Vivir y enseñar a amar,


Vivir y enseñar la aventura del amor



Formación de la afectividad. Aprender a amar para estar en sintonía con Dios, con los demás y con el mundo. Tener una brújula para amar. Capítulo del libro Amar y enseñar a amar

Paul O'Callaghan, experto en teología y antropología, profundiza en el arte de amar y saber esperar para vivir felices y responder con plenitud, tanto en el celibato como en la vida matrimonial. Se describe una afectividad sana que sabe dar nombre a lo que siente.


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Índice de temas

1. Querer ser querido

2. Algunas dificultades en el arte de amar

3. La clave del amor

4. Dinámica de gratificación diferida

5. Educar para disfrutar de la aventura del amor                

                - El recurso a la oración

                - Compartir lo que de Dios recibimos

                - Aprender a perdonar

                - Esfuerzo positivo o combate espiritual

                - Castidad y amor verdadero

                - Saber esperar para saber amar                    


1. Querer y ser querido

Todo el mundo quiere ser querido. El aprecio y el afecto por parte de los demás llenan el corazón de complacencia, de paz, de felicidad, de ánimos, de ganas, de energía, de bienestar. El hecho de ser amado encuentra una resonancia muy profunda en el espíritu humano. Quien es amado se siente afirmado, valorizado, dignificado, respetado, con una identidad consolidada. 

Pero no todo el mundo está dispuesto a amar, a amar de modo eficaz, sacrificado, perseverante y generoso. ¡Ser amado, sí, todos! Amar, no tanto. Y ahí comienzan los problemas. Porque si las personas comienzan a amar menos porque no son queridas, los posibles destinatarios de ese amor se sentirán menos amados, quizá defraudados… y por lo tanto menos dispuestos a corresponder a lo que han recibido. Se trata de una especie de círculo vicioso con el que se acaba amando cada vez menos.

Para el cristiano, sin embargo, el amor hacia el prójimo no es optativo. Es sencillamente esencial para su vida. Es el mandamiento del Señor. Hasta el punto de que sin él no es posible decir que se ama a Dios (cfr. 1 Jn 4, 20). De hecho, la persona que no ama, que no se dona generosamente, no conoce de verdad a Dios y no lo conocerá nunca, pues, como dice san Juan, «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8.16). 

Quien no sepa amar no entrará nunca en sintonía con el Dios de Jesucristo; no habrá conexión, no habrá, como suele decirse, feeling. Y el problema es este: si el amor no despega en la vida de una persona, esta entrará antes o después en un círculo vicioso marcado por el individualismo, el aislamiento y la tristeza. De algún modo se puede decir que quien no ama se muere, o por lo menos se muere en parte: se vuelve como un zombi, ausente, atontado, aturdido, reducido en su misma humanidad.


2. Algunas dificultades en el arte de amar

Los filósofos estoicos, que florecieron durante los tres siglos que precedieron a Cristo, se esforzaron positivamente para conseguir que la gente no amase; más aún, que no buscasen ser amados. Se dieron cuenta de un hecho de experiencia: que el amor muchas veces produce hastío y sufrimiento (sobre todo cuando es rechazado). Y el hombre, que quiere ser feliz, no busca el sufrimiento, ¡todo lo contrario! Por tanto los estoicos buscaban la eliminación de las pasiones, lo que llamaron apatheia, indiferencia para con el mundo y los demás. Pero así se acaba no amando.

Sin embargo, el querer no se limita a la pura donación, a la generosidad sin más. Quien ama quiere necesariamente recibir, ser reconocido, apreciado, amado. Quiere ser querido. Hasta Dios mismo busca la respuesta del hombre cuando le crea y le salva. En la lengua latina hay dos palabras distintas para expresar esta idea: amare y redamare, es decir, amar y corresponder al amor. Sería imposible para el hombre vivir y amar sin ser amado, dar sin recibir, empeñarse sin ser reconocido. Estamos hechos así; recibimos más de lo que damos. El cristiano, que se sabe criatura de Dios, lo sabe perfectamente.

El problema comienza cuando las personas no están dispuestas a respetar los tiempos y la realidad concreta del amor, y pretenden ser reconocidas y amadas enseguida, sin solución de continuidad, sin esperar. Buscan un rédito inmediato para la inversión afectiva que han realizado. Por eso el deseo de ser amado y reconocido por los demás, natural por otra parte, necesita ser educado o disciplinado. 

Si las personas intentan recibir cuanto antes una gratificación mayor, antes o después verán que las relaciones con los demás se van deteriorando. Primero se volverán incapaces de amar a los necesitados, a los que en ese momento son incapaces de responder o simplemente no quieren responder. Y luego dejarán completamente de amar a los demás. Cuidarán solamente de las amistades de las que obtienen beneficio, se ofenderán fácilmente, dejarán rápidamente de darse a los otros, se volverán perennemente infelices e infieles, echarán la culpa a los demás.

Para los cristianos sería particularmente grave si se diese este fenómeno. Si los cristianos no son capaces de amar con madurez y perseverancia, sin recibir continuamente unas gratificaciones que solo los niños pequeños o las personas enfermas podrían pretender legítimamente, perderán la sal y la luz, la capacidad de hacer visible el amor generoso y paciente de Dios, presente en su corazón por medio de la virtud infusa de la caridad. Amarán solo a algunas personas: a aquellos a quienes saben que caen bien y recompensan enseguida sus esfuerzos. 

Los episodios bíblicos que hablan de los malos tratos que Jesucristo anunció a los suyos –por ejemplo, cuando dijo que hay que ofrecer la otra mejilla (cfr. Mt 5, 39)– podrían interpretarse como signos de debilidad, de poca fortaleza humana. Pero en realidad son muestras claras de fortaleza en personas capaces de aguantar pacientemente el sufrimiento, la incomprensión, el dolor, el premio diferido. Dirán: «El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23, 1). En efecto, al cristiano se le pide tener la piel curtida o endurecida, al menos en algunas circunstancias.


3. La clave del amor

Vemos así que la clave del amor está en la capacidad de gestionar bien la dinámica de la gratificación inmediata, y concretamente en saber diferirla. En los años 60 del siglo pasado Walter Mischel, profesor de la Universidad de Stanford, en los Estados Unidos, hizo un experimento que llegó a ser muy conocido: el llamado experimento del malvavisco (marshmallow en el inglés original). 

Mischel daba esos dulces blandos y gomosos, muy apreciados por los pequeños, a un grupo de niños de unos cuatro años. Dejaba delante de ellos otro marshmallow que podían tomar si querían, pero se les explicaba que, si sabían esperar unos veinte minutos sin tomar el segundo dulce, recibirían otros dos. El dilema para los niños era notable: tomar el dulce enseguida o esperar para acabar teniendo más. Muchos lograban esperar, otros, no.

El mismo profesor Mischel siguió a estos chicos durante muchos años y encontró que los que habían sabido esperar a la tierna edad de cuatro años sabían esperar también más tarde, y gozaban de una vida más lograda: un trabajo mejor remunerado, un matrimonio más estable, más amigos e intereses, menos problemas con el alcohol, la droga y la sexualidad. Y no debería sorprender que las cosas sean así: en efecto, quien sabe vivir sin buscar enseguida la gratificación que le es debida sabrá gestionar mucho mejor la vida, conseguirá invertir inteligentemente sus talentos y energías, esperando para obtener resultados mayores. 

En cambio, las personas que no saben diferir la gratificación que corresponde a sus acciones acaban teniendo problemas y dificultades en muchos campos, en particular los que se refieren a los sentidos, las pasiones, la sensibilidad humana, los afectos, los sentimientos. Se encontrarán frecuentemente arrastrados por los caprichos de sus inclinaciones y deseos, que vienen y van, que surgen y desaparecen, que se intensifican para luego desaparecer. 

No son libres de verdad aunque tengan la sensación pasajera de serlo, sino más o menos esclavizados, adictos. No son felices, o mejor, lo son de vez en cuando, de modo efímero… Lo cierto es que no encuentran satisfacciones profundas y duraderas. Es casi inevitable que en ciertas circunstancias estas personas busquen compensaciones narcisistas e insolidarias de todo tipo: sexual, abuso de sustancias, maltrato de las personas, etc.


4. Dinámica de gratificación diferida en el amor verdadero

La pregunta es: ¿cómo conseguir que las personas sepan invertir generosa y establemente en la vida de las demás personas, es decir, que sepan amar sincera y fielmente? Y eso aunque tengan la impresión (pasajera) de que «malgastan su dulzura en el aire del desierto»[1], como dice el poeta inglés Thomas Gray. En inglés se dice a menudo forgive and forget, es decir, conviene perdonar y luego olvidar. 

Pero quizá lo que va al fondo de la cuestión es poder decir give and forget, que quiere decir que conviene dar y luego olvidar. Eso es amar generosamente, magnánimamente, sin intentar dictar los tiempos y el modo de la respuesta que, sin duda, se desea y espera obtener. Con todo, podemos estar convencidos de la verdad de las palabras de san Juan de la Cruz: «donde no hay amor, pon amor y sacarás amor»[2]

Los que no contabilizan demasiado el precio de amar, los que se dan sin tasa sin estar dominados por el placer inmediato de ser amados, sino que son sensibles a las necesidades reales de los que tienen alrededor, serán premiados más allá de todos sus sueños. Pero lo serán en los tiempos de Dios, cuando Dios quiera y como Dios quiera. Hay que aprender a soltar las riendas del amor, renunciar a calcular las acciones y sus efectos. 

Quien premia es Dios, aunque sea por medio de otras personas. ¡Esta es la aventura del amor!

Hay dos textos en la Sagrada Escritura, entre otros, que hablan de esta dinámica. El primero se encuentra en el Salmo 127, 5-6. Al sembrador se le dice:

«Los que siembran con lágrimas cosechan entre cantares de alegría». Y luego: «Al marchar iban llorando, llevando las semillas. Al volver vienen cantando, trayendo sus gavillas». El sembrador sufre y llora experimentando y recordando la fatiga de tener que esparcir la semilla. No ve el fruto, el resultado, sino que lo espera. Mientras tanto la semilla muere, deja de existir, parece desaparecer en la tierra. Pero los meses pasan, vienen las lluvias, el frío y el sol. 

Las semillas escondidas bajo la tierra densa, dura y oscura empiezan a brotar, a buscar la luz. Poco a poco aparece en el campo un matiz verde, apenas perceptible, que habla de esperanza. Y luego viene el fruto maduro, nutritivo, abundante… Y ahora, después de meses de espera, el sembrador, el que había llorado y sufrido, canta, ríe, goza de la abundancia de la siega. Así es la vida de la persona que ama y sabe esperar, sin certezas, sin seguridades… pero goza de su amor más que nadie.

El otro texto representa una promesa del Señor, que dice: «Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19, 29). Es el mismo mensaje: el que ama de modo sacrificado recibirá un gran premio de Dios, en esta vida y en la vida eterna. Lo del ciento por uno vuelve a aparecer en un texto lucano que habla, como el Salmo, de la cosecha: «Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al echar la semilla, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo […]. Y otra cayó en la tierra buena, y cuando nació dio fruto al ciento por uno» (Lc 8, 5.8).

De hecho, todo el mensaje moral del Nuevo Testamento está enfocado en la promesa futura que premia el esfuerzo actual de los discípulos de Cristo.

«Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados» (Mt 5, 4-6). Todas las bienaventuranzas expresan el esfuerzo, el sufrimiento actual, pero vividos de cara al premio futuro. Como vimos, la Sagrada Escritura no hace más que promover lo que hoy en día llamamos una dinámica de la gratificación diferida.


5. Educar para disfrutar de la aventura del amor

¿Qué pueden hacer las personas para adquirir el hábito de amar desinteresadamente? ¿Cómo educar para gozar de la aventura del amor? Aquí van seis sugerencias.

La primera: la importancia de comenzar y perseverar en la oración. Dios da su gracia cuando quiere, y con ella una extraordinaria capacidad de amar a lo divino, llamada caridad. Pero Dios nos pide el esfuerzo de rezar, mental y vocalmente, aunque tengamos la impresión de perder el tiempo y de que nuestra plegaria es inútil. Porque en la oración se trata de descubrir no solo la cercanía, el consuelo y la luz de Dios, sino también su alteridad, su distancia… la necesidad de abandonarnos en Él con fe, sin tener la seguridad que nos prestan los sentidos, el tacto, el oído, la vista. 

En la oración se aprende a renunciar a controlar nuestra situación y nuestra vida. Nos descubrimos en las manos de Dios, unas manos que son fuertes y paternas pero que no son nuestras manos.

En segundo lugar, hace falta convencerse a la luz de la fe de que todo –completamente todo– lo que tenemos a nuestra disposición lo hemos recibido de Dios. Todo, talentos y capacidades, de naturaleza y de gracia, son enteramente una donación divina. Aunque lo hayamos recibido por medio de otras personas en distintos momentos de la vida, aunque lo hayamos hecho propio (pues nada de lo que tenemos a nuestra disposición es realmente nuestro), aunque dispongamos de ello… 

Por esa razón, cuando ofrecemos a otras personas lo que tenemos, es decir, cuando amamos generosamente, no tiene ningún sentido darnos la enhorabuena por nuestra aparente magnanimidad. Más bien el amor de Dios que nos llena de sus dones nos empuja, nos obliga casi, a amar, a dar generosamente sin pasar recibo, sin sentir tristeza cuando no nos sentimos reconocidos y agradecidos.

Cuando el Señor comienza a enseñar a los discípulos para que salgan de dos en dos a prepararle el camino, tal como relata el evangelista san Mateo en el capítulo 10, parece como si les quitase cosas en vez de darles, como si les pusiese obstáculos en vez de ofrecerle ayudas: «No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón» (Mt 10, 9-10). Y lo hace con una expresión que va al corazón mismo del evangelio, les dice: «Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» (Mt 10, 8). 

Habían recibido todo como puro don; por lo tanto debían darlo todo sin poner pegas de ningún tipo, sin considerar que estaban haciendo un gran favor a Dios o a la humanidad. La misma actitud se encuentra en otro lugar del evangelio, cuando el Señor invita a los discípulos a responder: «Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10).

En muchas ocasiones la sencillez y espontaneidad con que el creyente ama a los demás, los perdona, los quiere, los protege, los defiende y habla bien de ellos, llevará a estos últimos a reconocer que hay en sus vidas algo especial, quizá algo de divino, algo invisible, una generosidad que se sale de lo normal, el «buen olor de Cristo» (2 Co 2, 15). Así quizá se pueda entender la enigmática exhortación de Jesús:

«Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5, 16). Viendo las buenas obras de los cristianos, vividas con generosidad, los demás perciben algo más, algo que supera las fuerzas de la criatura, y dicen: «esto es de Dios», dan gloria al Padre celestial. San Agustín observó con su habitual agudeza que «quien no dona [a los demás] es desagradecido hacia Quien le ha colmado de sus dones»[3].

El cristiano está convencido de que el poder darse generosamente a los demás es un gran privilegio que Dios ha hecho posible en su vida. En términos objetivos esa donación más que otra cosa es un acto de recibir; todo lo recibimos de Dios y damos a los demás lo que antes nos había dado Dios, y nos lo había dado además para ellos. Se puede pensar en el hombre rico del evangelio cuyas tierras dieron mucho fruto (cfr. Lc 12, 16-20); retiene todo para sí, sin compartir, cerrando su corazón: «Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes». Y se dice a sí mismo: «Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete». 

Los bienes que por esfuerzo o por fortuna tenemos a nuestra disposición no son nuestros, sino de Dios, y están destinados a los demás. En este sentido el cristiano ama, se da con un corazón agradecido, con un espíritu eucarístico, contento de poder enriquecer al otro aunque no vea los resultados, dichoso porque está acumulando tesoros en el cielo (cfr. Mt 6, 20), seguro en la fe que tiene en las palabras del Señor, pues «tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará» (Mt 6, 6).

La tercera sugerencia es el perdón. Aquí alcanza su punto más elevado la vida del cristiano. Dios, rico en misericordia, perdona al hombre que, aun siendo una criatura y solo una criatura, se rebela contra su Creador. Dios podría aplastar al pecador, eliminarlo sin más. Quizá sería la cosa más justa, la más apropiada. De hecho parece a punto de hacerlo en varios momentos de la historia de la salvación, pero no lo hace, no condena al pecador arrepentido. Lo perdona, y lo perdona de todo corazón, infundiendo en él su propia vida, hasta el extremo de hacerle hijo suyo, hijo por gracia, y por ende heredero eterno. «Dios perdona todo y perdona siempre», repite con frecuencia el Papa Francisco. 

Y este extraordinario modo de obrar de Dios nos mueve, a pesar de los deseos de venganza que pueden surgir en el corazón humano, a perdonar a los demás de todo corazón «hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22). Sin esa disposición de fondo por parte del cristiano, Jesús nos recuerda que Dios podría llegar al extremo de negarnos su perdón. «Perdonad si tenéis algo contra alguno, a fin de que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestros pecados» (Mc 11, 25).

Ese esfuerzo por perdonar, por olvidar, por pasar por alto, por no exagerar las faltas ajenas, por tratar bien a todas las personas, hagan lo que hagan, plasma como pocas cosas el corazón del hombre, lo hace crecer, lo hace capaz de amar. El amor propio, que en muchos hombres se hincha desproporcionadamente, queda redimensionado, debidamente ordenado, colocado en su sitio. Queda en una medida razonable, y las demás personas son amadas, si cabe, con un amor más grande que el amor natural que uno tiene por sí mismo. 

 Perdonar no es señal de debilidad; todo lo contrario, es signo de grandeza. Primero, porque el cristiano cree que será Dios quien premie (o castigue) las buenas (o malas) obras de los demás, y no quiere ocupar el lugar de Dios en un acto de tanto peso. Y segundo, porque perdonar requiere un gran dominio de sí para evitar que los deseos de venganza tuerzan el juicio y acaben dañando al otro más allá del mal que él se ha infligido a sí mismo al pecar.

La cuarta sugerencia consiste en la vida ascética, el combate espiritual. Conviene que los hombres nos tratemos a nosotros mismos con una cierta firmeza, casi se podría decir dureza, con algo de intolerancia (no hacia los demás, se entiende, sino hacia los propios caprichos). Así debemos actuar en el comer, en el beber, en el dormir, en relación con el entretenimiento, la comodidad, la vista… Son cosas nimias, pero repetidas y frecuentes, que configuran el carácter día tras día, consolidan las virtudes, refuerzan la voluntad para que los disgustos de la vida no acaben disminuyendo o amargando el amor. Unos disgustos que a veces provienen de la gratificación diferida pero que no deben influir demasiado en las decisiones, torcer el juicio, quitar la libertad ni paralizar el amor. 

La Madre Teresa de Calcuta expresaba así su propia experiencia: «He descubierto la paradoja de que, si amas hasta que duele, deja de haber dolor, pues solo hay más amor». El que ama es capaz de sufrir, de aguantar; sobre todo puede sufrir por los demás, para que no tengan que sufrir tanto. Como Jesús, que poco antes de ser llevado a la muerte decía a sus verdugos ante los discípulos: «Os he dicho que yo soy; si me buscáis a mí, dejad marchar a estos» (Jn 18, 8).

Quinta sugerencia: lo que acabamos de decir se aplica particularmente a la castidad, virtud que regula el apetito sexual de las personas, haciéndolas capaces de amar de verdad, sin buscar una gratificación sensual inmediata, dispuestos a esperar, a respetar los tiempos del amor. 

Es sorprendente saber que el filósofo Max Horkheimer, de la Escuela de Frankfurt, ateo, se mostró favorable a la encíclica de san Pablo VI Humanae vitae (1968), en la que se repite la enseñanza cristiana sobre la ilicitud de los medios anticonceptivos. En una entrevista de 1970 le preguntaron: «¿no es la píldora [anticonceptiva] una señal de progreso, teniendo en cuenta el tercer mundo y los problemas de la sobrepoblación?». Y Horkheimer respondió: «Mi deber es recordar a las personas el precio que deben pagar por este “progreso”. El precio que hay que pagar es la aceleración de la pérdida de nostalgia, la nostalgia de la persona amada. La dimensión sexual está siempre presente. Pero cuanto más grande es la nostalgia de la unión con la persona amada, más grande se hace el amor»[4].

Ahí está el dilema. Quien no vive bien la castidad, quien tiene prisa por gozar de la gratificación que proviene del amor, acabará no amando. El verdadero amor, por el contrario, sabe mucho de esperas, de nostalgia, de tiempos largos, de añoranzas, de suspiros. Quien cede al disfrute sensible e inmediato que normalmente se asocia al amor humano acabará sabiendo muy poco del amor; se quedará con un corazón pequeño, esclavizado, narcisista. Peor todavía: acabará sabiendo poco de la persona que cree amar.

Y esta dinámica tiene lugar en todas las faltas sexuales: la pornografía, la prostitución, la masturbación, la fornicación, el adulterio, las relaciones homosexuales, el uso de los anticonceptivos… En todas estas situaciones se deja de amar a la persona, convirtiéndola en un objeto al servicio de la propia gratificación, se la instrumentaliza egoístamente, se la quiere como un mero objeto.

Siempre se da la misma dinámica, la misma impaciente incapacidad de esperar, de respetar los tiempos, de aceptar los ritmos del cuerpo humano, de la materia, de la vida. Quizá por esto hay algo de gnóstico en todas las faltas contra la castidad, algo que va contra la materia, el tiempo, el cuerpo, algo que niega la resurrección de la carne. 

Como decía Tertuliano respecto a los gnósticos, «nadie vive tanto según la carne sino los que niegan la resurrección de la carne»[5]

Un poeta inglés del siglo XVI, Francis Davison, lo dice así: absence makes the heart grow fonder: la ausencia –es decir, la nostalgia, la separación de la persona amada– hace crecer el afecto que está en el corazón. 

El que sabe esperar, el que sabe respetar la dinámica del propio cuerpo y el del otro, tiene todas las posibilidades de llegar a amar. El que cede enseguida a la búsqueda de la gratificación inmediata se vacía, se amarga, se pierde, se hace incapaz de amar. 

Sexta y última sugerencia. Tiene todas las posibilidades de llegar a amar, acabamos de decir. Porque también es cierto que quien espera, y espera, y espera… quizá no encuentre nunca el premio de su amor.

Quien ama quiere necesariamente ser amado, espera siempre su premio, venga cuando venga. Y si tiene que esperar demasiado, si no logra suscitar la respuesta de los demás, podría perder la esperanza de ser amado. El camino de la negación, del sacrificio, de la renuncia, no es necesariamente un camino de realización; con una vida así una persona puede llegar a ser amargada, solitaria o definitivamente egoísta si no experimenta el amor.

Es cierto que Dios no deja de premiar a los que se esfuerzan por amar desinteresadamente. Pero también hay que pensar en la importancia de que haya personas en la sociedad que simplemente aman, aman a los que no siempre son fáciles de amar, a los que se tiende a descartar, como dice el Papa Francisco: los ancianos, los niños no nacidos, los enfermos, los pobres, los feos, los toxicodependientes, los que llevan una vida desordenada, los que no agradecen...

Pero esto requiere una llamada especial de Dios, que infunde en las personas una capacidad especial de amar libremente a todos los hombres. Dante hablaba en el Paraíso del «amor que mueve el sol y todas las estrellas»[6], y ese amor es precisamente Dios. Pero los hombres que han aprendido a amar sabrán hacer algo similar, «mover el sol y todas las estrellas»… Y más todavía, porque con Dios sabrán enriquecer la vida de los hombres con un amor más grande. Se trata en efecto de una aventura del amor que no termina nunca.

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[1] T. GRAY, “Elegía sobre un cementerio de aldea”, en A. RUPÉREZ, Antología esencial de la poesía inglesa, Austral, Madrid 2000, p. 171.

[2] SAN JUAN DE LA CRUZ, Carta del 6 de julio de 1591.

[3] SAN AGUSTÍN, Sermón 260, 2.

[4] M. HORKHEIMER, La nostalgia del totalmente Altro, Queriniana, Brescia 19904, p. 87ss.

[5] TERTULIANO, De resurrectione, 11, 1.

[6] DANTE, La Divina Comedia, Canto XXXIII, 145.



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