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Las manías son como lapas que se adhieren a nuestra vida

y cuesta mucho despegarlas

 


Por Javier Vidal-Quadras


Esta mañana he tenido una doble sorpresa. He entrado en la cocina y me he encontrado con el último hijo adolescente que nos queda (¡Ay, Dios, qué haremos cuando crezca!) desayunando en el sitio en el que me suelo sentar yo. La primera y mayor sorpresa ha sido verle ahí. Normalmente, sus mañanas son trepidantes (sobre todo para sus padres) y suele salir corriendo con una madalena en la boca. He tenido que salir y volver a entrar para asegurarme de que no era una visión. Y no: era él. Su hermana mayor, que compartía desayuno, me lo ha confirmado. La segunda sorpresa, y la que más me ha hecho pensar, es que ocupara mi (¡¿mi?!) lugar.

Una de mis batallas, que aconsejo librar a todo el mundo, casados y solteros, es la de las manías, que son como lapas que se van adhiriendo a nuestra vida y cuesta mucho despegar. Es verdad que el ser humano es un animal de costumbres, pero… ¡es tan fácil que las costumbres degeneren en manías y estas se degraden en adicciones!

 

Reglas sociales de la familia

 

De vez en cuando, hay que cuestionar algunas reglas y conveniencias sociales y poner en tela de juicio alguna rutina instalada con demasiada fuerza en nuestras vidas.

Estoy hablando de aspectos muy superficiales, que ni siquiera forman (o no deberían formar) parte de nuestra personalidad: ‘mi’ sillón, ‘mi’ cerveza, ‘mi’ tiempo de Instagram, ‘mi’ deporte, ciertas sucesiones de actos casi litúrgicas, el menú del desayuno…, cada uno sabrá.

Por ejemplo, nuestro segundo hijo planteó estas Navidades un interesante debate: ¿por qué, en las comidas familiares, distribuimos los sitios por orden de edad? ¿Acaso el tiempo del nacimiento genera algún tipo de privilegio más allá del más que dudoso de la edad? Así que hemos decidido romper con esa rutina.

Es verdad que antes de desarraigar una rutina es preciso hacer una pequeña investigación, porque algunas tienen su razón de ser y es mejor no ‘meneallas’. No sé si era Chesterton (¡pobre, le adjudican tantas frases!) quien aconsejó no quitar nunca una valla puesta en un campo sin saber antes para qué la pusieron, no sea que haya un toro bravo oculto y dispuesto a embestir en el otro lado.

 

Las manías restan libertad y, por lo tanto, dificultan el amor

 

Si dependo demasiado de las cosas, de mis gustos, de mis pequeñas seguridades diarias, estoy más atento a mí mismo y menos a los demás.

Las manías acechan con especial intensidad cuando uno lleva una vida tranquila, que, paradójicamente, es la aspiración que solemos tener todos. Cuando uno tiene varios hijos, múltiples dedicaciones, llega con dificultad a fin de mes y se le acumulan los retos cada día no tiene tiempo para adquirir manías.

La semana pasada lo contemplé de manera gráfica en un programa de debate en la televisión sobre el futuro del matrimonio al que asistió Luis Carreras, un buen amigo mío. La imagen que ofrecía el plató era tremendamente reveladora. Unos contertulios encantados de haberse conocido, cantando (casi todos) las virtudes de la vida bien centrada en uno mismo y pensando en los demás como un divertimento para los ratos muertos. Uno llegó a decir que él estaba ya muy contento de vivir consigo mismo y que lo que quería era una pareja vespertina porque la tarde-noche era su momento malo y le iría bien una distracción; vamos, como quien ve una película o lee una novela antes de dormir. Después, en contraste con mi amigo, apareció una señora que se autocalificó como anarquista relacional, es decir, que en cada momento iba viendo qué persona o personas le eran útiles como acompañantes, amantes o lo que se tercie, una o varias, simultánea o sucesivamente y masculina o femenina. Y el cuadro lo completó otra señora que decía haberse casado consigo misma. Ojo, todos parecían simpáticos y buenas personas. Nada que decir sobre las personas, y menos que juzgar.

Pero yo no podía evitar imaginármelos viviendo consigo mismos y dedicados a sí mismos con su pequeño horizonte del yo-mí-me-conmigo que defendieron a capa y espada, mientras veía a Luis, sonriente, con aquella sana desvergüenza que da la satisfacción de una vida gastada, entregada a sus 10 hijos (si, ¡10!, “no nos dio tempo a tener más”, se excusó para escándalo del plató) y casi veinte nietos, mostrando la paz y profundidad de vida que da el saber que la felicidad, como decía Kierkegaard, es una puerta que se abre siempre hacia los demás, no hacia uno mismo. Y no se malinterprete lo del número de hijos (simplemente, es el caso de Luis), que el amor, y la consecuente felicidad, no consiste en un número, es una disposición ante la vida que puede tener cualquier persona, viva solo o con otros cien.

En fin, que Luis, con su alegría, simpatía y hondura de vida, se ganó de calle al telespectador, y yo hoy he desayunado sentado en la silla que suele ocupar mi mujer. Y he descubierto una nueva perspectiva de la cocina. ¡Las ventajas de romper las rutinas!

 

 

Fuente: 


javiervidalquadras.com