo, terminen asumiendo conductas más alteradas.

En las adicciones, el conflicto de coherencia se puede percibir desde los primeros pasos, como un grito de quien reclama una respuesta. Hay tres instancias que exigen esta respuesta. El "yo": el sujeto interior; los otros que están a su lado: la familia, los padres, los hijos, los amigos, la sociedad en su conjunto. Y, finalmente, para los creyentes también hay un orden superior, un Absoluto, un Dios.

Las incoherencias y la falta de autocontrol conducen al sufrimiento y a una caída de la autoestima que favorece las compensaciones o concesiones que terminan por alterar el equilibrio. Uno puede buscar formas impropias de relajación sin controlar los instintos. Debido al desacuerdo con la identidad personal, estas actividades dejan una huella de dolor junto con el placer efímero, y conducen a la esclavitud. Es significativo que las personas adictas refieren que el placer obtenido por la repetición de la actividad o sustancia que causa adicción nunca es como la primera vez: disminuye el encanto pero aumenta la sujeción.

Una forma velada de doble vida puede verse en aquellos que actúan externamente de manera coherente, pero que siempre están incómodos. Pueden criticar a los que viven mal, pero en realidad ellos mismos no caen en incoherencias más flagrantes sólo por miedo. No se mueven por el amor dirigido a los demás, sino por el perfeccionismo o el amor a sí mismos. Se desprende de aquí que la incoherencia puede ser externa o interna. También se puede ver en relación con la acedia o tibieza, que Dante definió como escaso y lento amor al verdadero bien[14] que impulsa a vivir en lucha o, al menos, en oposición interior con los ideales elegidos.

En nuestra sociedad hay numerosos elementos que favorecen una doble vida. Parece que el comportamiento personal coherente no importa, y por lo tanto la coherencia en el bien no es un valor. A veces se ve como autenticidad el poder presentarse de diferentes maneras, con distintas scaras auténticas dependiendo de la situación. El joven y exitoso empresario, el fin de semana puede dar espacio a las drogas, una persona casada puede tener otra pareja, y así sucesivamente.

La ruta para escapar del sustrato de la incoherencia, en cualquier grado que se presente, pasa por la conciencia, el reconocimiento y la voluntad de cambio. La persona necesita la sinceridad, que comienza con un ejercicio clave para la salud espiritual y mental: enfrentarse a sí mismo para ver si las elecciones y los medios utilizados se adaptan en todo momento al ideal elegido, al proyecto vital. Este examen de conciencia da luz al mundo interior. Muchas veces, para tomar conciencia de ello, se necesita el apoyo de los padres, el cónyuge, un amigo, un sacerdote, un director espiritual o un psicólogo en ciertos casos, o de algún tipo de coaching. Se trata de otra persona dispuesta a ayudar y a objetivar lo que preocupa y a señalar las formas de volver a una vida coherente.

Además de la incoherencia operativa, puede haber incoherencia existencial cuando no se descubre el proyecto, el significado único e irrepetible de la propia existencia, y por lo tanto ni siquiera se siente la necesidad de actuar, de dar una respuesta. Estas personas se encuentran inmersas en un vacío existencial y son más propensas a caer en adicciones. Por los estudios con la prueba de Rotter[15], sabemos que las personas internalistas, es decir aquellas que piensan que los hechos y lo que sucede depende más de ellos que de circunstancias externas irremediables, son menos propensas a los trastornos mentales. También son más responsables en el sentido de que se consideran capaces de dar respuestas a los diversos dilemas, y que hacerlo vale la pena porque pueden influir en el mundo.

Los externalistas, en cambio, consideran que casi nada depende de ellos, y sufren más trastornos psíquicos. Quien considera que todo sucede sin que él pueda intervenir, difícilmente sentirá su responsabilidad: no querrá ni podrá transformar el mundo ni a sí mismo. Así piensan muchas personas que han caído en la adicción: no intentan cambiar el mundo, y se contentan con paraísos artificiales, que veremos.

En la base del vacío existencial hay otra incoherencia interna, como un desequilibrio del corazón: no aceptar los límites de la humanidad y creerse plenamente autónomo. La persona que no se considera limitada y finita no atribuye ningún significado al dolor o a la tensión y no sabe esperar lo que quiere. Tal sujeto es presa fácil de las adicciones, del placer fácil.

Los que no se reconocen sanamente dependientes de otros pueden dejarse llevar por adicciones patológicas. Los que desean la libertad absoluta se encuentran con frecuencia sumidos en la esclavitud. De ahí un diagnóstico todavía válido hecho hace muchos años en el concilio vaticano II: "los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano (...). A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad"[16] .

Concluye el texto mencionando la incapacidad de muchas personas para reflexionar sobre estas cuestiones, porque viven en un materialismo práctico, o porque no tienen ni el tiempo ni la manera de pensar en ello porque están oprimidas por la miseria. Son precisamente las personas que tienen demasiados bienes materiales sin referencias espirituales y las que viven en situaciones socioeconómicas degradantes las que corren un mayor riesgo de convertirse en adictos.

La coherencia es ver la libertad como apertura, sabiendo que la libertad absoluta no existe. El psiquiatra español Enrique Rojas dice: " ser libres –no [simplemente] sentirse libres–, lleva aparejado la responsabilidad"[17]. Ser coherente es usar la libertad con responsabilidad y decidir sin miedo, siguiendo un proyecto, corriendo el riesgo que toda decisión implica. Los que no actúan en armonía con su lógica interna se rompen. El hombre siempre está llamado a buscar la verdad que "no se impone sino por la fuerza de la misma verdad"[18]. La obediencia sin libertad sería contradictoria, ya que contradictoria es la búsqueda de un placer que no libera sino que esclaviza. Las personas adictas pueden no ver la verdad debido a ciertas experiencias de su propia afectividad. Pueden también no querer descubrirla por miedo a las consecuencias, o pensar que es imposible alcanzarla.

Juan Pablo II escribió sobre la drogadicción: "Aun reconociendo la complejidad del fenómeno y sin pretender hacer un análisis exhaustivo de sus causas, quisiera subrayar que en su origen suele haber un clima de escepticismo humano y religioso, de hedonismo, que en última instancia conduce a la frustración, al vacío existencial, a la convicción de la insignificancia de la vida misma, a la degradación en la violencia"[19].

La identificación de la falta de responsabilidad como sustrato de las adicciones podría ser, por lo tanto, una tarea para los clínicos y un medio de prevención. Una cuestión importante que hay que considerar es el límite de la propia existencia y la muerte como la llamada última a la responsabilidad: nadie puede escapar de ella y tenerla presente ayuda a no retrasar las respuestas que hay que dar.


IV. Responsabilidad al inicio de los síntomas de adicción

Hablar de responsabilidad al principio de la adicción nos sumerge más en la controversia entre considerar estos trastornos como una elección o una enfermedad. Sin pretender ser exhaustivos, veremos algunos aspectos de este debate. Parece claro que no se trata de una enfermedad cualquiera, porque las personas con adicciones pueden decidir, y muchas veces lo hacen, no recurrir a la sustancia o actividad peligrosa. Y así dejan de sentirse enfermos con un acto voluntario, lo que no es el caso de otras enfermedades como el cáncer o el cólera.... Esta es la tesis de Heyman[20], por ejemplo, que explica las adicciones en que las recompensas inmediatas tienen prioridad sobre las ganancias a largo plazo.

Por otra parte, como señala Lewis, los estudios de neurociencia sugieren que las elecciones impulsivas y descontroladas de los pacientes drogadictos se derivan de niveles particulares de dopamina en ciertas áreas del cerebro, debido al fuerte impacto hedonista que proviene de la experiencia repetida con las droga[21]. Esos niveles afectan cualquier otro tipo de recompensa y los procesos cognitivos necesarios para tomar una decisión.

Creo que es cierto, como concluye Lewis, que las adicciones no son un estado monolítico: ni enfermedad ni elección. A menudo hay una serie recurrente de opciones que permiten la negociación y a veces la cooperación entre los objetivos inmediatos y los de largo plazo, pero que terminan alterando la función del cerebro. Los modelos de explicación que se basan en la elección, y diríamos también en la responsabilidad, no son por tanto incompatibles con la consideración de las adicciones como una enfermedad. Esto es lo que podría haber afoirmado Aristóteles, quien escribió: "Tampoco el enfermo por sólo desearlo se pondrá sano. Podemos, en efecto, suponer que esté enfermo voluntariamente por haber vivido incontinentemente y desobedeciendo a los médicos. Hubo un tiempo en que estuvo en su poder no enfermarse, pero ya no después de haberse abandonado, como tampoco puede volver a tomar una piedra el que la ha lanzado, pero en su mano estuvo tomarla o arrojarla, ya que el principio de la acción en él estaba"[22].

En ambas posiciones hay elementos de verdad. Las personas adictas pueden carecer de una visión de las consecuencias de sus acciones y pueden buscar una compensación inmediata, según un modelo de recompensa como el de Skinner. Pueden incluso dejar atrás los malos hábitos si están pensando en metas futuras como un matrimonio feliz, un trabajo donde se sientan realizado, etc. Hay varios estudios científicos sobre la importancia de los hábitos o conductas saludables para disminuir el abuso de sustancias. Entre los factores que promueven los hábitos saludables, la unión matrimonial parece importante y hay diferencias con otras uniones[23].

No obstante, cuando se buscan las razones del comportamiento adictivo, no es común hablar de responsabilidad. Se consideran los factores genéticos y el temperamento hereditario, las influencias ambientales, los mecanismos de desinhibición[24]. Parece que la elección y la capacidad de respuesta de uno es muy limitada. Sin embargo, los rasgos de carácter son a veces más modificables que otras causas ambientales, y algunos, como el optimismo y la conciencia, sinónimo de responsabilidad, favorecen la vida matrimonial, el trabajo y la longevida[25][26].

Por lo tanto, hay elementos internos y externos que preceden al comienzo de la adicción. Pero normalmente queda el espacio para elegir, para orientar la conducta y el carácter de uno. La falta de esfuerzo para superar ciertas características de la personalidad podría dar lugar a una sintomatología clínica. La responsabilidad puede reducirse en gran medida cuando la persona no es consciente, no ha reflexionado sobre los riesgos de su comportamiento o no ha sido capaz de luchar, o no ha tenido buenos consejeros. Puede que haya recibido consejos erróneos o contra-ejemplos, pero también puede haber elegido el camino equivocado o rechazado el remedio en las primeras manifestaciones. Está claro lo importante que es la formación de la personalidad, donde las virtudes y los ideales juegan un papel clave.

No se puede vivir la libertad de forma irresponsable, sin límites, aunque hay momentos en los que todo parece posible. Tarde o temprano descubres los límites. Uno de los personajes de la novela de Aleksandr Solženicyn, Un día en la vida de Iván Denísovich, prisionero en un lager de la Unión Soviética, recuerda con nostalgia un viaje suyo en el tren Vladivostok-Moscú. Estaba lleno de militares y de algunas estudiantes, aparentemente felices, con las cuales bromeaba y hablaba con gusto. Ahora, obligado a trabajar a 30 grados bajo cero, comenta con cierta amargura, que esos jóvenes viajaban al borde de la vida, y que para ellos todos los semáforos estaban en verde[27]." Más allá de las circunstancias extremas, cada día nos confirma que no todos los semáforos están en verde. Por lo tanto, no es extraño que una persona que no está dispuesta a respetar las normas, en cierto sentido escritas en su naturaleza, se encuentre con patologías.

En un estudio reciente se identifican cuatro características estructurales del inicio de la adicción: la transición del consumo ocasional de sustancias a la adicción, la vulnerabilidad individual, lo que perpetúa el problema y la forma en que se adueñan del comportamiento, a pesar de las graves consecuencias negativas[28]. Los autores sostienen que el proceso sigue los mismos principios de motivación en general, que se ponen en marcha cuando se enfrenta a algún objetivo a alcanzar. El primer principio es que, por lo general, las metas u objetivos tienen un significado único. El segundo es que una meta valorada como más importante puede implicar la inhibición de otros objetivos para favorecer el primero (esto se llama shielding principle).

El tercer fenómeno que puede ocurrir es la transferencia emocional de la meta, o transformar los medios en la meta misma. Este último mecanismo sería fundamental en el inicio de la dependencia. Las sustancias o conductas dependientes adquieren un carácter instrumental para lograr objetivos. Luego, de medios se transforman en una meta en sí misma, y esta suplantación se hace más fuerte con el tiempo. Sería similar a lo que sucede con los que empiezan a correr para perder peso, pero continúan haciéndolo después de alcanzar el peso ideal, porque correr se ha convertido en algo deseable en sí mismo. Dado que el instrumento en este caso es único (la sustancia u otro comportamiento dependiente destinado a socializar, aumentar la autoestima, el estado de ánimo o el rendimiento, etc.), la transferencia emocional es más fácil. Si tienes más intereses fuera de ti mismo, como amigos, familia, amor e intimidad, el riesgo se reduce. La adicción causa una polarización de la atención, que actúa como un impulso para perpetuarla. Los recursos autorregulados sólo se dedican a ello, transformados en una meta, y quedan menos fuerzas para repeler la tentación.

En muchos casos el camino de la adicción es similar a la adquisición de un vicio. Se sabe que las actividades o experiencias que provocan placer físico o psíquico atraen al ser humano, y son capaces de disminuir la voluntariedad. Las sustancias u otras actividades que ofrecen un placer fácil fortalecen el deseo y quitan poder al juicio intelectual. El condicionamiento puede estar relacionado con la experiencia de placer o recompensa, con una disminución de la ansiedad. Cuando el efecto placentero desaparece, como sucede después de la anestesia, el dolor aumenta y se necesitan dosis mayores... Se pierde el control de los impulsos. Hechos similares pueden aparecer en actividades muy diferentes, como la sexualidad descontrolada y el juego excesivo o la ludopatía[29]. Aunque estas personas no tienen los efectos químicos de la droga en el cerebro, experimentan un sufrimiento similar. Se habla del ansia sexual como algo más parecido a las drogas, porque los actos relacionados con la sexualidad son muy vigorizantes y, en el momento culminante de la experiencia, se liberan sustancias químicas similares en el cerebro.

El efecto agradable o a veces anestésico fomenta el consumo repetido y se hace difícil detenerlo aunque se sabe que causa daños. Por lo tanto, los responsables son aquellos que conscientemente empiezan a consumir sustancias con la capacidad de provocar adicción. También lo son los políticos o los médicos que no hablan de los conocidos riesgos del llamado uso de sustancias recreativas, que puede llevar a un aumento de la adicción[30].

Las personas adictas recurren a menudo, pero no siempre, a la sustancia nociva o a la actividad incontrolada como algo ajeno que suprime la ansiedad vital y llena el vacío debido a la falta de sentido de la existencia. Desde esta perspectiva, Frankl y otros psicólogos han hablado de los paraísos artificiales que buscan los drogadictos como consecuencia del vacío existencial[31]. En lugar de poner sus energías en la transformación del mundo real, en la ayuda de los demás, en el crecimiento de sus propias capacidades, las desperdician en paraísos de corta duración, lo que perjudica seriamente su salud y la sociedad. La escalada observada en las adicciones peligrosas puede verse en relación con la crisis de valores de la sociedad y la cultura, combinada con el activismo, la competitividad exagerada y la superficialidad en las relaciones[32]. Una persona puede ser responsable de todo esto.

Una adicción en particular, en la que quizás se ve más responsabilidad al principio, es la de Internet. Es un ejemplo paradigmático de no querer responder antes, y no poder responder después. Se presenta a algunas personas como un medio para expresar sus ideas sin riesgo aparente, para ofrecer sus emociones a otros y para probar nuevas experiencias. Se convierte, como han observado los psiquiatras, "en un fiel espejo de la realidad y la psicología de sus usuarios, pero tiene algunas peculiaridades relacionadas con la peculiaridad del medio"[33]. Constituye un "lugar" que se percibe como extremadamente cercano e íntimo en la medida en que la sensación de distancia se desvanece y todo, incluidas las relaciones interpersonales, parece suceder "justo debajo" de la pantalla en un espacio controlado y controlable con la punta de los dedos"[34].

Internet puede fomentar la gratificación de tendencias que, en la vida real, no serían aceptadas por la persona misma o por la sociedad. En particular, los impulsos de la sexualidad encuentran una salida fácil detrás de la protección de la pantalla. La adicción a la pornografía ha aumentado enormemente con el uso de la Internet, debido a su facilidad de acceso, su bajo costo o accesibilidad y su anonimato[35]; y existen herramientas psicológicas para evaluar la magnitud del problema[36].

En el trastorno de adicción a internet (IAD) las personas llegan a pasar días enteros frente a la computadora, reducen la actividad física, descuidan la familia, los amigos, el trabajo y otras obligaciones. Las causas subyacentes son con frecuencia la disminución de la responsabilidad personal[37]. El uso de esta herramienta sin moderación, así como de los videojuegos y similares, puede, por lo tanto, dar lugar a una perturbación y sería de esperar que todos fueran más responsables: los proveedores de servicios, las empresas de software de videojuegos, los padres, etc. Es urgente además una mejor reglamentación, que proteja en particular a los niños. Tantas actividades inofensivas en la red que forman parte de nuestras vidas, como enviar mensajes, leer noticias, comprar, etc., pueden ser experimentadas para bien o para mal.

Mucho antes que cualquier red informática, Philipp Lersch escribió: "Es una deficiencia de la voluntad interior la entrega desenfrenada a las imágenes y ensueños acuciantes de una fantasía desiderativa exagerada, en la que los instintos y tendencias se desahogan de un modo ilusorio sin poderse realizar[38]. Y esta actitud interna de la voluntad debe ser educada en la apertura a la verdad, a otros intereses, es decir, con responsabilidad.

Como prevención de las adicciones y otras actividades incontroladas, sería deseable fomentar una vida virtuosa, es decir, un buen hábito de trabajo que tienda a la verdadera felicidad y no a los paraísos artificiales. En particular, merece ser mencionada la virtud de la templanza: "El hombre moderaddo", escribió Juan Pablo II, "es el que es dueño de sí. Aquel en que las pasiones no predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el “corazón”. ¡El hombre que sabe dominarse! Si esto es así, nos damos cuenta fácilmente del valor tan fundamental y radical que tiene la virtud de la templanza. Esta resulta nada menos que indispensable para que el hombre “sea” plenamente hombre. Basta ver a alguien que ha llegado a ser “víctima” de las pasiones que lo arrastran, renunciando por sí mismo al uso de la razón (como por ejemplo un alcohólico, un drogado), y constatamos que “ser hombre” quiere decir respetar la propia dignidad y, por ello y además de otras cosas, dejarse guiar por la virtud de la templanza"[39].

Adquirir la virtud implica esfuerzo, tensión, distanciarse de las ocasiones contrarias. Ser responsable al principio de la dependencia significa también buscar ayuda en los demás y, para los que son cristianos, en la gracia de Dios, recibir la fuerza para mejorar. Esta petición va unida a la confesión del propio límite, de la propia debilidad, fundamental para no caer en la arrogancia o en la presunción de poder permanecer libre de cualquier limitación o defecto sólo con la propia energía. Reconocer la vulnerabilidad de la naturaleza humana nos hace más claramente conscientes de los peligros de las decisiones equivocadas, que pueden convertirnos en esclavos.

Con nuestras limitaciones, también descubrimos lo que Lersch llama una superestructura personal, formada por la voluntad y el pensamiento, que nos permite tomar una posición frente a los condicionamientos internos, la esfera endotímica de los sentimientos, impulsos y tendencias inconscientes. El hombre no puede abandonarse pasivamente a estos procesos y estados que sufre, sino que debe regularlos. Así, alcanza el significado más alto, su desarrollo supremo. Y en este esfuerzo encuentra su dignidad, su libertad y su responsabilidad[40].

La fuerza de voluntad es la capacidad de organizar la resistencia del mundo interno y externo hacia una meta: " donde no hay que superar ninguna resistencia no existe un verdadero querer"[41]. La fuerza de tensión de la voluntad hace que uno mire a los extremos más lejanos de la vida y la profesión. Esto implica tenacidad, persistencia, constancia y firmeza, porque apunta hacia adelante. Diferente es la fuerza del impulso, que comienza pero se agota y se paraliza inmediatamente. Podríamos decir que la persona dependiente carece sobre todo de esta fuerza de tensión.


V. Responsabilidad en el actuar de las personas adictas

La responsabilidad de la persona adicta cuando actúa, es considerada por los juristas, la evalúa también la teología moral, interesa a los expertos en derecho matrimonial, etc. Se pueden estudiar los actos materiales de la persona adicta, como el consumo excesivo de alcohol o la conducta sexual desordenada; u otros actos, a veces delictivos, cometidos por una persona bajo la influencia del alcohol o las drogas, o cegada por la pasión.

De particular interés práctico es también determinar si un adicto es capaz de asumir la responsabilidad. A veces es necesario evaluar a posteriori si un determinado contrato era válido o no. El derecho canónico, por ejemplo, considera que la drogadicción y el alcoholismo crónico pueden afectar al consentimiento matrimonial. Se recurre a expertos y se intenta comprender si los cónyuges tenían las condiciones mínimas para evaluar adecuadamente la responsabilidad de la procreación, la educación, la fidelidad mutua o para comprender la indisolubilidad. Es necesario verificar si la persona actuó el momento de la elección dominada por otras circunstancias, hasta tal punto de hacerla involuntaria[42].

Cabría mencionar una amplia casuística en los diferentes escenarios de las acciones emprendidas por los individuos adictos. La pregunta básica es muy similar: ¿la adicción anula la responsabilidad en sus acciones o en sus elecciones libres? La respuesta también nos lleva a una dimensión común. Se trata de examinar si la persona quiere libremente lo que hace, si tiene esa experiencia de autodeterminación que se manifiesta en poder decir: puedo, pero no tengo que[43].

Para Aristóteles, un acto es involuntario cuando se hace por fuerza o por ignorancia. Pero cuando se hace por miedo, como cuando los marineros tiran su carga por la borda para salvar el barco durante la tormenta, la duda permanece, porque se ha hecho una elección, aunque está claro que no lo harían excepto por necesidad. Para decidir en tales casos, concluye, hay que mirar las circunstancias. Lo mismo ocurre con los actos de las personas adictas y el Filósofo nos ofrece sugerencias útiles en la Ética Nicomachea. Es diferente, dirá, actuar ignorando que actuar por ignorancia. Pone el ejemplo de la persona borracha o enojada, que no actúa por ignorancia sino por embriaguez o furor, pero sin saber lo que hace, por tanto, ignorándolo. Esta ignorancia de lo que se debe hacer lleva al vicio. Su conclusión es nítida: "ciertamente no dice bien quien afirma que los actos realizados a causa de la impetuosidad o del deseo son involuntarios"[44].

Los pacientes con adicción parecen estar de acuerdo con Aristóteles cuando se dan cuenta de que actúan en parte voluntariamente. La creencia en un factor genético puede ayudar a reducir el sentimiento de culpa y fracaso personal que se desencadena cuando se piensa en una elección personal. Sin embargo, en muchos casos, las personas no quieren que su comportamiento se atribuya únicamente a los genes, sino que necesitan y ven un espacio de responsabilidad. En algunas enfermedades mentales, se sabe que la situación subjetiva empeora cuando se insiste en la genética o en la ausencia total de elección por parte de los pacientes. Aumenta la sensación de impotencia ante síntomas más peligrosos o impredecibles. Por lo tanto, sentir excesivamente el peso de la responsabilidad por las propias acciones puede ser un tormento que debe ser aclarado; pero atribuirlo todo a la genética podría obstaculizar la mejora de los pacientes, fomentando el fatalismo causal y las excusas para permanecer en el "yo no puedo hacer nada"[45].

Un aspecto clave cuando se trata de la responsabilidad en las acciones de las personas adictas es comprender hasta qué punto las reacciones emocionales pueden afectar a la propia adicción. Sin duda, la ansiedad, la depresión y la obsesión afectan a la libre acción de la persona y cambian su responsabilidad. Pueden considerarse en cierto sentido como algunas pasiones que, según Santo Tomás, influyen totalmente en el hombre y preceden a su voluntad. Debido a nuestra naturaleza limitada, la fuerza de estas pasiones que preceden al acto, en lugar de estar integradas positivamente, pueden en algunos casos llevar a actuar con menos libertad: los actos entonces quizás no sean realmente actos humanos -controlados por la voluntad, por el espíritu- sino actos actos involuntarios del hombre[46]. Sin embargo, la influencia de las pasiones en general no es tan grande como para que los actos humanos se vuelvan involuntarios. Determinar con certeza el grado en que el condicionamiento psíquico disminuye la responsabilidad queda fuera de las posibilidades de la razón humana. Pero la conciencia del individuo puede decir mucho, porque el síntoma psíquico no siempre extingue esta voz del corazón o excluye la culpa.

Existen numerosas circunstancias que pueden reducir o anular la voluntad y, por tanto, la responsabilidad de una acción, como la inadvertencia, la violencia, el miedo, los hábitos (y esto afecta más a las adicciones), los afectos incontrolados y otros factores psicológicos y sociales[47]. No todos actúan de la misma manera. Santo Tomás distingue la influencia de la violencia de la del miedo. La violencia puede provocar actos absolutamente involuntarios porque se hacen sin el consentimiento de la persona y contra su voluntad; pero los que actúan por miedo, aunque se muevan en su voluntad con el fin de evitar el mal que temen, y por lo tanto un fin distinto del de la acción, podrían incluso fortalecer la voluntad: como los marineros, del citado ejemplo de Aristóteles, que, por miedo, tiran toda la carga del barco al mar[48]. La ansiedad, una reacción emocional vinculada al miedo, puede reducir en gran medida, pero probablemente no anular, la voluntariedad y por lo tanto la responsabilidad. Los trastornos mentales más graves, en cambio, no dejan espacio para la libertad o la responsabilidad, pero incluso en ellos hay grados y puede quedar algo de voluntariedad[49].

Los procesos psicológicos y psicopatológicos pueden influir en el juicio moral de una acción, pero nunca convierten en buena una mala acción y no siempre quitan o reducen la responsabilidad. Una persona adicta puede ser capaz de sentir el riesgo en el que se encuentra ella y los que la rodean, y buscar un tratamiento para curarse. Un adulto que abusa sexualmente de un niño, impulsado por sus impulsos incontrolados, puede estar enfermo, pero, si se confirma su culpabilidad, probablemente tendrá que ser confinado en una estructura especial donde, además de recibir la terapia que pueda necesitar, será declarado imputable, culpable y responsable. Es claro que los pacientes peligrosos, si realmente están enfermos, no deben ser castigados, pero la sociedad debe tomar medidas de precaución e intentar curarlos.

Dar espacio a la responsabilidad en las acciones de las personas adictas implica la posibilidad de considerarlas culpables, una condición profundamente arraigada en la naturaleza humana. El culpable pierde la libertad, la libertad de no hacer lo que hizo en el pasado, de cambiar lo que ocurrió; pero aún tiene la capacidad de adoptar una actitud constructiva arrepintiéndose y cambiando él mismo. Hasta el último momento de su vida el ser humano conserva esta capacidad de reacción: con la contrición final puede dar sentido a muchas acciones y elecciones equivocadas del pasado. El arrepentimiento se convierte, dirá Max Scheler, en una forma de autocuración del alma, de hecho la única manera de recuperar su fuerza perdida[50]. Cuando uno se equivoca, no basta con querer mejorar, hay que arrepentirse.


VI. Responsabilidad en el proceso de curación de las adicciones

Hemos dicho que los médicos y psicólogos rara vez se refieren a la responsabilidad cuando hablan del momento inicial de la adicción. En el proceso de curación, sin embargo, consideran que es clave para la recuperación[51]. Para algunos grupos de Alcohólicos Anónimos, por ejemplo, el alcoholismo sería una enfermedad del cuerpo y del espíritu, pero la persona sólo sería responsable de la terapia y no del comienzo o del desarrollo de la adicción.

Hay suficientes pruebas de que para tratar las adicciones es clave fomentar el deseo de cambiar, la confianza para hacerlo y la responsabilidad de la tarea. A menudo se recomienda un cambio de estilo de vida o ejercicios psíquicos para modificar una forma de pensar o una actitud, y todas las sugerencias requieren el compromiso del paciente, en la medida en que sea capaz de hacerlo. La recuperación total, por lo tanto, puede llevar al sufrimiento, porque significa aceptar humildemente alguna deficiencia de carácter y cambiar considerablemente el estilo de vida de uno.

Fomentar la responsabilidad depende de la capacidad de aprovechar lo que Frankl llama la fuerza de resistencia del espíritu[52]. El ser humano es una unidad y la persona espiritual es el núcleo que organiza todo el organismo psicofísico. Lo transforma desde el principio de la existencia en algo propio y lo convierte en un organum, un instrumentum. Hay, dirá Frankl, como una analogía entre lo que pasa entre el músico y su instrumento. Si el instrumento está desafinado, no habrá ningún músico capaz de tocar algo. Si el organismo se enferma, el espíritu no puede expresarse bien.

A diferencia del binomio músico-instrumento, el cuerpo y el espíritu no están en la misma dimensión del ser. Por esta razón, el espíritu permanece invisible y lo espiritual en el hombre no puede enfermarse, sino que será lo que permita al enfermo una relación -tal vez mínima- con la evolución de la enfermedad. La adicción, como hemos visto, compromete al organismo psicofísico y puede llegar a desorganizarlo o destruirlo. Las propiedades espirituales del hombre, su intelecto, su voluntad y por lo tanto su libertad y responsabilidad pueden ser perturbadas.

En la enfermedad, el cuerpo puede negar sus servicios al espíritu, pero muchas veces es posible al menos cambiar la actitud. No es tarea de los profesionales de la salud intervenir directamente en la dimensión espiritual y, sin embargo, debido a la unidad del ser humano, muchas veces lo hacen. Cuando se toca esta dimensión, la grandeza de la relación médico-paciente o psicólogo-paciente se manifiesta plenamente: por ejemplo, en el consuelo de los que sufren o en la ayuda para afrontar las dolorosas circunstancias de la enfermedad, promoviendo nuevas actitudes. De esta manera la persona se hace más consciente de su espíritu, de su responsabilidad como fundamento de su existencia. Por lo tanto, la intervención en la dimensión espiritual es importante en el proceso de curación de las adicciones. Es necesario ayudarles a decidir responsablemente, a descubrir que su vida, como escribió Karl Jaspers, está en tensión hacia lo trascendente y " la tarea del espíritu es dejar que lo verdadero se manifieste y encuentre un lenguaje"[53].

Para alcanzar la meta se necesita energía y una tensión dirigida hacia el exterior, que trate de dar una respuesta. El hombre madura mirando a las metas futuras, se encuentra en un "campo polar de tensión entre el ser y el tener que ser, y por lo tanto frente a significados y valores, cuya realización se requiere"[54]. Frankl menciona tres categorías de valores. Los valores de la creación: cuánto da el hombre al mundo, trabaja, crea o produce. Los valores de la experiencia: lo que recibe como regalo, en encuentros personales u otras experiencias. Y los valores de la actitud: la actitud que toma frente a situaciones ineludibles y frente al sufrimiento[55].

Las personas adictas pueden ser incapaces de trabajar o realizar los valores creativos. Quizá tampoco pueden expresar plenamente los valores de la experiencia, admirar la belleza, amar, disfrutar de una obra de arte..., porque están condicionados por la búsqueda ilimitada y compulsiva del placer. En cambio, los valores de actitud permanecen: pueden cambiar la forma en que se enfrentan o actúan ante la adicción. Esto es una prueba de una cierta capacidad de respuesta, de responsabilidad y de la utilidad de estimularla.

En el proceso de curación, además de ayudar a las personas a identificar los desencadenantes de las recaídas, como la soledad, la rabia, el nerviosismo..., es necesario animarles a abandonar las amistades que les proporcionaron las drogas, a evitar los lugares y situaciones en los que es más fácil caer en el vicio: en definitiva, a poner en práctica las medidas que les permitan escapar de las ocasiones. Es importante que estén ocupados en otras actividades, que piensen menos en el comportamiento perjudicial y que no permanezcan aislados.

La ambivalencia de las personas adictas, que se dan cuenta de antemano de los malos efectos de sus acciones, de la posibilidad de perder su trabajo, su familia e incluso su vida, pero que aún así buscan cada vez más una salida e la adicción, que ya no les gusta como antes, podría resolverse, si fueran capaces de mirar hacia fuera, hacia una meta que unificara sus deseos y su mundo interior dividido. Conviene animarles a apreciar la belleza, la autenticidad de una vida libre y feliz, con muchos intereses y amigos off-line a los que puedan responder.


VII. Conclusiones

Creo que se confirma que es apropiado tratar la responsabilidad en las dependencias desde una perspectiva multidisciplinar, con una visión global de la persona[56]. Hemos visto que la persona adicta está llamada a responder y lo constructivo que es fomentar esta capacidad. La intervención en todas las áreas de responsabilidad podría ayudar a curar pero también a prevenir los trastornos.

Se ha identificado un sustrato de las adicciones en la inconsistencia vital, entendida como vacío existencial, falta de sentido de la vida o ausencia de valores estables a los que referirse. Si nada tiene sentido, todo lo que queda es el aburrimiento y la desesperación. Si todo es relativo y no hay ideales o no se actúa de acuerdo con ellos, no se puede dar una respuesta: se vive en la irresponsabilidad, en la infelicidad. Es significativo que los hábitos peligrosos se desencadenan generalmente en momentos de tristeza, cansancio y sentimientos negativos, y son menos probables cuando la persona está feliz, tratando de divertirse, disfrutando de la lectura de un buen libro, escuchando música o haciendo deporte y compartiendo sus intereses con los demás. Estas actitudes de apertura requieren una cierta tensión, que uno debe aprender a tolerar. La existencia humana no puede ser vista como una búsqueda autónoma de equilibrio personal.

Un objetivo importante para estas personas será redescubrir el sentido de la existencia; poder no buscar paraísos artificiales y recuperar la confianza en la vida cotidiana, en la posibilidad de trabajar, de tener ideales. Para que la terapia tenga éxito, deben encontrar fuertes razones para no continuar con su actividad dañina. Una vida espiritual dinámica, el amor a Dios y a los demás, y la belleza de la naturaleza dan razones valiosas para despertar el deseo de volver a la vida.

En el comienzo de la adicción, las virtudes juegan un papel fundamental, particularmente la templanza. El que no es moderado sufre, es empujado por fuerzas contrarias y "sufre, tanto cuando logra lo que quiere como cuando lo quiere"[57]. Por esta razón es más fácil ayudarle a descubrir los aspectos negativos. Si se da cuenta y acepta que este comportamiento dañino no es una fuente de verdadero placer y le quita su autonomía, es capaz de empezar a curarse. Muchos consejos prácticos están relacionados con la responsabilidad, la capacidad de respuesta. Se suele sugerir que se haga una lista de todos los beneficios que se derivarán de dejar esa sustancia o hábito peligroso[58]. Cuantas más razones puedas encontrar, mejor. Hay que escapar del relativismo, que hace que se pierda la noción de hábito operativo, porque no considera nada objetivamente bueno o malo, y entonces no se deja lugar ni a la virtud ni a los vicios y por lo tanto ni siquiera a la responsabilidad.

La responsabilidad como la capacidad de responder, de salir de sí mismo, se pierde a medida que aumenta la dependencia, lo que cierra la apertura al mundo. Todo permanece atrapado en los estrechos márgenes de una sustancia, una imagen o un clic. Cuando uno no admite la posibilidad de ser responsable, sale aún menos del ego. No hay ninguna instancia externa a la que responder. Uno sólo puede responder a su propia conciencia, lo que causa remordimiento. El remordimiento y el cierre llevan a la desesperación y a la continuidad del vicio. La responsabilidad como apertura lleva al arrepentimiento y al cambio.

Es claro que siempre se debe escuchar la voz de la propia conciencia. Pero, si esto se refiriera a no escuchar nada más, a no pedir consejo, a no experimentar la necesidad de responder a alguien fuera de nosotros, escuchar la propia conciencia podría convertirse en una trampa y en una falta de responsabilidad. La persona que sólo quiere responder a sí misma no responde en realidad. Permanece asfixiada por los remordimientos, como los que inician el camino de las adicciones, donde el sentimiento de asfixia llama a una mayor adicción aún, para intentar inútilmente respirar.

La persona adicta, en vez de amar, de salir de sí misma, de satisfacer la sed del otro con el sacrificio, signo del verdadero amor, trata de satisfacer su propia sed de sentido, el sentimiento de vacío. Paradójicamente, si deja este intento inútil y ofrece a la otra persona un trago, apagará su sed personal. Por este camino puede descubrir una misión, y no preguntarse tanto qué espera de la vida, sino qué espera la vida de él: saber dar una respuesta.

Como hemos visto, los profesionales de la salud se inclinan más a aceptar que la responsabilidad es útil para curar las adicciones, pero menos para prevenirlas. Tal vez piensen que la responsabilidad es una especie de aspirina, que uno sólo se debe tomar cuando los síntomas se han manifestado[59]. Sin embargo, la responsabilidad es mucho más que la aspirina y sería útil fomentarla en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana, no sólo de los enfermos, sino de la población en general. Seguramente se lograría una reducción significativa de las adicciones. Los estudios apoyan esta afirmación. De hecho, es bien sabido que con pequeños cambios en el estilo de vida de la población en general se logra una mayor reducción de los trastornos que si se concentran los esfuerzos sólo en los grupos de riesgo o en los enfermos[60].

Quedan muchas posibilidades de trabajos futuros. Entre ellas, el análisis de la responsabilidad social, la responsabilidad familiar, la de las figuras públicas que fomentan la buena o mala conducta, del Estado y de los políticos, de los industriales que promueven los casinos, de los pequeños empresarios de un bar donde se fomenta el uso indiscriminado de las máquinas de juego, etc. Tal vez incluso el desarrollo de una herramienta de evaluación que considere la responsabilidad y nos permita comprender la gravedad, el pronóstico y la evolución de las adicciones y el comportamiento impulsivo incontrolado.

Espero vivamente que haya más trabajos teóricos y experimentales, que partan de una noción de responsabilidad como respuesta y apertura, y que podamos definir mejor cómo ayudar más a las personas adictas en esta dimensión esencial.


Notas bibliográficas sobre responsabilidad en las adicciones

[1] Benedicto XVI, Caritas in Veritate, 29 de junio de 2009, en AAS 101 (2009) 641-709, n. 76.

[2] Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition (DSM-5) APA Press, Washington DC 2013, 25.

[3] Juan Pablo II, Veritatis splendor, 6 de agosto de 1993, en AAS 85 (1993) 1133-1228, no. 33.

[4] J. Kagan, A Trio of Concerns, en "Perspectives on Psychological Science" 2 (4) 2007, 361-376. Jerome Kagan, profesor de psicología en Harvard.

[5] F. Künkel, Psicoterapia del carácter (Die Arbeit Am Charakter), Marfil S.A., Valencia 1966, 20.

[6] Aristóteles, Etica Nicomachea, trad. y notas de C. Natali, Laterza, Roma-Bari 1999, Libro III, 1113a, n. 5, 93.

[7] Cfr. J. Burggraf, voz Libertad en C. Izquierdo (dir.), J. Burggraf, F.M. Arocena, Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona 2006, 567-575.

[8] Cfr. P. Lersch, La estructra de la personalidad (Der Aufbau des Charakters), Scientia, Barcelona 1966 (4ª) pp. 465-468.

[9] Cfr. T. Nadelhoffer et al, The free will inventory: Measuring beliefs about agency and responsibility en "Consciousness and Cognition" 25, 2014, 27–41. Un 78 % de las personas estuvo de acuerdo con la propuesta citada; un 11 % estuvo en desacuerdo y un 11 % se mostró indiferente.

[10] Ver R. García de Haro, La vita cristiana. Corso di teologia morale fondamentale, Ares, Milán 1995, 442-447.

[11] Cf. Aristóteles, Ética Nicomacheana, Libro V, 1137a, n. 13, 211-213: Sobre la Virtud de la Justicia.

[12] Ver Tomás de Aquino, In II Sent., d. 25, q 1, a 4, a 5.

[13] R. García de Haro, La vita cristiana, 445.

[14] Véase Dante Alighieri, La Divina commedia, RadiciBUR, Milán 2007, Purgatorio, Canto XVIII, 337-343.

[15] Cfr. J.B. Rotter, Generalized expectancies for internal versus external control of reinforcement in "Psychological Monographs" 1966, 80, 1-28.

[16] Ver Vaticano II, Gaudium et spes, 7 de diciembre de 1965, n. 10.

[17] E. Rojas, Una teoría de la felicidad CIE, Madrid 1998 (25ª) 252.

[18] Ver Vaticano II, Dignitatis Humanae, 7 de diciembre de 1965, n. 1.

[19] Juan Pablo II, Discurso a un grupo de ex drogadictos recibido con ocasión del Día Mundial contra la Droga, 24 de junio de 1991, Nº 2, en "Insegnamenti" XIV, 1 (1991) 1783-1785 (en italiano).

[20] Cfr. G.M. Heyman, Addiction: A disorder of choice, Harvard University Press, Cambridge 2009.

[21] Cfr. M.D. Lewis, Dopamine and the Neural ‘‘Now’’: Essay and Review of Addiction: A Disorder of Choice in "Perspectives on Psychological Science" 6, 2011, 150-155.

[22] Aristóteles, Ética Nicomacheana, Libro III, 1114a, No. 7, 97.

[23] Véase C. Reczek, The promotion of unhealthy habits in gay, lesbian, and straight intimate Partnerships in "Social Science & Medicine" 75, 2012, 1114-1121. El artículo aborda la responsabilidad personal de un cónyuge por la salud del otro, pero no aborda las cuestiones antropológicas subyacentes.

[24] Cfr. J.B. Hirsh, A.D. Galinsky, C. Zhong, Drunk, Powerful, and in the Dark: How General Processes of Disinhibition Produce Both Prosocial and Antisocial Behavior in "Perspectives on Psychological Science" 6, 2011, 415-427.

[25] Cfr. B.W. Roberts et al, The Power of Personality. The Comparative Validity of Personality Traits, Socioeconomic Status, and Cognitive Ability for Predicting Important Life Outcomes in "Perspectives on Psychological Science" 2/4, 2007, 313-345.

[26] Cfr. D.A. Charney, E. Zikos, K.J. Gill, Early recovery from alcohol dependence: factors that promote or impede abstinence "Journal of Substance Abuse Treatment" 38, 2010, 42-50.

[27]Cfr. A. Solgenitsyn, Un día en la vida de Iván Denísovich, Tusquets, Barcelona 2008, p. 68.

[28] Cfr. C.E. Köpetz y otros, Motivation and Self-Regulation in Addiction: A Call for Convergence en "Perspectives on Psychological Science" 8, 2013, 3-24.

[29] Cfr. P.A., Fructuoso, Conductas adictivas, en J. Cabanyes, M.A. Monge (editori), La salud mental y sus cuidados, Eunsa, Pamplona 2010, pp. 387-394; J.R. Varo, Adicción al alcohol y a drogas, in ibidem, 395-405.

[30] A. Higuera-Matas y otros, La exposición de los adolescentes a los cannabinoides altera el sistema dopaminérgico estrial e hipocampal en el cerebro de ratas adultas en "Neuropsicofarmacología europea" 20 (12) 2010, 895-906.

[31] Sobre el tema de la drogadicción en Frankl, véase: W. Vial, La antropología de Viktor Frankl. El dolor una puerta abierta, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 2000.

[32] Cf. Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, Carta de los Agentes Sanitarios, Ciudad del Vaticano 1995 (4ª) (primera edición: octubre de 1994), nn. 92-103, 74-79.

[33] F. Bollorino, Psichiatria e virtualità, in F. Giberti, R. Rossi, Manuale di psichiatria, Piccin, Padova 2009 (VI edizione aggiornata) 564.

[34] Ibid.

[35] En inglés, AAA: Access, Affordability and Anonymity; cfr. A. COOPER, Sexuality and the Internet: Surfing into the new millennium en "Cyber Psychology and Behavior" 1, 1998, 181-187.

[36] Cfr. A. Kor et al, Psychometric development of the Problematic Pornography Use Scale in "Addictive Behaviors" 39, 2014, 861-868.

[37] Cfr. D.J. Kuss, M.D. Griffiths, J.F. Binder, Internet addiction in students: Prevalence and risk factors en "Computers in Human Behavior" 29, 2013, 959-966.

[38] P. Lersch, La estructura de la personalidad, 473.

[39] Juan Pablo II, Audiencia General, 22-XI-1978, n. 3.

[40] Ver P. Lersch, La estructura de la personalidad, 464-479.

[41] Ibidem, 470.

[42] Cfr. J.M. Ferrary Ojeda, voz Drogadicción, in J. Otaduy, A. Viana, J. Sedano (editori), Diccionario general de Derecho Canónico, Vol. III, Universidad de Navarra, Aranzadi, Pamplona 2012, 492-496. Se hace referencia al canon 1095.

[43] Cf. K. Wojtyla , Persona y ación, Palabra, Madrid 2011, 163.

[44] Aristóteles, Étca Nicomachea, Libro III, 1111b.

[45] Véase M.M. Easter, Not all my fault: Genetics, stigma, and personal responsibility for women with eating disorders en "Social Science & Medicine" 75, 2012, 1408-1416. El impacto en los pacientes de considerar la enfermedad como genética es diferente dependiendo del diagnóstico.

[46] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theol., I-II, q. 24, a. 3; q. 77 a. 2; D. Biju-Duval, La profondità del cuore. Tra psichico e spirituale, Effatà, Cantalupa (Turín) 2009, 81-85.

[47] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1735.

[48] Ver Tomás de Aquino, Summa Theol., I-II, q. 6, a. 6.

[49] C. Cazzullo, La libertà nell’interpretazione della struttura e della dinamica della personalità. Prospettiva psicobiolo-gica, en F. Russo, J. Villanueva (ed.), Le dimensioni della libertà nel dibattito scientifico e filosofico, Armando, Roma 1995, 37-48; J. Cervós-Navarro, S. Sampaolo, Libertà umana e neurofisiologia, en ibid., 25-34.

[50] M. Scheler, L'eterno nell'uomo, Fabbri, Milán 1972, 143; véase el capítulo Pentimento e rinascita, 139-171.

[51] Cfr. T.A. Steenbergh y otros, Neuroscience exposure and perceptions of client responsibility among addictions counselors en "Journal of Substance Abuse Treatment" 42, 2012, 421-428.

[52] Véase V. Frankl, La presencia ignorada de Dios. Psicoterapia y religión, Herder, Barcelona 1991 (8ª), pp. 27-32.

[53] K. Jaspers, Verità e verifica. Filosofare per la prassi, Morcelliana, Brescia 1986, 173.

[54] V. Frankl, Logoterapia e analisi esistenziale, Morcelliana, Brescia 1972, 99.

[55] Véase Ibidem, 83-86.

[56] Cfr. N. Park, C. Peterson, Achieving and Sustaining a Good Life en "Perspectives on Psychological Science" 4/4, 2009, 422-428.

[57] Cf. Aristóteles, Ética Nicomacheana, Libro III, 1119a, n. 14, 121.

[58] Cfr. D. Burns, Feeling good. The New mood therapy, Harper Collins, Nueva York 2009, 119-121.

[59] Cfr. N. Park, C. Peterson, Achieving and Sustaining a Good Life, 422-428.

[60] Cfr. F.A. Huppert, A New Approach to Reducing Disorder and Improving Well-Being en "Perspectives on Psychological Science" 4/1 2009, 108-111; Id., Positive mental health in individuals and populations en F.A. Huppert, B. Keverne & N. Baylis (editori), The science of well-being, Oxford University Press, Oxford 2005, 307-340.