El pestillo...

Por Javier Vidal-Quadras


Hace ya unos años, un amigo mío me comentó, preocupado, que últimamente su mujer rehuía habitualmente las relaciones sexuales. En los últimos meses (¿años?) las habían tenido raramente. La relación matrimonial era buena y no existían grandes discrepancias ni enfrentamientos en el matrimonio. Al indagar un poco más las probables causas, me contó que ni su propia mujer sabía bien lo que le pasaba. Una de las razones que ella le daba era que se sentía incómoda teniendo relaciones mientras los hijos, muy pequeños todavía, estaban en casa y estaba tensa por si se levantaban y entraban en la habitación. 

Le hice una pregunta muy sencilla: ¿tenéis pestillo? No tenían. 

Recuerdo que una de nuestras hijas, cuando era pequeña, llegó un día algo desconcertada del parvulario porque una amiga suya le había dicho que sus padres algunas noches se peleaban, ella se acercaba a ver qué pasaba y veía que su padre se ponía encima de su madre. 

La verdad es que la intimidad matrimonial va más allá de las relaciones sexuales, y el pestillo (o la llave) es muy recomendable para cambiarse sin prisas, para salir del baño si uno lo tiene en la habitación, para hablar de asuntos serios sin interrupciones repentinas, para esconder los regalos de Reyes el día antes, para enseñar a tu mujer una sorpresa que habéis preparado para los niños sin miedo a que os descubran, etc. 

Podría decirse que el pestillo es un gran aliado de la unión matrimonial. Admito que yo soy especialmente sensible a esta privacidad y tranquilidad. Durante varios años, alquilábamos casa en el mes de agosto para pasar las vacaciones. Las vimos de todos los colores y, sorprendentemente para mí, la norma era que no hubiera pestillo en la habitación de matrimonio. Yo no podía entenderlo, y me pasaba las primeras horas solucionando esta carencia. 

Me convertí en un auténtico experto. Ensayé diversas variantes: una falca de madera u otro material en el suelo; un palo bien atrancado a la puerta; en casos extremos, un sillón pesado que oponga alguna resistencia a la apertura; una cuerda sujetando el picaporte a algún elemento fijo de la misma pared; o, incluso, si los niños con muy pequeños y aún no tienen suficiente fuerza, un cartón bien prieto entre la jamba y el larguero de la puerta… También se puede poner directamente un pestillo, como hice yo este verano, ya en nuestra casa y ante la extrañeza de toda la familia, en la habitación que iba a ocupar por vez primera una hija casada; aunque, si la casa no es propia, no es muy recomendable: se puede enfadar el propietario. 

He recordado en alguna ocasión el pensamiento de Edith Stein: “yo pienso que la relación entre alma y cuerpo no es completamente la misma, que la unión natural al cuerpo es de ordinario más íntima en la mujer. Me parece que el alma de la mujer vive y está presente con mayor fuerza en todas las partes del cuerpo y que queda afectada interiormente por todo aquello que ocurre al cuerpo”. 

La mujer necesita un entorno seguro, tanto psíquica como materialmente, para gozar de la actividad sexual, y el hombre, en el matrimonio, está llamado a procurarlo. He hablado de ello en anteriores posts. Hay momentos en que esto no es fácil. Las preocupaciones de la vida, los problemas personales, familiares o profesionales pueden dificultar la relación íntima. Hay momentos difíciles en todos los matrimonios. El varón lo sabe y, como a quien ama es a la persona de su esposa y no solo a su cuerpo, se adapta a las circunstancias y respeta esa retracción temporal reforzando otros aspectos de la relación. 

El mensaje del post de hoy es muy sencillo: la relación sexual es muy importante en el matrimonio, hay que cuidarla y, a veces, no es fácil la armonía…, pero, hombres de Dios, ¡que no sea por falta de pestillo! 

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