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Sacerdocio y psicología

El sacerdote. Psicología de una vocación, Wenceslao Vial
Portada de Palabra. Servir para vivir alegres

El sacerdote, psicología de una vocación: entrevista en Palabra

  "Nunca imaginé que su publicación coincidiría con la tragedia del coronavirus"
Revista Palabra, Mayo de 2020 
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Entrevista de Emilio Mur al autor del libro, Wenceslao Vial

-“Psicología de una vocación” es el subtítulo de este libro. Pero los temas tratados parecen útiles no sólo para el sacerdocio, sino también para cualquier otro camino de entrega…
Así es. En el libro me acerco a la figura del sacerdote, con sus dinámicas psicológicas y espirituales, con su vulnerabilidad y grandeza. A la vez, al ser Cristo el modelo común de toda llamada en la Iglesia, muchas ideas se aplican a cualquier cristiano.

En este sentido, nunca imaginé que su publicación coincidiría con la tragedia del coronavirus. Es fácil pensar ahora en tantos que, como el sacerdote, están llamados a dar luz, consuelo y esperanza: las enfermeras, los médicos y el personal sanitario, quienes atienden un supermercado, etc. Me gusta resumirlo en una frase del Papa Francisco: el verdadero poder es el servicio.

-¿Es este libro, entonces, un cierto complemento de su otra obra “Madurez psicológica y espiritual”, también editado por Palabra?
Sí, en ambos intento dar un enfoque psicológico y espiritual práctico de la vida cristiana, y explicar que cabe experimentarla como una aventura alegre y serena. “Madurez psicológica y espiritual” es un texto científico amplio, a la vez que una guía para conocer, prevenir y afrontar mejor la sintomatología psíquica. El nuevo libro centra la mirada en las consecuencias psicológicas de una llamada divina y la respuesta humana.

-La madurez psicológica es condición de la vocación al sacerdocio. Pero ¿qué madurez? ¿Podría concederse un papel excesivo al juicio psicológico al discernir la vocación?
Como desarrollo en el libro, la madurez se busca en el ABC de tres dimensiones: Afectividad, con emociones y sentimientos encauzados; Buen comportamiento y actitudes; Conocimiento o pensamientos de fondo apropiados y positivos. Y las tres en inseparable relación con el mundo espiritual: Autotrascendencia o capacidad de olvidarse de sí mismo para servir a Dios y a los demás; Buena vida virtuosa; Coherencia ante un proyecto.

Las evaluaciones psicológicas son útiles, pues el proceso de madurez afronta siempre antiguas y nuevas heridas.

-¿Qué tipo de atención conviene prestar al “equilibrio” psicológico deseable?
Para un cristiano, el equilibrio psicológico significa no excluir las emociones, sino comprenderlas e integrarlas en el modo de ser de cada uno, para que refuercen la capacidad de amar: aun teniendo conciencia de ser imperfectos, de que se vive en un mundo imperfecto, rodeado de personas imperfectas.

-¿Cuáles son los pilares de ese equilibrio en los sacerdotes?
La identidad, que se refleja en su conducta, desde su modo de vestir o comer, hasta el uso de las redes sociales. La autonomía de quien pone los medios para llevar a cabo una misión. Y la autoestima del que logra tolerar los fracasos y gestionar los éxitos. Como explico en el libro, estos pilares se robustecen con las virtudes: la fe, que ilumina la inteligencia para sabernos criaturas limitadas; la esperanza, que nos sostiene en el esfuerzo por llegar a la meta; y, sobre todo, la caridad, que centra la razón de nuestro actuar: hay un Dios que nos quiere.

-La vida sacerdotal es muy activa y llena de responsabilidades. ¿Dónde está el enfoque adecuado?
Hace poco conocí a don Michele, un párroco que llevaba un año en silla de ruedas, por una hemorragia cerebral. No podía mover buena parte del cuerpo, apenas veía y su expresividad era nula. La enfermera, al presentarme, dijo para que él oyera: “Era muy importante y conocido, ha escrito incluso un libro, ¿verdad don Michele?”. No siguió ninguna reacción por parte del enfermo. Le tomé la mano y le comenté: “Don Michele, somos colegas… yo también soy sacerdote”. Me miró. “Lo que a usted le hace importante es la Misa”, continúe. “Y ahora, es más importante que nunca, pues es más Cristo”. Ante el asombro de los presentes, sonrió y dijo en voz débil: “Así es”.

Estoy convencido de que la mejor manera de superar el activismo es “desaparecer” en Cristo, reconocer con humildad que la tarea supera las propias fuerzas. Y por esto, rezar y pedir ayuda al cielo, que baja a la tierra en cada Misa.

-Los sacerdotes han de ser de Dios, pero también son personas corrientes. ¿Cómo se relacionan los aspectos espirituales y los humanos?
Una señora que pedía dinero en un semáforo, al ver que íbamos dos sacerdotes en un coche, nos dijo: “Recuerden que ustedes son de Dios, que ninguna vieja les eche el cuento…”. De modo sencillo decía una gran verdad: el sacerdote es de Dios. Y la gente busca en él a Cristo, Dios y hombre verdadero: Cristo es el modelo para llegar a ser muy humanos y muy sobrenaturales. Él era capaz de reír y de llorar, de estar en las cosas de Dios y cerca de los más necesitados.

-¿Son los sacerdotes personas solas? Lo peculiar de la vida sacerdotal, ¿determina algún déficit afectivo?
En el libro afronto esta cuestión y distingo entre soledad alegre y soledad triste. La primera permite escuchar a Dios, y créame que muchos párrocos querrían disfrutar más de esta soledad.
La segunda es perjudicial y tiene diversas causas, como el descuido de la amistad con Jesús, o la falta de apoyo y compañía. La vocación sacerdotal es capaz de llenar el corazón humano, mientras que los posibles déficits afectivos provienen de no ser amados y no lograr amar. En esta línea, me parece útil la obra “Amar y enseñar a amar”, editada por Francisco Insa, sobre la formación de la afectividad en los candidatos al sacerdocio.

-¿Cómo explicarse (y como prevenir) el fenómeno de los abusos, desde la perspectiva de la psicología de la vocación sacerdotal?
Es un tema que en el libro abordo con detenimiento. Cortar de raíz el mal de los abusos requiere una visión adecuada del amor y de la sexualidad. En el caso de los sacerdotes, el problema no es el celibato, sino el celibato mal vivido: la falta de integración de la sexualidad o castidad.

Los defectos morales de los sacerdotes causan siempre más dolor y escándalo, pues no se busca en ellos una simple figura de referencia. Es preciso mejorar la formación y rezar, para que no olviden que su vida es sagrada y confirmen a cada persona en su valor, también sagrado.

Entrevista a Wenceslao Vial, hecha por Emilio Mur

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