Educar para la felicidad



Por Iván López Casanova

En una ocasión, pregunté a un chico de trece años por qué todos los cómics que llevaba terminaban en X −por ejemplo, Profesor X, Equipo X, Arma X…−. Me miró con ojos desorbitados, extrañado de que yo no conociera la respuesta, y me explicó, apresuradamente, que todo lo relacionado con los mutantes se designa con una X: “Pero ya te lo explicaré más despacio, porque he quedado con mi novia y llego tarde”.

¿No estaremos precipitando los tiempos? ¿No habremos confundido autoritarismo con autoridad, y estaremos dejando sin criterio a los jóvenes? Porque educar es capacitar a los hijos para la felicidad. Pero sin confusiones, pues aseguraba Ortega y Gasset, que la vida es dramática, «lucha frenética», y suele terminar en dolor llevar en una mano la infancia y en la otra la juventud.

La felicidad es la consecuencia de preparar a los hijos para vencer en las luchas de la vida, y no el intento de que todo les resulte placentero ni el resultado de una sobreprotección educativa como hacen, equivocadamente, tantos padres y madres −con el resultado de jóvenes inmaduros con poca capacidad para superar los obstáculos que se presentan en toda existencia y al construir el amor−.

Y más: educar es dotar de ideales que faciliten la pelea interior por un proyecto valioso, acompañar a los hijos en su entrenamiento y ascesis hasta que tengan fuerzas para luchar por sí mismos, y evitarles los problemas que −por su edad− los superan.

Julián Marías, también expuso en numerosas ocasiones que «la vida humana tiene argumento, porque es una realidad dramática». Y el psiquiatra español Enrique Rojas, al hablar de la vida argumental, insistirá en que necesita de una edificación sólida, fundamentada en bases firmes: «amor, trabajo, cultura y amistad».

Amor. Explica Jokin de Irala, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública, que la pregunta que con más frecuencia le hacen cuando da conferencias a jóvenes sobre temas de salud y sexualidad es «cuál es la diferencia entre deseo, atracción sexual y amor». Y aconseja a los padres una herejía contracultural: «No alentar noviazgos estables precoces», así de sencillo. Es decir, que los chicos y chicas jóvenes experimenten el primer amor de una manera muy intensa es, sencillamente, maravilloso. Ahora bien, eso no quiere decir que se emparejen, porque, muchas veces, esa situación les va a causar más problemas que alegrías.

Trabajo: exigirles mucho en el estudio. Porque de esta exigencia depende, en gran medida, no solo que obtengan unos conocimientos, sino que conformen un fondo interior fuerte, maduro, capaz de superar la pereza, los caprichos y los estados de ánimo: que se hagan recios por dentro y capaces de cumplir los objetivos que se proponen.

Para Eugenio D´Ors la cultura es: «Familia, Ciencia, Derecho, Cristianismo, Gloria, Arte, Enseñanza… De esto, de nada menos que todo esto, se compone nuestra hacienda de Civilización». Y un consejo concreto: el que la semana pasada daba Carolina Pinedo en El País para que los hijos amaran la lectura: no obligarles, contarles cuentos cuando son pequeños, «predicar con el libro en la mano», y tener libros en casa.

Amistad. Hay que enseñar a los hijos para que aprendan a querer, a disfrutar con el bien de los amigos. Porque esta cuestión está muy desdibujada en la sociedad actual. Y, para ello, facilitarles que traigan a los amigos a casa, y quererles, de verdad, también nosotros. Por último, evitar, como sea, que se hagan niños solitarios y caprichosos, porque así se dificulta mucho la amistad real.

Acaso el poema “Por si esto se alarga, hijos…” del chileno Juan Radrigán, recientemente fallecido, aclare bien la clave de educar para la felicidad: «Por si esto se alarga, / por si arriban al tiempo de los laberintos / y no puedo acompañarlos, / quiero pedirles que tomen siempre una sola decisión: luchar. / Es la única forma que conozco / de mantenerse puro».

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