Cultivando humanidad, fidelidad en el matrimonio, no siempre deslealtades sexuales, jerarquía del amor

Lo principal para el marido es su mujer... y viceversa


Por Javier Vidal-Quadras

Cuando se habla de fidelidad, viene enseguida a la cabeza la infidelidad sexual. Sin embargo, la fidelidad va mucho más allá. A mí me gusta más hablar de lealtad, que es una determinación de preferir a la persona amada, escogiéndola cada día y destacándola sobre los demás y sobre uno mismo. Aaron Beck la expresa así en uno de sus libros: “pondré siempre sus intereses por encima de los de los demás, la defenderé si la critican y nunca tomaré partido con los demás contra ella ni me limitaré a ser neutral”.

La deslealtad en la pareja puede ser por muchos motivos

Las deslealtades no son siempre sexuales. Se puede ser desleal con motivo del trabajo, de los amigos, de las aficiones, del deporte, de la propia paz y tranquilidad, ¡de los hijos! Se es desleal cada vez que se antepone cualquiera de estas realidades a la persona amada. Sí, los hijos también.

Siempre que hablo de jerarquía de los amores me viene a la memoria la boda de Tomás, un buen amigo de quien he aprendido mucho. Tomás enviudó repentinamente hace ahora más de trece años, cuando él contaba más de cincuenta. Al cabo de un tiempo, no mucho, encontró a Pilar, su actual mujer, se enamoraron y se casaron. A esa edad uno ya sabe lo que quiere y es capaz de calar a las personas con cierta destreza.

El día de su boda, al terminar la ceremonia, Tomás subió al ambón, se dirigió a sus hijos ya mayores y, ante todos los invitados y para sorpresa de todos, les dijo: “hijos, a partir de hoy, Pilar pasa por delante de vosotros”. Esto es lealtad.

La jerarquía del amor en la familia

A muchos padres primerizos les cuesta establecer esta jerarquía de una manera clara. Y, sí, tu mujer, tu marido pasa por delante de tus hijos… y de tus padres.  

A nosotros nos resolvió la duda el pediatra con un consejo a mi mujer que ya nunca olvidamos. Era julio de 1990. Acababa de nacer nuestro segundo hijo, cuando tuvieron que operarle por un problema en el píloro que le provocaba el vómito inmediato de toda la leche que ingería. La mayor aún no había cumplido un año y a mí me ingresaban durante una semana para un tratamiento de quimioterapia de un cáncer que, gracias a Dios, logramos vencer. Mi mujer estaba totalmente desbordada con las dos clínicas, la preocupación por mi enfermedad y nuestra hija de un año en casa. El pediatra le dijo: ‘olvídate de tus hijos. Ahora quien te necesita es tu marido’. Así lo hizo, y así hemos procurado hacerlo siempre los dos.

Hace poco, otra persona cercana a mí me decía que había decidido divorciarse, y añadía que estaba feliz y en paz por haber tomado esta decisión. Yo, admito que sin tener elementos de juicio suficientes, pensé: ¡qué lástima!

Me costaba concebir una paz y una felicidad que se edificaran sin la persona a la que un día entregamos nuestro amor. Recordé una frase que alguien me dijo alguna vez: solo los peces muertos nadan con la corriente.

La paz en la guerra por amor

Pienso que, a veces, la paz, la ausencia de lucha, es sinónimo de muerte, la eutanasia en el amor. Quizás es solo una cuestión de enfoque. ¿Qué paz buscas, la tuya o la de los dos? ¿Tu felicidad o la de ambos? Si buscas la tuya, es muy probable que el otro te acabe estorbando. Si buscas la de los dos, será tu paz la que te estorbe porque el que ama nunca está en paz, no se deja vencer, no deja de luchar, no quiere ni imaginar una paz o una felicidad separada del amado, no comprende un amor sin pasión, instalado en un pacífico estado de letargo. No quiere bajar con la corriente. El amante es siempre inconformista, rebelde y vive en tensión, en la maravillosa lucha del amor, que no es paz sino guerra, pero guerra contra uno mismo y sus tentaciones de una paz individual y acaso solitaria. Solo el músculo que está en tensión es capaz de crecer y desarrollarse.

En fin, la vida es muy complicada y hay situaciones muy difíciles que no se pueden juzgar a la ligera, pero una paz sin él, sin ella, vuelvo a exclamar: ¡qué lástima! Pregúntate: ¿seguro que no puedes hacer algo más, un último impulso por remontar la corriente antes de darte por vencido? ¡Ánimo!

Fuente: javiervidalquadras.com