Personalidad madura y Logos en Viktor Frankl

Atraídos por los sentidos y los valores, logoterapia y vida cristiana, logos cristiano, madurez y sentido de la vida, voluntad de sentido, adolescencia feliz, etapas de la vida, madurez por etapas



Crecer atraídos por el sentido de la vida y los valores 

según Viktor Frankl



Wenceslao Vial Mena


Relaciones y vínculos en la existencia humana. 

La lección de Viktor Frankl. Capítulo cuarto.


En nuestra sociedad hiperconectada es importante preguntarse sobre la relacionalidad de la persona. El pensamiento de Viktor E. Frankl, fundador de la logoterapia, ofrece una perspectiva muy eficaz para reflexionar sobre el papel de las relaciones y los vínculos en la existencia humana en el contexto actual, marcado por la influencia del individualismo y la mentalidad consumista. 



Original en Italiano.

Veremos cómo crecer y ayudar a crecer felices, encontrar el sentido a las adversidades y descubrir el Logos cristiano. Las etapas de la infancia, la adolescencia, la vida adulta y la vejez adquieren cartacterísticas de misión.

La madurez es el arte de vivir bien.


Índice



1. Algunas aclaraciones conceptuales: personalidad y madurez

La personalidad es un concepto aparentemente sencillo, que proviene del latín medieval personalitas, y define a una persona frente a los demás y frente a sí misma. Es una organización dinámica[1], la forma de ser de cada uno que se conforma permanentemente en el transcurso de la vida, con un flujo de experiencias que van y vienen de la conciencia al inconsciente.

Tiene dos componentes: el temperamento, de origen congénito, que se desarrolla desde el nacimiento; y el carácter, del griego huella en las monedas instrumento para grabar, que corresponde a los aspectos adquiridos -grabados- bajo la influencia de factores externos. A veces se habla indistintamente de carácter y personalidad. El interés por el tema ha aumentado mucho desde que los trastornos de la personalidad se consideran más ampliamente como una causa importante de sufrimiento y enfermedad[2].

Dar una definición de madurez es aún menos fácil porque no es un estado, sino un proceso que dura toda la vida. Viktor Frankl no desarrolla su propia teoría de la personalidad madura, pero su pensamiento es esclarecedor. El propósito de este artículo será destacar algunas contribuciones a la psicología de la personalidad realizadas por su idea central: el logos, y aplicarlas a algún aspecto particular. Hay que decir que todavía hay pocas referencias al psicólogo vienés en estudios específicos o libros de texto sobre la personalidad [3].

Veamos primero qué significa logos. Es un término griego que tiene muchos significados relacionados con el concepto de palabra: argumento, afirmación, respuesta, razonamiento, decisión, razón, pensamiento y otros[4]. También puede indicar conceptos como valor, significado o sentido; de hecho, así lo utiliza Frankl: el logos es para él el sentido o significado de la realidad, las experiencias, las actitudes... y los valores.

El logos no se encuentra en el hombre, sino fuera de él. Como en un cuadro donde "el punto de fuga" que nos permite construir la perspectiva está fuera del cuadro, el significado y los valores también están fuera de nosotros. De ahí la corriente de psicoterapia que fundó, la logoterapia, cuyo objetivo es "repensar el sentido y los valores"[5].

El logos no sólo está presente en nuestra mente, pues no podría atraernos, sino que tiene una existencia objetiva independiente. Por eso Frankl repite con frecuencia que no se inventa, sino que se descubre. El sentido es único y personal; los valores, en cambio, son como un sentido universal, compartido por diferentes seres humanos a lo largo de la historia: se observan en muchas personas, en las situaciones comunes de la vida. Veremos cómo la existencia de cada mujer y hombre conserva su sentido, aunque falte la capacidad de captar o realizar ciertos valores[6].


2. Estar en tensión hacia el sentido y los valores

    La intuición que Frankl toma como punto de partida es la voluntad de sentido: existe una tendencia humana innata a llevar una vida lo más llena de sentido posible, en todas las personas, independientemente de la raza, el sexo, la inteligencia, el nivel de educación, la religión o la confesión religiosa[7]. Esta fuerza motivadora no es pasiva, sino que es una tensión radical profunda por encontrar algo o alguien que dé sentido a la propia vida, por descubrir el logos[8]. Puede ser peligroso negar u olvidar la existencia de este logos fuera de uno mismo, o no admitir la tensión que nos impulsa a buscarlo.

    Entre los pensadores que niegan el sentido de la existencia, destaca Friedrich Nietzsche (1844-1900) con su voluntarismo materialista, que reduce todos los fenómenos humanos a algo infrahumano. Nietzsche es el gran observador de sí mismo: se sumerge en una introspección extrema de su vida, sin mirar hacia fuera para descubrir las razones, los valores, o los estímulos para mejorar. Vivir significa "repeler sin tregua de uno mismo algo que quiere morir; ser cruel y despiadado contra todo lo que se debilita y envejece en nosotros y no sólo en nosotros"[9].

    También para Jean Paul Sartre (1905-1980) el ser humano sólo tiene sentido en sí mismo. Los valores e ideales son algo inventado. El hombre está "solo sin excusa"; no es más que lo que hace de sí mismo, "un proyecto". Está solo con sus actos y con su vida, que consiste en avanzar y dirigirse hacia la nada: una amarga realidad que hay que aceptar con heroísmo trágico. A los que le acusan de pesimista, responde: "no hay doctrina más optimista, porque el destino del hombre está en el propio hombre"[10]. Albert Camus (1913-1960) llega a conclusiones similares, pero se da cuenta de la necesidad de descubrir una razón para sobrevivir: "sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el del suicidio"[11].

    La negación del logos que se da en algunas corrientes de la psicología, particularmente en las escuelas psicodinámicas, resulta en el determinismo. El ser humano no se sentiría atraído por algo que existe fuera de él, sino que siempre está en todo impulsado por los instintos. La creencia en una tensión hacia los ideales o significados se volvería peligrosa.

    Sigmund Freud (1856-1939), escribiendo a la princesa Marie Bonaparte, dijo: "cuando te preguntas por el sentido y el valor de la vida, estás enfermo, ya que ambos problemas no existen en sentido objetivo; sólo has reconocido que tienes una libido insatisfecha"[12].

    Frankl piensa de otra manera: el hombre se dirige hacia un sentido, lo conozca o no, lo acepte o no. Y cualquier person, la gente común, puede darse cuenta de esto. La cuestión del sentido de la vida es para muchos un hecho, no una cuestión de fe [13]. Todo hombre debe encontrar el sentido, en cada situación, a través de su conciencia.

    El hombre común, sin embargo, puede intentar eliminar de sí mismo cualquier forma de tensión: la tensión de tipo existencial, el compromiso voluntario e inteligente de encontrar el logos; y la tensión más relacionada con los acontecimientos ordinarios, que no siempre y en todo grado es perjudicial, porque sirve como mecanismo de defensa para escapar de los peligros y como estímulo para afrontar determinados retos como el estudio o una competición deportiva.

    Están de moda las prácticas espirituales que se presentan como una forma de reducir el estrés y encontrar la paz interior, así como los métodos de gimnasia, las dietas equilibradas y los cursos de todo tipo con el mismo fin. En la educación familiar y escolar, a menudo tratamos de evitar cualquier circunstancia que provoque ansiedad. 

    Es cierto que los factores estresantes pueden perturbar el crecimiento de la personalidad, pero a veces exageramos en el esfuerzo -que puede ser contraproducente- por reducir cualquier tensión. Incluso llegamos a no señalar normas de conducta y a no corregir a los niños para no crearles traumas. C.S. Lewis, en su Brindis de Berlicche, subraya con agudeza el problema y hace que su personaje Berlicche, un diablo experimentado que se encuentra en el infierno como invitado de honor en la escuela de jóvenes tentadores, exclame: "un trauma, por Belcebú, ¡qué palabra tan útil!" [14]

    Para evitar el trauma se puede eliminar cualquier impulso positivo, hacer desaparecer la sana competitividad y debilitar o ridiculizar el concepto de lucha, de esfuerzo personal, de búsqueda de la verdad y la virtud. Parece una paradoja, pero el desarrollo de la personalidad no está primordialmente marcado por la tendencia al equilibrio.

    El niño que se convierte en adulto recorre un arduo camino lleno de tensiones para salir de sí mismo. San Agustín utiliza un ejemplo eficaz de esta tensión autotrascendente: "los niños -escribió- son más débiles que los animales jóvenes en el uso y movimiento de sus miembros y en las facultades de conseguir y evitar. Parece que el vigor del hombre se eleva con tal superioridad sobre los demás animales de la misma manera que un rayo, retraído mientras tiende su arco, refuerza su propio impulso"[15].

    Bastantes teorías de la personalidad ignoran la tensión hacia el logos y destacan la importancia del equilibrio, como forma y criterio de madurez. Uno de los autores más influyentes en este ámbito es Abraham Maslow (1908-1970). Para él, el parámetro central es el "buen crecimiento hacia la autorrealización"[16]. Sobre esta base, desarrolló su teoría de las necesidades: hay valores o bienes humanos intrínsecamente buenos y deseables, que están ordenados jerárquicamente.

    El crecimiento de la personalidad sigue un camino ascendente, piramidal, en el que primero se satisfacen las necesidades más bajas para hacer posibles las más altas. En la base de la pirámide están las necesidades fisiológicas (nutrición, respiración, sexualidad), seguidas de las necesidades de seguridad, amor y pertenencia, de ser estimado, de valores cognitivos, de estética y, finalmente, como grado máximo de madurez, de autorrealización.

    Algunos signos de esta madurez son la percepción efectiva de la realidad; la aceptación de uno mismo, de los demás y de la naturaleza; la espontaneidad; el desapego, la independencia de la cultura y del entorno; el optimismo y la capacidad de contemplación; la sociabilidad, la empatía y la simpatía; la capacidad de amar; la tolerancia y la flexibilidad; la creatividad y la originalidad; la autoafirmación y la actuación según el propio criterio. Estas características pueden interpretarse como una tendencia hacia otras personas.

    En Maslow, sin embargo, predomina el énfasis en el ego y su estabilidad. Sostiene que el ser humano es por naturaleza bueno, sociable, amable, pero que ha sido complicado por las religiones y los prejuicios, como el pecado original o las reglas morales. El que es maduro -lo que significa sano- debe olvidar estos preconceptos y guiarse sólo por su deseo innato de autorrealización. Todo hombre debería recordar la máxima de Nietzsche: "¡Sé lo que eres!"[17]

    Las ideas de Maslow dieron lugar a diversas formas de psicoterapia que tienden a sobrevalorar los instintos o las necesidades. El hombre es víctima de un reduccionismo fácil: casi como una planta, crecerá según lo que reciba del entorno. Los ideales o valores como fuentes de motivación se olvidan o pasan a un segundo plano. Maslow transforma la frase de San Agustín "ama y haz lo que quieras" en "sé sano y podrás confiar en tus impulsos"[18]

    Los autores partidarios de la idea del equilibrio del yo se han agrupado en la teoría del yo o del selfismo[19]. En la vida de muchas personas, especialmente de los jóvenes, se puede ver el reflejo de estas teorías: piensan en sí mismos, en sus necesidades como lo más importante. Razonan más o menos así: estoy tranquilo, ¿por qué cuestionarme sobre lo bueno o lo malo de una acción? Es suficiente con que me guste. El sufrimiento no tiene una explicación fácil para ellos: mejor, dirán, no hablar de él.

    Para Frankl el aspecto más importante de la personalidad es, en cambio, una sana tensión del Yoy critica la teoría de Maslow precisamente por la incapacidad de dar sentido al sufrimiento, a las situaciones en las que el destino dicta que algunas necesidades no pueden ser satisfechas. También señala el hecho de que hay muchas personas en el mundo con todas sus necesidades cubiertas que no pueden encontrar un sentido a sus vidas. En total acuerdo con estas ideas se encuentra Gordon Allport (1897-1967), un psicólogo de Harvard que abrió las puertas a la Logoterapia en Estados Unidos[20].

    Los criterios de madurez de Allport están relacionados con la autotrascendencia, no con el equilibrio. Hay, según este psicólogo, una ampliación del sentido del Yo: la persona que crece se abre a los demás y se preocupa por su bienestar, se une a nuevos grupos, nuevas ideas y nuevas ambiciones, "se desprende de la imponente inmediatez del cuerpo y del egocentrismo" [21]. Se tiene una relación cordial con los demás, que se manifiesta a través de la intimidad, la capacidad de amar en la vida familiar y social, y la compasión o el respeto por todos. 

    Aparece la seguridad emocional o autoaceptación, relacionada con la capacidad de tolerar las frustraciones con una sana autocrítica y sentido de la proporción; la percepción realista sobre las propias capacidades y compromisos; y la autoobjetivación o autocomprensión con buen humor, entendido como la capacidad de distanciarse de las cosas, incluso de nosotros mismos, y reírse de ellas. Esto conduce a una concepción unificadora de la vida, o a la comprensión del propósito de la existencia, que lleva a vivir en armonía.

    La angustia por el sentido y la finalidad de la vida surge espontáneamente, tanto para Frankl como para Allport. Incluso el sufrimiento o la desesperación que pueden derivarse de dudar o pensar que no existe tal sentido no es una enfermedad, sino una característica del ser humano que lo distingue de los animales. Estos últimos no pueden sufrir por falta de sentido; no tienen meta ni pueden detenerse a reflexionar sobre su pasado.

    La voluntad de sentido es, por tanto, la fuerza motivacional fundamental. La persona que madura no está impulsada por fuerzas inconscientes como la libido freudiana, que provoca la voluntad de placer. Tampoco se mueve sólo impulsado por una voluntad de poder en un intento de superar el complejo de inferioridad, como pensaba Alfred Adler (1870-1937). "En realidad -afirma Frankl- el hombre no se deja llevar por el instinto, sino que se siente atraído por los valores (...). Yo me decido por su realización con libertad y responsabilidad"[22].

    Para alcanzar la meta es necesario que la energía y la tensión se dirijan hacia el exterior de uno mismo. El hombre madura mirando a las metas futuras, se encuentra en un "campo polar de tensión entre el ser y el deber ser, y por tanto frente a significados y valores, cuya realización se le exige"[23]. La disposición de la personalidad hacia el exterior dificulta su definición, pero es el núcleo de su significado, como afirma Jean Piaget (1896-1980): "no hay una noción peor definida (...) porque la personalidad está orientada en el sentido opuesto al ego: si el ego es naturalmente egocéntrico, la personalidad es el ego descentrado[24]. En este proceso de descentralización, ligado también a la moral, hay fuerzas opuestas que cada uno puede experimentar como una lucha entre el bien y el mal, entre la generosidad y el egoísmo. La propia madurez no será posible sin esta tensión por vivir bien, según una verdad objetiva, como escribió Karol Wojtyla: "sólo en el bien moral se realiza la persona, el mal es siempre una no-realización"[25].


    3. Construir sobre el sufrimiento y el amor

    En el camino para descubrir el logos es fundamental comprender e integrar el significado del sufrimiento y del amor. Si comparamos el viaje existencial con un reloj de arena, con un tiempo limitado y con la urgencia de llenarlo, podríamos decir que en el paso estrecho y obligatorio encontramos estas dos dimensiones. El sufrimiento y el amor son específicos del ser humano y la personalidad se construye sobre ellos.

    El animal sufre el dolor o la enfermedad, pero el hombre lo padece: puede situarse por encima de la experiencia dolorosa e intentar salir de ella[26], desprenderse de ella, juzgarla, interpretarla y conseguir captar su significado. El animal no es capaz de hacerlo y el ser humano está obligado a hacerlo, con sus recursos espirituales, si quiere llegar a ser lo que es, si quiere madurar. El sufrimiento para Frankl es tomar una posición frente al dolor, superarlo.

    El ser humano tiene la capacidad de sufrir, que no es espontánea sino que debe ser conquistada. 

    Para Frankl hay tres categorías generales de valores, o tres direcciones en las que se puede encontrar el sentido de la vida

    • El primero está formado por los valores de la creación (Schöpferische Werte): lo que el hombre da al mundo, trabaja, crea o produce en él. 
    • El segundo contiene los valores de la experiencia (Erlebniswerte): lo que recibe del mundo como un regalo, en encuentros personales o en otras experiencias. 
    • Al tercero, por último, pertenecen los valores de actitud (Einstellungswerte): la actitud que el hombre asume ante las situaciones inevitables y ante el sufrimiento[27].

    Cada uno de ellos nos ayuda a madurar de una manera diferente. En los valores de la creación se encuentran las ciencias, la cultura, el arte y el trabajo. Entre los de la experiencia están la belleza de la naturaleza, la amistad, el amor y la contemplación estética. Pero lo más importante son los valores de actitud, que siempre permanecen, incluso cuando los otros valores no son posibles, cuando la persona no puede actuar en el mundo o sentirlo. Con los valores de actitud, sufriendo la existencia o el destino, con una cierta orientación ante una situación de dependencia externa, se crece. El dolor constituye la etapa crítica de la madurez existencial: provoca la madurez y es una prueba de la misma, un "experimentum crucis[28].

    Frankl encuentra el paradigma de los valores de actitud en los campos de concentración, donde no había obras que realizar, sino un trabajo arduo y sin sentido. Tampoco había grandes experiencias vitales positivas que contemplar, sino abusos y maltratos. Pero incluso en estas circunstancias, queda "la libertad espiritual del hombre, ese bien que nadie puede quitarle hasta que exhale su último aliento" [29]. Muestra así cómo el hombre es dependiente en los valores de creación y de experiencia, pero permanece libre en los de actitud. Estos últimos valores no se explican por ningún instinto y muestran la libertad interior a pesar de los condicionamientos; es posible apoyarse en la actitud, transformando el sufrimiento en éxito, triunfo y heroísmo, aunque el misterio del dolor permanece.

    Poner en práctica el recurso espiritual de la capacidad de sufrimiento no es, sin embargo, una autoafirmación del hombre como héroe. Para Frankl, el dolor nunca es un fin en sí mismo (lo que sería masoquismo), sino que existe la necesidad de alguien por quien sufrir. El sufrimiento adquiere un carácter intencional[30] .

    La tríada trágica: "dolor, culpa y muerte" está presente y debemos reconocerla, no buscarla. El sufrimiento se transforma en sacrificio, en ofrenda, se sufre por amor al otro, se trasciende. "El sacrificio puede dar sentido a la propia muerte, mientras que el instinto de conservación es incapaz de dar el más mínimo sentido a la vida"[31].

    En relación con el sacrificio, el amor se descubre, pues, como su razón última: ese acto espiritual que para Frankl constituye la relación interpersonal más elevada, que permite al yo conocer a la persona en sí misma. Si el amor es auténtico, estaremos ante un "yo" que ama a un "tú"; algo que está por encima de la simple afectividad y de los condicionamientos psicofísicos, que llega al espíritu. 


    Frankl distingue tres tipos de amor:

    • (a) el amor más primitivo o sexual, que se refiere a lo corpóreo;
    • (b) una forma superior de maor o erótica que alcanza el nivel psíquico, es decir, una emocionalidad o ciertos rasgos de carácter que son capaces de llevar al enamoramiento;
    • c) en tercer lugar, el amor verdadero y auténtico, que consiste en la orientación hacia la persona espiritual del amado [32].

    El amor más maduro no se detiene en lo que tiene el amado, sino en lo que es, en su esencia: va más allá del fin de la existencia terrenal y es para siempre. Es la orientación hacia el otro en su condición de persona única e irrepetible. En estas tres formas de amor, que se presentan como un proceso, el fundador de la Logoterapia ve una gradación del placer a la felicidad. La satisfacción sexual pura provoca el placer como un simple estado. El amor erótico da lugar a la alegría, implica una cierta intencionalidad. El verdadero amor integra los demás aspectos y conduce a la felicidad. Nos enfrentamos a una escala de intencionalidad: el verdadero amor es intencional, pero también productivo.

    Cuando el amor decae, cuando no hay persona como meta, incluso en su dimensión espiritual, la voluntad de sentido degenera. Todo se vuelve subjetivo, con un valor para mí en la medida en que es útil. No se aspira a un significado o valor absoluto. Un hombre así está movido por la voluntad de poder. Y este poder hace que la persona sea egoísta. "El yo que ama", dice Frankl, "al entregarse, más aún, al darse al , experimenta un enriquecimiento interior (...); el verdadero amor no lo vuelve ciego, sino más capaz" [33]. Esta idea del amor sirve de base para descubrir el sentido de la adversidad. Quien ama de verdad es capaz de soportar; se sufre por amor a alguien, transformando el dolor en un beneficio. A través del sufrimiento el ser humano madura, "crece más allá de sí mismo" [34].

    Cuando no entiendes el sufrimiento y el amor, ni su relación, no alcanzas la madurez. Los que aman, por el hecho de amar, de tender hacia el otro hasta el punto de sacrificarse por él, encuentran el sufrimiento lleno de sentido; los que no aman, sufren lo mismo, pero sin sentido.

    Uno de los extremos más populares, y más relacionados con el tema de nuestro artículo, es el amor entendido como sexualidad aislada. Algunos aseguran que es bueno buscar el placer sexual de cualquier manera en cuanto se despierta el instinto. Frankl analiza los peligros de un uso indiscriminado del sexo, que trae consigo malestares, enfermedades físicas y psíquicas y un crimen organizado en torno al negocio del sexo, el cerdo de oro [35]. Habla del riesgo de una entrada precoz en la vida sexual, antes del matrimonio, y de otros signos de inmadurez o de sexualidad deshumanizada, como la masturbación, que constituye un acto carente de intencionalidad y de amor[36]; y la pornografía, que degrada al ser humano [37]. Comparte las ideas de Charlotte Bühler (1893-1974), que afirma: "la satisfacción de la sexualidad sin amor implica una grave carencia[38]. El placer aislado absorbe todo tipo de preocupaciones, pensamientos e ideales, llegando en muchos casos a producir una dependencia patológica. La estabilidad de un matrimonio existente o futuro se ve comprometida [39].

    La madurez en la sexualidad se alcanza cuando se actúa responsablemente, y se encuentra una síntesis de eros -como tendencia psicológica- y sexualidad, en la que "el individuo tenga deseos sexuales cuando ame. Este hecho es en sí mismo una garantía de una vida sexual digna del hombre" [40]. La búsqueda del placer aislado no conduce a la felicidad.

    El autor inglés Joseph Butler (1692-1752) ya se expresaba sobre la "paradoja del hedonismo": la imposibilidad de alcanzar la felicidad cuando se busca de forma exclusiva y directa: la felicidad es un fruto que sólo puede alcanzarse con algo que no se identifica consigo mismo[41]. Frankl relaciona este concepto con el sentido de la existencia: cuando el ser humano encuentra el sentido de su vida y lo hace realidad, encuentra la verdadera felicidad. Debemos aprender a ser felices. No se puede buscar el placer a toda costa como un fin en sí mismo, porque se bloquea la autotrascendencia y la consecución de la alegría que se busca. Saber ser feliz es un factor muy importante de la existencia humana, que siempre deriva, en su origen, de alguna renuncia[42].


    4. Llenar el vacío existencial

    En nuestra época, la cuestión del sentido de la vida es especialmente dramática. Muchos no lo descubren y experimentan lo que Frankl llama el vacío existencial, la patología del espíritu. La vida se ve como algo absurdo y abunda el aburrimiento o la indiferencia: una falta de interés por el mundo o una total falta de iniciativa[43]


    Hay cuatro signos de inmadurez existencial: 

    • la actitud provisional ante el futuro, que es incierto y sólo permite el abandono o el derrumbe; 
    • la orientación fatalista, en la que no se asume la responsabilidad y se piensa que todo es resultado de las fuerzas que nos empujan; 
    • el pensamiento colectivista, en el que los hombres se sumergen en la masa; 
    • el fanatismo, que no reconoce la personalidad de los que piensan de forma diferente [44].

    Aplicando las ideas de Frankl, el proceso de maduración puede verse en relación con la tarea de llenar el vacío. Toda persona nace, por así decirlo, vacía: poco a poco desarrolla su personalidad, llena de sentido su existencia. En los primeros años, los padres y otras personas del entorno familiar y educativo son los principales artífices y responsables de llenar el vacío. Una relación sana y afectuosa con la madre y el padre consigue dar a la personalidad recién iniciada la base segura para crecer [45]

    Con el paso de los años, el niño empieza a experimentar su propia libertad y responsabilidad. La certeza de recibir lo que se desea, las expectativas disminuyen y se descubre que lo que se espera no siempre está en las propias manos. En cambio, aumentan las esperanzas y la confianza en otras personas. Ya no se espera con total seguridad y sin preocupaciones recibir la comida o el regalo que se pide a los padres, sino que se tiene la esperanza de recibirlo, de poder estudiar en la universidad, de formar una familia[46]Logos, sentidos y valores de todo comienzan a aparecer en el horizonte.

    La falta de integración de esta nueva forma de ver la vida detiene fácilmente el crecimiento. Las etapas clásicas del desarrollo de Erik Erikson (1902-1994) pueden verse en relación con una meta, un significado particular. En la primera infancia, un sentimiento de confianza, luego un sentimiento de autonomía, iniciativa, laboriosidad y competencia en la escuela. El primer gran reto llega en la adolescencia, donde el sentido a descubrir toma la forma de una crisis de identidad, por utilizar una expresión del propio Erikson. En la edad adulta, llega la generatividad y, más adelante, la integridad y la aceptación.

    El vacío existencial se observa a menudo en problemas que comienzan en la adolescencia y que, si no se superan, provocan situaciones trágicas: adicciones a las drogas, al juego, a Internet, a la pornografía, etc. La sensación de vacío es casi constante en los trastornos de la personalidad que también se inician en estos años; y, en general, en los síntomas de la depresión, la adicción y la agresividad; en la delincuencia, el aburrimiento, el conformismo y muchas otras situaciones[47]. Es habitual ver a personas que se esconden en la masa para intentar llenar el vacío. Cubren con una falsa autenticidad y espontaneidad su frustración y sentimiento de inutilidad: es la apariencia de felicidad del hombre sin personalidad, y por tanto sin rostro propio. La adolescencia es la etapa fundamental de la madurez. La propia situación en el mundo adquiere un nuevo dramatismo[48].

    Manzoni escribió sobre una adolescente: "había atravesado la puerilidad, y se adentraba en esa edad tan crítica, en la que parece que entra en el alma casi un poder misterioso, que eleva, adorna, revigoriza todas las inclinaciones, todas las ideas, y a veces las transforma, o les da un rumbo imprevisible"[49].


    Las notas de la adolescencia que describe Manzoni son cuatro: 

    • etapa de crisis; 
    • poder nuevo y misterioso que entra en la vida y envuelve el alma; 
    • fuerza impulsiva que empuja las inclinaciones y las ideas; 
    • curso o rumbo imprevisible hacia donde se tiende.  

    La lógica del adolescente se ha modificado, porque ahora tiene como contenido, además de los objetos y el mundo real, su propio pensamiento: es más reflexivo y teórico y aparecen más sentimientos relacionados con los ideales o las ideas en general. Es la edad de inserción en la sociedad adulta. El joven adquiere, observa Piaget , "un proyecto de vida", "una escala de valores, que pondrá ciertos ideales por encima de otros y subordinará los medios a los fines considerados como permanentes (...), una afirmación de autonomía y una autonomía moral" [50]. Surge una forma superior de egocentrismo". El adolescente "busca no sólo adaptar su yo al entorno social, sino también adaptar el entorno a su yo[51]. Con el diálogo entre compañeros, en el grupo y con las amistades, las propias teorías caen y se supera, si todo va bien, el egoísmo infantil.

    Para resolver la crisis de manera positiva, necesitamos comprometernos con la autotrascendencia de una manera particular. En la adoelscencia, recordando el egjemplo de san Agustín sobre la flecha en el arco,  la cuerda está más tensa y espera el impulso para lanzar la flecha hacia adelante, para proyectar la vida en la dirección correcta: hacia los demás, hacia el logos. Es el momento de aprender a amar más, de recibir una sana educación para el amor y el conocimiento sobre el inicio y la transmisión de la vida, en un entorno adecuado, especialmente en el ámbito familiar.

    Al joven adulto se le presentan nuevos retos de sentido: el mundo del trabajo, el matrimonio, etc., pero también el mundo del amor. Si el trabajo y el amor se ven en su apertura a los demás, con la dimensión del servicio y la entrega, habrá menos posibilidad de colapso. La vida continúa y a cada paso existe la posibilidad de llenar el vacío con una elección libre, de superar los condicionamientos del pasado y del entorno. El hombre es un ser que decide en todo momento, incluso sobre sí mismo, dirá Frankl siguiendo a Karl Jaspers (1883-1969); y así completa la frase de Rudolf Allers (1883-1963): "a la fórmula de Allers: el hombre tiene un carácter, pero es una persona, debería añadirse: y se convierte en una personalidad"[52].

    El crecimiento conduce a la verdad sobre uno mismo y al compromiso de mejorar. La persona madura no sucumbe a las drogas o al alcohol excesivo como sustitutos para llenar el vacío. No recurre, en palabras de Frankl, a los paraísos irrealesde una autorrealización inconsciente, sino que se compromete con la transformación del mundo real, la ayuda a los demás y el avance de sus propias capacidades. Descubre que es espiritual y no se rinde al reduccionismo que intenta convencerle de que es un animal más, un ordenador o un conjunto de instintos[53].

    Con gran confianza en las capacidades del espíritu, propone como lema para la psicoterapia: "No te dejo hasta que seas tú mismo"[54]. Y es "verdaderamente él mismo (...) cuando, ocupado en la realización de una tarea o en el encuentro con un compañero, se supera y se olvida de sí mismo"[55]. Además de la afirmación de la existencia del sentido de la vida y de la voluntad innata de encontrarlo, afirma la libertad -ciertamente limitada- de elegir el modo de vivir y de morir. Formula lo que llama el "imperativo categórico de la Logoterapia": "vive como si fueras a empezar a vivir por segunda vez; y te equivocaste la primera vez, igual que vas a hacer" [56].

    La posibilidad de equivocarse nos remite a la culpa, que no está vinculada a procesos patológicos, sino que está en estrecha relación con la responsabilidad. Sólo si admitimos la posibilidad de ser culpables, y por tanto no absolutamente condicionados por aspectos biológicos, sociales o psicológicos, podemos transformar la culpa en algo positivo, llenándola de sentido[57]. Quien reconoce que puede ser culpable es capaz de pedir perdón y mirar el pasado y el futuro con optimismo: no puede cambiar lo que ha hecho pero puede aprender, arrepentirse y cambiar él mismo. Este arrepentimiento es el valor de la actitud que requiere la madurez. Sabiendo que uno puede equivocarse, reconocerá este derecho a los demás y sabrá perdonar.

    La persona madura declara su libertad, incluso para equivocarse, pero también su responsabilidad para tomar un camino nuevo y diferente. Sabe lo que quiere y se compromete a conseguirlo con esperanza y grandes horizontes, en una existencia abierta. Es imposible llenar el vacío, madurar, sin esperanza: "muchos fracasos son consecuencia de la falta de orden interno; muchas personas no saben en realidad lo que quieren, lo que realmente creen, y por lo tanto están muy inseguras sobre el camino a seguir"[58]. La verdadera realización personal, señala Bühler en referencia a Frankl, lleva al servicio de los demás, sobre todo cuando los años pasan y las energías vitales disminuyen; citando las palabras de un poeta tras un infarto, escribe: "nadie empieza realmente a vivir hasta que se acerca a la muerte"[59]. La perspectiva de la muerte abre el camino a profundos descubrimientos y llama a la responsabilidad.


    5. Descubrir que la vida es un préstamo

    La vida, con tantas circunstancias en las que no es posible cambiar el destino, los pequeños y grandes sufrimientos aceptados con la actitud adecuada, llevan a un crecimiento vertical, a descubrir la esencia de la humanidad en el hombre que sufre, el homo patiens; "la luz brota: el ser se vuelve transparente, el hombre lo penetra con su mirada (...), se abren panoramas profundamente ricos"[60]. La tensión de la existencia hacia algo que nos supera indica una realidad superior. El algo se convierte en alguien, o mejor, en Alguien: el que nos ha confiado una misión.

    Quien capta la vida como una misión también es capaz de verla como un mandato[61]. Para Frankl, los valores son relativos no al sujeto, sino a un valor absoluto, que no puede imaginarse si no está vinculado a una persona "que no tiene por qué ser absolutamente humana, sino que puede muy bien ser sobrehumana: una superpersona, por ejemplo, Dios"[62].

    La vida y el proceso de maduración hasta la muerte se convierten en una tarea. La cuestión del significado pasa a un segundo plano, dejando espacio a la respuesta de la persona, con sus acciones, con sus actitudes. Esta es la revolución copernicana de la psicología de Frankl, que afirma: "debemos aprender, y enseñar a la gente desesperada, que en verdad no importa en absoluto lo que podemos esperar de la vida, sino sólo lo que la vida espera de nosotros"[63]. Estamos de paso por la tierra, con una misión: " el hombre no se ha dado vida a sí mismo; (...) la vida no es propiamente más que un préstamo>"[64].

    El camino no se detiene en el nivel humano, sino que conduce a la trascendencia. La tendencia a amar, a salir de uno mismo hacia los demás, no se satisface plenamente con los significados visibles; nos muestra una dimensión que va más allá de lo humano. El sentido de la vida abre el camino al Súper-Sentido y la persona humana a la Súper-Persona. Se busca al autor de todo, el Absoluto. En el intento de encontrar el sentido de la existencia uno se da cuenta "de que la categoría de sentido no es suficiente, sino que se necesita la idea de un 'supersentido'"[65]. El logos se convierte en una realidad personal que desafía [66]. La máxima expresión de libertad y responsabilidad, entendida como libertad positiva o para algo, será valorar la vida como un regalo que no nos pertenece.

    Los rasgos de la personalidad madura brillan, en mi opinión, con esta conciencia. Vives en la autonomía, que no es una independencia total, sino la certeza de tener una tarea encomendada y de tener que actuar con responsabilidad. La autoestima adquiere energía, porque soy amado por alguien que confía en mí; y uno la encuentra, paradójicamente, cuando no la busca -como hemos dicho de la felicidad-, cuando aprende a disfrutar de la alegría y los talentos de los demás. Uno llega a conocerse como hermano y, viendo su propio valor, ama y ve el valor de los demás. La identidad se refuerza: soy limitado y finito, pero con una misión que trasciende este mundo.

    Aumenta la coherencia de la vida porque sé a dónde quiero ir y eso me hace auténtico. El verdadero equilibrio me lleva a tolerar la frustración. Soy capaz de dialogar con otras personas porque no estoy aislado y entiendo que necesito salir de mí mismo. Los que permanecen demasiado centrados en su propia realización pueden fracasar en su misión, como el bumerán que sólo vuelve al que lo lanzó si no da en el blanco[67].


    6. Conclusiones

    En la tradición cristiana, el término Logos -con mayúsculas- significa sobre todo Palabra: el Verbum, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que se hizo Hombre (cf. Jn 1,1). También puede significar Ars, Arte, como nos recordó Benedicto XVI, indicando así una profunda relación con la belleza y la verdad que debe guiar el camino de nuestra vida: "El "Logos" no es sólo una razón matemática: el "Logos" tiene un corazón, el "Logos" es también amor. La verdad es bella, la verdad y la belleza van juntas: la belleza es el sello de la verdad" [68]. Creo que esta idea no está lejos del Logos de Frankl, un judío, y de su visión de la existencia.

    Desde esta perspectiva, la madurez de la persona podría ser el arte de vivir biende completar una tarea. Como cualquier arte, debe aprenderse, y el Logos nos atrae y nos enseña. La persona espiritual y corpórea, única e irrepetible, como la concibe Frankl, vive en un mundo material pero aspira a una realidad trascendente. Está llamada a entender su vida como una misión y a relacionarse con los que le confían la misión. De ahí su afirmación inspirada en Tertuliano: anima naturaliter religiosa [69]. El alma humana está llamada por naturaleza a la religiosidad, a la relación con el Absoluto. Tertuliano es más preciso cuando escribe: "anima naturaliter christiana"[70]. En efecto, el Logos de los cristianos tiene un nombre: Jesucristo, "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6).

    El itinerario de la madurez podría resumirse como un proceso lineal en dos direcciones. La primera, que hemos seguido, parte de la búsqueda de sentido, que implica una tensión vital y un esfuerzo de la voluntad por encontrar la actitud correcta ante el sufrimiento y el amor; sobre esta base se supera el vacío existencial y se llega a una existencia plena entendida como préstamo.

    La segunda dirección, igualmente válida, parte del descubrimiento de una misión en la vida, que llena cada momento de la existencia y nos recuerda que todo, incluso el dolor y la muerte, tiene un sentido que está fuera de nosotros y que nos atrae hacia sí. La fe nos ayuda a descubrir, la esperanza nos da la fuerza para actuar y la caridad nos da las alas para salir de nosotros mismos. En palabras de Romano Guardini (1885-1968) que Frankl haría suyas, quizá sin ser tan explícito, "sólo cuando la mirada se aparta de mí hacia Dios, soy yo mismo" [71].

    Dios quería un modelo de persona para nosotros. La tarea es llegar por nuestro propio esfuerzo, en tensión pacífica y con su indispensable ayuda, a identificarnos con Él[72]. Una personalidad madura no se detiene en la autorrealización, sino que sale al encuentro de los demás para compartir su felicidad y sus descubrimientos, con amor y compasión. Sólo "el que no posee nada no puede compartir nada; el que no va a ninguna parte no puede tener compañeros de viaje"[73].

    Tan grande es la tarea que nos espera como grande es la empresa de la madurez: dar a cualquier persona que nos pida "razón (λόγοʋ) de la esperanza que hay en nosotros" (1 Pe 3,15), para dar a conocer este Logos y hacerlo amar cada vez más.



    Descargar el pdf en italiano

    Citar el capítulo original: Wenceslao Vial, Personalità matura e Logos, in Relazioni e legami dell'esistenza umana. Le lezioni di Viktor E. Frankl (Anna Maria Favorini, Francesco Russo, a cura di), FrancoAngeli, Milano 2014, pp. 100 - 121.



    ----------------------------------------------------------------------------------

    [1] Cfr. G. ALLPORT, Psicologia della personalità (Pattern and Growth in Personality)  Pas-V. Zürich, Roma 1969, p. 24.

    [2]Cfr. AMERICAN PSYCHIATRIC ASSOCIATION, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.

    [3] Una exposición clara en: F. SARRÁIS, Personalidad, Eunsa, Pamplona 2012, pp. 104-108. Sobre el sentido de la vida en psicología, véase A. MALO, Introduzione alla psicologia, Le Monnier, Florencia 2002, pp. 152-159.

    [4] Véase H.G. LIDDLE, R. SCOTT, Greek-english Lexicon, Oxford 1992, Voz: λόγοϛ, pp. 1057-1059.

    [5]V. FRANKL, Homo Patiens. Soffrire con dignità,  Brescia 2001, p. 29.

    [6] Cfr. V. FRANKL, Senso e valori per l'esistenza, Città Nuova, Roma 1994, p. 69.

    [7] Cfr. V. FRANKL, F. KREUZER, In principio era il sensoQueriniana, Brescia 1995, pp. 109-112.

    [8] Cfr. Senso e valori, p. 50.

    [9] F. NIETZSCHE, La Gaia scienza Adelphi, Milán 1977p. 60.

    [10] J.P. SARTRE, L'esistenzialismo è un umanismo, Mursia, Milán 1996, p. 60.

    [11] A. CAMUS , Il mito de Sisifo, Bompiani, Milán 1964 (3º), p. 27.

    [12] S. FREUD, Lettere (Briefe), 1873-1939, Boringhieri, Turín 1960, p. 402.

    [13] Cfr. Senso e valorip. 69; Id. Psichiatria e volontà di significato, in V. FRANKL, J.B. TORELLÓ , J. WRIGHT , Sacerdozio e senso della vita, Ares, Milán 1970, pp. 17-42.

    [14] C.S. LEWIS , Le lettere di Berlicche e il Brindisi di Berlicche, Jaca Book, Milán 1990, p. 145.

    [15] SAN AGUSTÍN, De Civitate Dei, XIII, 3.

    [16] A. MASLOW, Motivazione e Personalità, Armando, Roma 2010, p. 23.

    [17] Cit. en Motivazione e Personalità, p. 249.

    [18] Ibid. , p. 290.

    [19] Cf. P. VITZ, Psicologia e culto di sé. Studio critico, Dehoniane, Bolonia 1987, pp. 41-54.

    [20] Cfr. Psicología de la personalidad, pp. 241-260.

    [21] Ibídem, p. 243.

    [22] Homo Patiens, pp. 40-41. El instinto puede intervenir en la tensión hacia los valores.

    [23]V. FRANKL, Logoterapia e analisi esistenziale, Morcelliana, Brescia 1972, p. 99.

    [24] J. PIAGET, Dal bambino all'adolescente. La costruzione del pensiero (passi scelti ), La Nuova Italia, Perugia 1989 (2ª), p. 154; corresponde a J. PIAGET, B. INHELDER, De la logique de l'enfant à la logique de l'adolescent.

    [25] K. WOJTYLA, Persona e atto, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1982, p. 312.

    [26]Cf. L. POLO, Quién es el hombre. Un espíritu en el mundo, Rialp, Madrid 1991, pp. 34-37.

    [27] Cfr. Logoterapia e analisi, pp. 83-86.

    [28] Homo Patiens, p. 83.

    [29]V. FRANKL, Uno psicologo nei lager , Ares, Milán 1987, p. 116.

    [30] Cf. Homo Patiens, pp. 90-92. Aquí y en muchos aspectos se descubre la influencia de la fenomenología de Max Scheler (1874-1928). Sobre este tema, véase: W. VIAL , La antropología de Viktor FranklEditorial Universitaria, Santiago de Chile 2000.

    [31] Homo Patiens, p. 88.

    [32] Cfr. Logoterapia e analisi, pp. 193-196.

    [33] Ibídem, p. 165.

    [34] Cf. Homo Patiens, p. 82.

    [35] Cfr. V. FRANKL, Alla ricerca di un significato della vita, Mursia, Milán 1990, p. 24.

    [36] Cfr. Psicoterapia nella pratica medica, Giunti-Barbera, Florencia 1968, pp. 67-73.

    [37] Cfr. In principio, p. 83.

    [38] C. BÜHLER, Psicologia e vita quotidiana, Garzanti, Milán 1970, p. 191. Charlotte B. es una psicóloga del desarrollo, alemana afincada en Estados Unidos, citada con frecuencia por Frankl.

    [39] Cfr. R. CARELLI, La Coppia: crisi della relazione e disturbi della sessualità. Un’analisi logoterapeutica, en E. FIZZOTTI , R. CARELLI (eds.), Logoterapia aplicata: da una vita senza senso a un senso nella vita, SALCOM, Brezzo di Bedero 1990, pp. 97-119.

    [40] Psicoterapia nella Pratica, p. 72.

    [41] Cf. J. BUTLER, I quindici sermoni, Sansoni, Florencia 1969, vol. I, p. 1. II.

    [42] Cf. E. LUKAS, Dare un senso alla sofferenza, Cittadella, Asís 1983, pp. 285-286.

    [43] Cf. V. FRANKL, Argomenti per un ottimismo tragico, en AA.VV., Ottimismo per vivere ok Pauline, Milán 1991, pp. 13-38.

    [44] Cfr. Homo Patiens, pp. 62-65.

    [45] Recordemos la teoría del apego de John Bowlby (1907-1990) y Mary Ainsworth (1913-1999).

    [46] Cfr. Psicologia e vita quotidiana, pp. 31-65.

    [47] Cfr. In principio era il senso, pp. 103-104.

    [48] Para un enfoque logoterapéutico: P. DEL CORE, Adolescenza: Tempo cruciale per la ricerca di un significato della vita, en FIZZOTTI, E. (ed.), Chi ha un perché nella vita. Teoría y práctica de la logoterapia, Las, Roma 1992, pp. 159-166.

    [49] A. MANZONI , I promessi sposi, Acquarelli, Bussolengo (VR) 1996, p. 124.

    [50] Dal bambino all’adolescente, p. 154.

    [51] Ibídem, p. 147.

    [52] Homo Patiens, p. 78.

    [53] Cfr. Senso e valori, pp. 60-62.

    [54] Homo Patiens, p. 23.

    [55] Ibídem, p. 28.

    [56] Logoterapia e analisi, p. 109.

    [57] Cf. Senso e valori, p. 87; M. SCHELER, L'eterno nell'uomo (Vom Ewigen im Menschen), Fabbri, Milán 1972, pp. 139-171.

    [58] Psicologia e vita quotidiana, pp. 21-21.

    [59] Ibídem, p. 49.

    [60] Homo Patiens, p. 84; Frankl cita un poema de R. Dehmel (1863-1920): compara el sufrimiento como un pozo, del que "emana la pura bienaventuranza". "Si sólo se mira, lo único visible es su profundidad, su oscuridad que espanta; si se bebe, aparece su significado: "brota la luz".

    [61] Cfr. Logoterapia e analisi, pp. 92-96.

    [62] Homo Patiens, p. 48.

    [63] Uno psicologo nel lager, p. 130.

    [64] FRANKL, V., El hombre incond icionado. Lecciones metaclínicas, Plantin, Buenos Aires 1955, p. 101.

    [65] Homo Patiens, p. 101.

    [66] Para Frankl, el "Super Sentido" es un objeto de fe más que un descubrimiento intelectual.

    [67] Cf. Senso e valori, p. 53.

    [68] BENEDICTO XVI, Conclusione degli esercizi spirituali della curia romana, 23 febbraio 2013. Este significado de logos está relacionado con el Verbo Creador, la razón creadora: cf. Léxico, sub voce λόγοϛ, 4, b, p. 1058.

    [69] Cfr. Alla ricerca, pp. 113-126.

    [70] TERTULIANO, Apologeticum, XVII, 6, en Corpus Christianorum. Serie latina, I, Brepols, Turnholti 1954, p. 117: la frase completa es: "¡Oh testimonium animae naturaliter christianae! ».

    [71] R. GUARDINI, Persona e personalità, Morcelliana, Brescia 2006, pp. 32-33, nota 11.

    [72] Cfr. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, n. 468: "De acuerdo: debes tener personalidad, pero la tuya ha de procurar identificarse con Cristo".

    [73] C.S. LEWIS, I quattro amori. Affetto, Amicizia, Eros, Carità, Jaca Book, Milán 2004, p. 66.



    Publicar un comentario

    0 Comentarios